Fin de la república bolivariana de Venezuela

  1. INICIO

Finalmente, la candidata de los EE. UU. ganó las elecciones en Venezuela.

Fueron años de resistencia y de trabajo arduo bajo el acoso y el exterminio del "régimen castrochavista". Decenas de candidatos la antecedieron en la faena heroica de coronar la presidencia a lo largo de casi treinta años, prácticamente una generación, según estimación temporal de un filósofo como Miguel de Unamuno. Certero, decía que el mundo sufría cambios vitales cada tres decenios. La libertad, como la misma estatuilla holliwoodense de los Oscar, se había perfilado en oro. Hugo Chávez y sus esbirros, taxativamente, ya eran pasado. Los sudores y aprehensiones de lucha de próceres de la nueva Venezuela como Pedro Carmona Estanga, Leopoldo López, Antonio Ledezma, Manuel Rosales, Henrique Capriles, etc., se decantaron en ella como un elixir de epopeya, feroz y preclaro en su cometido de gloria.

La euforia sofocaba sin parar a los funcionarios del gobierno estadounidense, quienes no podían dejar de imaginar un áureo período de prosperidad, precisamente en momentos de claudicación económica y pérdida de la dignidad hegemónica imperial (¡hasta un simple país como Yemen los apedreaban en el Mar Rojo!) ¡Ni más ni menos: habían conquistado el corazón de la riqueza mineral planetaria! ¡¡Venezuela!! ¡Energía, riqueza, persistencia! Y con la nueva inyección de vida, lo que apuntaba a declive se trocaba ahora en plenitud. ¡Adiós Rusia con su pobre conquista de Ucrania en busca de posicionamiento geoestratégico y fetichismo histórico! ¡Adiós Irán con sus ridículos y sofisticados drones, y sus aspavientos ante Israel! ¡Adiós China con su canturreada riqueza económica y tenencia de minerales raros! ¡Adiós Corea del Norte con su inventiva tecnológica, siempre basada en la oferta natural de los ingredientes minerales, ahora a granel en manos gringas! La toma de Venezuela fue como apoderarse de la gallina de los huevos de oro, inéditamente rica, con potencial suficiente para eclipsar a cualquier oponente en la puja por la hegemonía mundial. ¡En breve, la más grande base militar del planeta!

Voces se oían ya para anexarla como un estado más de los EE. UU. de manera que nunca más se perdiera como granero, mina o reservorio, históricamente en manos de unos ineptos nativos. Iniciativas se peleaban entre si para proponer monumentos y loas en nombre de la flamante presidenta, heroína de la patria americana. Algunos congresistas profundizaban en el rumor de que habría nacido en los EE. UU. juzgando no sólo su perfil fenotípico, sino, también, su hablar genesíaco del inglés.

  1. NUDO

Primeramente (cronología, pues), fue una obra maestra del ingenio militar y político suscitar la migración de venezolanos hacia el exterior mascullando una desastrosa imagen de su propio terruño. Proponerle a los migrantes en un principio una apertura de puertas estadounidenses para luego cerrárselas cuando se aproximaban fue un acto excelso de la maquinación política porque la negativa los sumió en una frustración que, bien manipulada, aseguró un odio internacionalizado hacia el "régimen madurista", y a futuro, como en efecto ocurrió, cultivó votos políticos a favor de la histórica elección. Fue un feroz pase de factura de los votantes contra Maduro por no haber podido ingresar a los EE.UU, y al mismo tiempo un monumental error de muerte del régimen al permitirles votar. Prestos a reconocer facilidades, habría que confesar que fue políticamente inapropiada esa actitud socialista de lucir amplios, justos y democráticos, facilitándoles el voto a esa alienada masa exterior de odio y bobería. Ello le propinó a la "dictadura" una puñalada de importancia.

