La reinvención de Morel

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Recuerda que Hernández Montoya está de martes a jueves con Roberto Malaver por Radio Nacional de Venezuela (dial AM 630), de 7:30 p.m. a 8:00 p.m., en el programa el "Show de los Robertos", o como insisten ellos en llamarlo "Como ustedes pueden ver".

Jorge Luis Borges hubiera quedado pasmado ante estos cuatro años de Venezuela. Quiero decir, literariamente. Adolfo Bioy Casares también, y sobre todo Bioy. En su libro La invención de Morel Bioy cuenta de una isla en donde unas máquinas son capaces de reproducir proyecciones holográficas convincentes de realidades que se repiten insaciablemente. En esa isla todo está en duda porque puede ser generado por la máquina oculta que reproduce una realidad sobre la realidad. Casi todo es ilusorio, incluso lo real en la medida en que no sabe si es real, como en El Quijote, en donde Cervantes logra el prodigio de convertir a sus lectores en personajes «desta tan verdadera historia», que, por este genial artificio, termina siendo verdadera (ver RHM, Literatura y periodismo. Buenas noticias para la gente inteligente y Chávez y Sancho Panza). Presagios de The Matrix.

La posteridad tendrá al menos, conjeturo, dos opciones sobre este presente venezolano: tender un manto de piadosa vergüenza o admirar pasmada tanta creatividad por igual estúpida y perversa.

Los medios de comunicación venezolanos han llegado al paroxismo histérico de inventar realidades inexistentes, imponerlas en nuestro rededor y, lo más atroz, que haya estúpidos ilustrados que la crean. Han rumiado una dictadura donde no ha habido nunca más libertades, de las cuales se ha incluso más que abusado. Un político mienta impunemente por televisión la madre del Presidente y denuncia entonces el totalitarismo del régimen del mentado Presidente. El 12 de abril de 2002 José Ignacio Cardenal Velasco fue el segundo en rubricar ante la humanidad entera el acta de usurpación de todos los poderes por parte de Pedro Carmona Estanga, el primero en firmar, y ahora asegura que no lo hizo. En ese mismo acto Carmona se acantona en Miraflores, autoproclamado dictador, abroga todos los poderes públicos, especialmente los de elección popular, todo en nombre del rescate de la democracia. Un organismo del Estado invita a varios intelectuales a participar en la Feria Internacional del Libro de Caracas en junio de 2003, algunos de esos intelectuales, de oposición trastornada, rechazan la convocatoria porque el gobierno es intolerante. Todo hay que decirlo: otros intelectuales, también de oposición, pero no histéricos, acuden y expresan libremente sus ideas sobre el gobierno y sobre todo lo que les parece conveniente opinar. Pero los estúpidos ilustrados responden con intolerancia a un gobierno que está mostrando tolerancia en el momento mismo de invitarlos a sabiendas de su posición política. Luchan contra la intolerancia redoblando la intolerancia. Desbordar al mundo de intransigencia es el mejor modo de combatirla. Estupidez ilustrada, ya se ha dicho (en Néstor Francia (2001), Antichavismo y estupidez ilustrada, Caracas: Rayuela). Muchos de esos mismos intelectuales lanzan el 11 de diciembre de 2002 un documento lleno de solecismos en los que declaran que se trata de una lucha «contra la imbecilidad», acción que culmina en la proclamación de Carlos Ortega como apoteosis de la inteligencia, en un acto público celebrado apropiadamente el Día de los Santos Inocentes de 2002, en que Ortega declara, cito textualmente: «La gente inteligente, como es el caso de este gobierno, creo que es mejor que se conviertan en brutos a ver si realmente nos respetamos los unos a los otros». El más hermoso de los solecismos del documento es: «Es un paro nacional con la contundencia de ser el primer paro total de todas las operaciones de la primera industria del país» (subrayados míos).

Las realidades virtuales cunden: una cortina negra pende de la baranda desde donde unos chavistas disparan durante los sucesos del 11 de abril de 2002. Luego se descubre que la cortina fue pintada digitalmente en los estudios de Venevisión. Y, cuando pasan el vídeo sin cortes, se comprueba que no disparaban sobre manifestantes sino sobre policías metropolitanos (de oposición) que habían abaleado previamente y a mansalva la multitud que servía de escudo humano al palacio presidencial de Miraflores, ante la multitud de oposición desviada hacia allí. El 14 de agosto de 2002 el Tribunal Supremo de Justicia sentencia que el golpe de Estado que la humanidad contempló en vivo y en directo nunca ocurrió. Los medios de comunicación han relegado la mejor literatura fantástica a balbuceo inane. Con razón Jean Baudrillard ha escrito un libro titulado La guerra del Golfo no tuvo lugar. Se ha cumplido el sueño de William Randolph Hearst cuando su corresponsal en Cuba le informó que no había guerra sobre que informar. Hearst le envió un telegrama: «Envíen las imágenes, que yo envío la guerra» (ver «Manuel del perfecto amarillista», Question Nº 3, diciembre de 2002).

