Escenas del observador anónimo

E n lo que se normaliza, el problema de la basura reaparece. Ahora, por ejemplo, está en sus capítulos culminantes.


La reiterada presencia de las palabras "tema" y "escenario", entre los opinadores, es claro indicio de que el teatro de la política ha extenuado su fase representativa. Pese a lo que sostienen las tesis de resabiados politólogos. La pobreza o el hambre no son temas: son hechos.

Muertes, dolor. Los foros políticos deben recuperar, como el resto de la sociedad, su vínculo, su mediación con lo real.


Nuevamente, los estudiantes más que manifestar pareciera que audicionaran para Latin
American idol.


El espectáculo se lo traga todo y nos sostiene a todos. A nosotros que pretendemos librarnos de la apariencia, de este afuera. La ciudad, sus miserias, tanto sucio, el hollín y, sin embargo, aquí sobrevivimos, en su entrevero de calle ciega, municipio Chacao, es decir, aceras en construcción. Reacerando el barrio se le han ido dos gobiernos a mi inhabilitado preferido, el alcaldito Leopoldo López, siempre en la fotografía, con el descaro de quien sólo cree en el beneficio como conveniencia y el amor como uso, así se concentra el poder que destella en sus ojos siempre y envidiablemente tan abiertos. Estos alcaldes, y otros muchos funcionarios, no ejercen el poder como una dimensión de la entrega, del ejercicio del bien común, sino como destellos, casi convulsos, de la imposición de una idea, de una presencia: la de ellos.

Encarnan, cada día más, los defectos y culpas que le endilgan a Chávez.


Nada me ha consternado tanto últimamente como la reciente apología al presidente Uribe en boca de Bush. El Presidente norteamericano casi llora destacando la lealtad del gobierno de Uribe, tan democrático que a cada quien le toca su muerto, y por el camino que va no habrá dirigente sindical que le sobreviva.

Como si nada sucediera, nos venden la zona rosa de Bogotá en un paquete turístico y el Caribe en Cartagena como si la guerra no habitara en la entraña del pueblo. Ese otro lado de la Luna, desde donde se pretende generalizar la infamia, para ocultar uno de los frutos más podridos del horror: el paramilitarismo colombiano. La violencia instituida, el crimen político al día, el ajusticiamiento del señalado terrorista sin beneficio de dudas. El aliado de Bush nos dará mucho que lamentar.


El sino de la crueldad es el más turbio de los lentes que traducen la imagen de lo real.


El apagón que hubo en Venezuela durante horas demostró que nuestro pueblo quiere estar en paz. No sirvió esta falla para lanzarnos a la ira de los inconformes. ¿Qué dirán los estadistas de estos hechos que hablan por sí solos?
Los secesionistas están de moda: vamos a promulgar la independencia de California para que ustedes vean cómo nos dejan el ojo en la Casa Blanca.


El tráfico de Caracas nos obliga a vernos, a sentirnos demasiados en las calles de la ciudad. No podemos ocultarnos, ser los únicos, los primeros y entonces, no insultamos, le metemos la trompa de una camioneta 4x4 extra no sé qué cosa, pero inmensa y altísima, a un pobre Volkswagen, bueno, pobre no, sino pequeño, pero nuevo, recién salido del concesionario. Todos y cada uno en su carro, somos un país petrolero, y seguimos en la cola, que esta vez no es por la leche, sino a causa de la sobreabundancia de carros y de ansiosos choferes, metidos en su burbuja, en su aire acondicionado, su música preferida y, sin embargo, aún aquí, donde la ilusión individualista tiene todos los elementos a favor y especialmente diseñados, aún aquí, en mi propiedad privada, mía de mí, no puedo dejar de percibir a los otros. Muévete, imbécil; cuidado, pedazo de bruja, etc.


Escritora


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Stefania Mosca


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