Y al final todos resultan santos…

A veces, cuando estoy muy enfrascado tratando de entender algo, me llama un amigo para decirme (como es su hábito) que no entiende un coño de nada. Y le contesto entonces, de inmediato: ¡pero qué oportuno eres, vale!

Y sí, muchas veces, para poder entender algo bien, hay que ser buen entendedor, y no es fácil serlo, por lo que siempre acostumbro decir que, la mayor contienda en esta vidita de mierda, es, a propósito, entender… O entenderla, tal vez.

Creo recordar haber leído de la sagaz pluma de un articulista colombiano, que su país podía hacerle pensar al mundo que era un manicomio, donde para sobra los más encrespados eran los loqueros... Y no creo que estuviera muy lejos de la verdad, trágicamente. Los ejemplos que ponía, para auxiliar su valoración, eran más que evidentes: Uribe tildaba de “terroristas vestidos de civil” a los del M-19 por el hecho de que el senador Gustavo Petro (a propósito, el ser más amenazado no obstante existir la cuatriboleada Piedad Córdoba) hubiera denunciado a un hermano del presidente de tener presuntos empalmes con el tenebroso paramilitarismo. Que así mismo, el ex candidato presidencial Carlos Gaviria era un guerrillero de las FARC solapado, a lo que el jurista replicara -palabras en suma, palabras en resta- desafiándolo a medirse en un juicio máximo si la condición de que (Uribe) se sometiera a un examen psiquiátrico para despejar dudas sobre su “anómala personalidad”, se cumplía previa a la discusión del fondo. Y así, dentro de otros tales acontecimientos, al final faltaríale espacio para hablar de un diplomático que según le pelara a él por persuasiva fuca en pleno escenario televisivo. ¡Vaya y vuelva!

Y para colmo, el espeluznante Mancuso atizaría la candela de la duda afirmando que entre sus colaboradores más entusiastas estaban dos Santos: Francisco (Pachito), nada más y nada menos que el vicepresidente, y Juan Manuel, su primito, a la sazón, y con cargo nada despreciable por cierto: ministro de la Defensa, amén de cuatro generales bien encumbrados… (Militares que les preocupa sólo al parecer la presunta existencia allá de Círculos Bolivarianos…). Y Uribe se restearía con ellos -al menos con los Santos, de manera franca- acreditando a favor de ambos su “contextura moral y probidad”, quedando quizás con ello todo dicho… (No en vano se había ganado ya la siempre “bendita” certificación de Estados Unidos en materia de derechos humanos, no dejando de exhibir la inmensa culpa el imperio al reconocer que todavía hay “progresillos por hacer”…).

Ahora, tampoco es que eso quiera decir que sea el único manicomio presente en este tierno mundo. No señor. Pudiera haber otro que a la larga también, trágicamente, pudiera resultar más encarnado aún: El Vaticano.

Resulta que al realizarse la primera visita a Suramérica del Papa Ratzinger luego del tercer año de su pontificado y de haber declarado en plaza San Pedro escoltado por músicos de Baviera que los valores de la fe no son negociables, y de haberse reunido a la sombra de un oratorio brasileño con la obispada continental, donde según se censurara al neoliberalismo pero a la vez se tildara a Latinoamérica de inestable, significándose que por la aparición de caudillos prometedores de mágicas soluciones a los malignos asuntos sociales y económicos, y se hablara de un supuesto autoritarismo habiendo proclamado previamente que la Iglesia no debía meterse en política, el Papa Ratzinger se le ocurriría la pontificia diablura de afirmar que la religión católica no hubo de imponérsele nunca a los pueblos americanos por parte de los amables conquistadores europeos, puesto que Cristo era el “Salvador” que “anhelaban” los indígenas de manera “silenciosa”, lo que sería rechazado -diría que de manera unánime, y además, conmovida- por todo aquel que hubiera leído aunque fuera una miaja a Bartolomé de Las Casas sobre las atrocidades (genocidio, a criterio indígena de nuestra ministra Nicia Maldonado) que se cometieran en nombre de esa fe que nunca ha sido negociable, y donde al Papa Ratzinger, de manera lastimosa olvidara o pasara por alto, la situación de los africanos que serían acarreados por la fuerza para trabajar como esclavos, porque la cristianización de nuestros indígenas, en esa época de la conquista, se impondría a ellos quizás de una manera tan mancusiana, como los paramilitares le han venido imponiendo la oligarquización a gran parte del pueblo marginado colombiano: a punta de mero genocidio, y avalado hasta con orgullo por Estados Unidos que, al parecer, es su verdadera especialidad histórica…

crigarti@cantv.net



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Raúl Betancourt López


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