No es la única vez que la mentira provoca el aumento de la audiencia. El periodista César Miguel Rondón, durante la tragedia del Estado Vargas en diciembre de 1999, informó por su programa de radio que había un damnificado, Luis Landaeta, tapiado con su familia en un sótano. Landaeta lo llamaba desesperado por su teléfono móvil celular. Pasaban las horas y venían las preguntas obvias: ¿cómo tenía señal si estaba sepultado en un sótano bajo toneladas de concreto? ¿Cómo le duraba la batería tantos días? Rondón tartamudeaba un patatín patatán poco convincente. Con todo, convenció a varias cuadrillas de salvamento que rastreaban la zona en busca de los tapiados. Desde el presidente Hugo Chávez hasta la empresa de teléfonos móviles se preocuparon por el asunto en un operativo especial. La empresa telefónica ubicó al damnificado en Caracas, a varios kilómetros de distancia, sano y salvo, riéndose de la humanidad. No sé si Rondón se reía también cuando declaró que había sido sorprendido en su buena fe (ver dos documentos en archivos de Internet de El Nacional: primer documento, segundo documento). Sí debe haber al menos sonreído cuando la audiencia de su programa aumentó considerablemente ante aquel reality show radial. No creo que riera también al percatarse de la cantidad potencial de vidas que esas cuadrillas hubieran salvado si no hubieran estado ocupadas con un damnificado fingido. ¿Estaba emulando a Orson Welles con su Guerra de los Mundos? Más bien, es al menos mi caso, «causa mala impresión», como hubiera dicho José Ignacio Cabrujas. Aun si no pensamos mal de Rondón, habrá que preguntarse de todos modos por qué no fue más riguroso en el desbroce de las dudas sobre cómo podía comunicarse debajo de toneladas de hormigón y cómo podía durar tanto la batería. Para que aclare si no fue el aumento de su audiencia lo que debilitó su celo deontológico.

En otros países los periodistas que falsifican informaciones pierden su carrera. Así pasó con uno del Wall Street Journal que utilizaba el diario para hacer especulaciones financieras en complicidad con un corredor de bolsa. Janet Cooke, brillante periodista merecedora del Premio Pulitzer, debió devolver el galardón cuando se descubrió que había inventado un niño adicto a la heroína. Si hubiera declarado que el niño era una ficción para ilustrar hechos reales, hubiera bordeado la literatura, que miente pero no engaña, para parafrasear a Antonio Machado. Igual acaba de ocurrir con Jayson Blair, periodista de The New York Times, que confesó haber falseado informaciones de todo tipo y hasta se jactó de su majeza. Esto provocó su destitución inmediata y la renuncia de varios directivos del diario. Los ejemplos pueden multiplicarse. Aquí mismo ocurrió cuando un periodista impaciente anunció por Radio Caracas Televisión la muerte del ex presidente Rómulo Betancourt horas antes de que ocurriera el 28 de febrero de 1981.

Nunca hemos sabido más de ese desdichado periodista, que quiso tener una exclusiva y más bien obtuvo una desgracia. Guillermo González, que transmitía su habitual basura, convocó a un minuto de silencio. Cuando se supo minutos después que la noticia de la muerte de Betancourt había sido muy exagerada, González celebró «la buena nueva», pues el show debe continuar, a menos durante las horas en que Betancourt seguía vivo aunque agonizante. Aquel periodista se adelantó a su tiempo, en más de un sentido; hoy hubiera sido más bien premiado, como lo fue el que inventó que en la refinería de El Palito había habido un muerto, que resultó que gozaba de buena salud. O, entre tantos que se podrían citar, el autor de la falsificación más grotesca de la historia de la televisión venezolana: el vídeo de Llaguno, premiado por el Rey de España. Hoy el periodista que mató a Betancourt antes de tiempo sería una estrella de los medios. Cuestión de tiempo. Propongo su reivindicación inmediata y en consecuencia le sea otorgado el Premio Nacional de Periodismo el año próximo.



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Roberto Hernández Montoya

Licenciado en Letras y presunto humorista. Actual presidente del CELARG y moderador del programa "Los Robertos" denominado "Comos Ustedes Pueden Ver" por sus moderadores, el cual se transmite por RNV y VTV.

 roberto.hernandez.montoya@gmail.com      @rhm1947

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