La Tregua de Dios

Amansar el espíritu áspero y puede que hasta ingenuo de los caballeros en los inicios del medioevo (tiempos turbulentos de anarquía, donde la guerra constituía para ellos un deporte y hasta una industria, y donde el instinto de rapiña y ajuste de cuentas era el móvil para sus gestas, amén de la ley del más fuerte como trabazón en sus operaciones, por lo que sólo cabría en sus duros corazones la admiración por la fuerza física y por la violenta exaltación de los arrebatos) no sería fácil quehacer para la Iglesia luego de haber evangelizado a los pueblos bárbaros con tanta "paciencia y salivita"… La Iglesia no cesaría por cierto de clamar contra la truculencia de los señores feudales, que, por ejemplo tiranizaban y hacían víctimas a los villanos: campesinos que trabajaban la tierra en relaciones de esclavismo con ellos, o de naturaleza patriarcal, por decir lo menos.

Pero en verdad no bastaría nunca el sermón como para conducir a los bélicos barones a deponer sus armas. Hubo que forzarlos a la suspensión temporal de las hostilidades para intentar abrir nuevos períodos de paz que permitiesen a los pobres sosegarse para poder así cultivar los campos y recoger las cosechas, y así poderse emprender, además, una obra de reconstrucción en medio de la desolación y ruina sembradas por aquel ciclo de guerras tan incesantes. Una decisión del Concilio de Elna, de 1027, en Perpiñán, que prohibía empuñar las armas desde la hora nona del sábado hasta la hora prima del lunes a fin de que todos pudieran cumplir con su deber dominical con Dios, apuntó, aunque con timidez, hacia lo anterior. Pero más en concreto lo haría el Concilio de Gerona, de 1068, donde se decretaría ya de manera oficial la Tregua de Dios, que fijaría como días o períodos de suspensión de las refriegas, además de los domingos y fiestas señaladas en la Diócesis, el tiempo de Adviento y de Cuaresma.

Pero para garantizarse el cumplimiento de tales mandatos, el Legado Pontificio habría de sentenciar que los infractores de dicha Tregua serían excomulgados y puestos en entredicho hasta que no se arrepintieran y enmendaran, razón por la que los barones belicosos tendrían que capitular, y porque además, el cura, debía negarse a celebrar la misa y administrar los sacramentos en el señorío.

Y así, el día en que el Pontificado se sintiera sólido como para encausar todas las energías guerreras, sobre todo hacia la Cruzada, la Tregua de Dios sería pregonada como mandato general de la Iglesia, como una orden de paz entre la Cristiandad, que también sería instituida por los Papas a fin de que cada uno de ellos pudiera aplicarla en su obispado para que, si a alguien se le ocurría con entendimiento romper la Tregua activado bien por la ruindad o por la desfachatez, fuera fulminado entonces con la temida excomunión.

Vemos entonces cómo a la jerarquía eclesiástica le ha tocado, desde antañazo, haber sido mediadora dentro de la secular violencia humana, papel que la historia no le regatea.

Pero si bien pareciera que en algunos tiempos de violencia y de guerra hubo de jugar el papel de mediadora o apaciguadora, en tiempos de paz pareciera que más bien jugara el papel de instigadora, contradicción espiritual, pero no política. Es el caso hoy en Venezuela, donde habiendo llegado un tiempo manifiesto de paz por la acción de un gobierno revolucionario que incorporó sin dobleces al pueblo al proceso social, político y económico que lo rescatara de su infortunio, la Iglesia, representada por su jerarquía encopetada, debe quedar claro, decide ponerse entonces del lado de los barones de ese tiempo político anterior decaído y hasta cierto punto anárquico, donde el orden lo imponía, a sangre y fuego, un Estado que no despreciaba simplemente porque estaba a su fiel servicio... Y luce como si la jerarquía jugara un papel ambivalente, donde en un escenario de simple representatividad “democrática” se pone del lado reivindicador como para crear una falsa dialéctica, y en un escenario revolucionario como el actual se pone del lado contrario, como para terminar revelándonos su verdadera esencia de hipócrita.

¿Qué le corresponde hacer entonces a la jerarquía de la Iglesia en este tiempo histórico venezolano, propugnar la Tregua de Dios, o convertirse en cómplice de la sinrazón y la violencia?

Ella verá, y conforme decida, el pueblo le seguirá cobrando...

crigarti@cantv.net



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Raúl Betancourt López


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