Homenaje a Marcel Marceau

Tristeza de las estatuas vivientes

Mi mamá me mima, pero no hay que mimar a los mimos. Hubo primero la invasión de los mimos que trataban de ridiculizar a los transeúntes copiando sus movimientos hasta que la pereza los llevó a imitar a las estatuas cobrando como éstas un tributo que corresponde a su modelo. Ver aquella cómoda forma de resolver la vida renunciando a la continua elección entre actos fue contagioso al extremo de que hombres y mujeres dieron en imitar a los mimos. Ahora uno sólo encuentra seres humanos congelados en alguna doliente pose pues toda pose es doliente, aunque elimina el riesgo del dolor, el juicio de valor o la pregunta sobre el sentido. Surge así la duda sobre si las verdaderas estatuas son en realidad seres humanos o animales petrificados hace tiempo. Jardín sin flores de la humanidad apenas transformándose por el fluir de sus sombras mientras el sol se acuesta se levanta. Apenas un mimo se mueve lo suficiente para que su sombra sea inmóvil mientras el sol asciende o se eterniza.

Exhibición permanente en los museos. Las esfinges, vestidas de negro, con su carnet de vigilantes, incómodamente apoyadas en un banquito y mirándote en forma acusatoria Las cotorras eruditas que aproximan a las obras el ceño fruncido calibrando la calidad con el fruncímetro.

La extremadamente divina Venus en pantalones cortos que desplaza organizadamente caderas coxis iris.

La señora gorda que como en un calvario va de uno a otro de los bancos que colocan siempre frente a los cuadros peores.

El inválido que con muleta o silla de ruedas va de obra en obra como ascendiendo un Calvario estético.

La arpía que dispara las largas uñas hacia el cuadro incriminando los detalles como dispuesta a arañarle el ojo al Caballero de la Mano en el Pecho.

El obrero que pasa con la escalera o el balde y siempre pudiera ser un ladrón disfrazado que va a robarse hecho el pendejo la Gioconda.

El copiador del cuadro que a su lado pudiera tener otro copiador que a él lo copia.

La escultura hiperrealista que a lo mejor no es escultura sino sólo otra obra animada que parece desanimada.

El niño que balbucea grita me quiero ir, me quiero ir y corre de una a otra de las salas hasta que se escapa a la carrera del museo.

Gestos sospechosos de la ropa tendida. Cuando al fin la ropa se libera de su incómoda sujeción a los cuerpos, amontonada en la cesta sueña con escapar, y en castigo tratan de ahogarla y golpearla en un torbellino de agua jabonosa y espumas. Por eso son tan dramáticos sus gestos en el tendedero y los pantalones mueven las piernas como si corrieran y las camisas parecen náufragos que con los brazos alzados pidieran auxilio a embarcaciones distantes. Las sábanas se inflan como para torear nubes, las cobijas se sueñan parapentes que planean sobre colinas de electrodomésticos y hasta las medias separadas de sus parejas quieren dar saltos de baletista para escapar de la infamia de alambres y pinzas. No se los debe meter en la secadora eléctrica, donde la desesperación los hace dar brincos de acróbatas hasta que va cayendo prenda tras prenda mareada, humillada, resignada ante la esclavitud de los cuerpos.

Los ladrones de instantes. Sabemos o intuimos que alguien nos ha robado instantes, no se sabe con cuál propósito, si con el objeto de acapararlos o de revenderlos. Los amnésicos dicen que han perdido horas, días, años. Se descubre de repente que el transcurrir del tiempo es el resultado de un inmenso latrocinio ejecutado por las trasnacionales que con la colaboración de gobiernos desaprensivos se apropian de nuestras reservas naturales de momentos y los exportan para los mercados de la dimensión desconocida. Ese es el motivo de que el tiempo nunca nos alcanza.

Alarma con los libros viejos. Un libro es el autor, pero también es el fantasma de sus lectores. En los libros revendidos en los remates o releídos en las bibliotecas quedan no sólo las amarillentas manchas de los dedos sino también las grisáceas esperanzas, terrores gozos de quienes los leyeron. En estado latente duermen en sus páginas los microbios de las enfermedades y los virus de las locuras de quienes tosieron sobre ellas. Todo el que lee un libro lo vive y su alma queda adherida a las grandezas las bajezas las erratas del texto.

Compramos volúmenes sobados por tantas manos y por tantas ilusiones. Un exorcista debería oficiar en los remates de libros o en los estantes de las bibliotecas públicas. Por eso salen de allí tantos posesos.

Definitiva muerte de la infancia. La infancia es la edad que más rehúsa morir.

Persiste en el recuerdo y parece invencible, hasta que una amiga nos pide que le llevemos en un viaje un tubito de caramelos en forma de anillo y descubrimos que ya no existen ni para remedio. Cambia la amiga la petición por unas avellanas cubiertas de cacao y descubrimos que ya no están en los mostradores de los cines. Caritativamente ya no pide la gaseosa con el símbolo del elefantito ni las bolsitas de maní achocolatado. Inútil sería buscar el último niño que mordió nuestro último recuerdo y preguntarle si lo recordará también. Nos despedimos hacia un mundo sin caras y sin chucherías conocidas.

Ajuste de cuentas. Allí bajaba por la escalinata, desafiante, prepotente, sin miedo.

Era el último honrado del barrio, y lo cosimos a tiros.

Muerte del plagiario. Su pasión por ponerle su nombre a lo ajeno era tan invencible que tras firmar la confesión de otro terminó en la horca.

Rebelión de las máquinas. Se sabe ya cómo llegará la temida rebelión de las máquinas: seguirán haciéndose progresivamente complicadas hasta que ya nadie entienda cómo manejarlas, momento en el cual nos manejarán ellas a nosotros.

Inmortalidad. Al verificar que con el pasar del tiempo cada año se hace más breve que el anterior, el científico inventa la fórmula de la inmortalidad con lo que cada año sigue haciéndosele más breve hasta durar un segundo una milésima de segundo y reducirse a la nada la inmortalidad.

luisbritto@cantv.net


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Luis Britto García

Escritor, historiador, ensayista y dramaturgo. http://luisbrittogarcia.blogspot.com

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