Me duele mi iglesia

Me duele mi iglesia
por Bruno Renaud*

Me duele mi Iglesia, encabezada por un grupo de hombres poco vinculados con las grandes esperanzas de los pobres. Son varones (ninguna mujer, como se sabe), guardianes de la religión (no necesariamente del amor), vigilantes severos del templo, de las buenas costumbres y el orden. Son dignatarios que frecuentemente han olvidado su origen sencillo: la (de)formación sacerdotal y, en ella, las ambiciones humanas los han ido amoldando al espíritu de este mundo. Se quejan de falta de libertad en el proyecto político venezolano, pero si hay un lugar donde se respira poca libertad es en su ámbito sofocantemente eclesiástico. En ese mundillo, no todos los obispos (y menos aún los sacerdotes) aceptan de buena gana las palabras de los jerarcas que descalificaron por “inmoral” el proyecto de reforma; pero, ¿qué van a hacer o decir?... Ni hablar de los bautizados, nunca consultados.

Me duele mi Iglesia, obsesionada por los demonios del socialismo del siglo XXI, e incapaz de discernir entre el pasado y la esperanza. Sus clérigos leen en el nuevo proyecto socialista, sin parpadear, lo que no se encuentra: el supuesto marxismo-leninismo. “¡Es inevitable!”, gritan los obispos.

Así hacen los adversarios de la fe, al identificar de antemano a la Iglesia del siglo XXI con los horrores reales de las cruzadas o la Inquisición, o con los trágicos errores sociales y políticos de la Iglesia del siglo XX. Ojalá la respuesta episcopal consistiera en acercarse de corazón a los de abajo, para “evitar el marxismo-leninismo”; y desde otra sensibilidad, los pastores estarían mejor ubicados para proponer sus eventuales críticas. Pero, ¿serán ellos capaces de buscarse, algún día, otros asesores, y dejarse guiar por la confianza en vez del miedo o el odio? Me duele mi Iglesia, la que habla de diálogo, pero tan poco lo practica. La que habla de buscar reconciliación y paz, pero es constantemente juez y parte.

La que habla de moral y practica tantas veces la doble moral.

La que invita al perdón, pero para nada está dispuesta a pedir perdón por sus propios pecados (por Dios, ¿cuándo hemos cometido errores, nosotros, los prelados?). Sí, me duele mi Iglesia. Pero, ¡no tengo otra!.

(*)Sacerdote de Petare


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