La segunda estocada fueron las sanciones. No es menester gran explicación para el entendimiento. Al rencor exterior se sumó el odio interno. Cercar económicamente a un país, haciendo parecer que se castigaba a sus inútiles gobernantes y no al pueblo, técnicamente cambió el esquema golpista de las revoluciones de colores en el mundo. Determinante Venezuela en el cambio de uso del manual imperialista, su aplicación ha llegado al extremo de imponérsele a magnos países como Rusia y China. Su lógica fisiológica es imbatible: no dejará un Estado morir de hambruna a su población sitiada y utilizará sus recursos de crecimiento y expansión convencionales para exorcizar necesidades básicas, sumiéndose en la contracción y el primitivismo. Ya se sabe: háblese bolsas de comida procedentes de comités de abastecimiento (CLAP) y de bonificaciones estatales llamadas "patrias". Icónica fue la gente cocinando a leña, codeándose en interminables colas para surtir gasolina y haciendo vida hasta en los ríos para paliar la disfuncionalidad de los servicios básicos y de alimentación, y la escasez de combustible. Se sumía así a un país en un abismo en cuya luz de cielo no se avizoraban los reales responsables políticos (EE. UU. y sus adláteres criollos), sino a una dirigencia política maligna que empujaba a Venezuela hacia un modelo salvador cubano donde la luz se opacaba por la carrocería de unos vehículos de los años sesenta del siglo XX. Artífice de esta estrategia fueron los políticos estadounidenses Charles Shapiro, William Brownfiel, entre otros, y los nativos Julio Borges, Leopoldo López y la misma presidente recién investida. Honor y honra a sus nombres.

Finalmente, el fomento cultural de la traición patria fue el tercer factor. No existe traidor que luzca mal con dinero embolsillado dado que el metal brillante compra y obnubila casi todo, hasta inocencias. Éste es un principio del trabajo de zapa imperial: lentamente, en el caso concreto de Venezuela, se combatió la historia, la raíz nacional, a Bolívar, los sueños de unidad como la Gran Colombia, promoviéndose en su lugar la riña fronteriza, el individualismo nacionalista y hasta una loca y rivalizante envidia entre países hermanos, haciendo de Perú, Colombia, Ecuador y Panamá (sin mencionar a Chile y algunos países antillanos) prácticamente unos físicos contrincantes; y sobre tal telón de fondo, como corolario, se hacía brillar la hermosura del país de George Washington, su bandera estrellada, a venezolanos felices viviendo en su seno por haber matado, delatado o calumniado a algún objetivo político designado por el Departamento de Estado. Lo que se buscaba al final era ese deslumbramiento poderoso en contra de un pequeño país atrasado y con ridícula historia. Así, por mirar un efecto manipulatorio, si a la condición de migrante se le sumaba la traición (mínimamente odiar al país y expresarlo con gozo), se podría obtener un perfil más propicio para ingresar en el país de los sueños.

 

  1. DESENLACE

Sin pérdida de tiempo, el equipo recién electo y sus asesores anglosajones trabajaban a todo tren en la modificación penal y constitucional. Había que eliminar físicamente a los desastrosos socialistas, como hizo la misma revolución rusa ─por cierto─ contra los zares, como habría recomendado el padre santo Nicolás Maquiavelo. La pena de muerte es contraconstitucional en el ex país bolivariano, pero los mismos patanes socialistas ya habían aprobado la cadena perpetua en su Asamblea Nacional, un guiño hacia la pena capital.

Mientras tanto, como garantía democrática, un ejército de marines ocupaba el Caribe y la selva amazónica; Guyana, pagando favores territoriales concedidos, vigilaba el lado oriental; Colombia, con un Gustavo Petro derrocado en momento tan coyuntural para la América hispana, cuidaba como perro rabioso la frontera. El ejercito nativo, otrora libertador, permanecía inactivo, permeado también por la decantación libertaria, llamada "traición patria" por los prisioneros. Rusos y chinos abandonaban el país, preocupados por la tecnología militar de sus inútiles juguetitos de guerra: respectivamente, aviones Sukhoi y lanzamisiles S300, y aviones K8, tanques VN-16 y la misilística antibuques, además de cientos de radares de ambas nacionalidades.

Se entronizaba, en fin, la VI República, según boca de los flamantes historiadores oficiales. En términos reales, consistía en un regreso hacia la IV, pero encarnando la posibilidad de hacer de Venezuela el quincuagésimo primer estado de los EE. UU. Se esperaba el retorno de millones de migrantes, felices ellos desde todo punto de vista porque se hacían a la idea de que regresaban a la tierra tan traumáticamente soñada, los EE. UU., otrora Venezuela. Como dijo un risueño funcionario gringo: "[…] los chavistas de equivocaron; nosotros, en esa situación, habríamos dado un golpe de Estado, como en Chile en 1973".



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Oscar J. Camero

Escritor e investigador. Estudió Literatura en la UCV. Activista de izquierda. Apasionado por la filosofía, fotografía, viajes, ciudad, salud, música llanera y la investigación documental.

 camero500@hotmail.com      @animalpolis

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