Dante Aligheiri desciende al Metro de Caracas…

Hasta hace no tantos años atrás, quizás unos diez o doce años, recuerdo que el Metro de Caracas contaba con un perfil de prestación de servicios que, aunque perfectible, hoy día sería difícil si quiera imaginar. Cuando llegaba a Caracas, con toda mi andinidad, hacía uso del metro sin mayor complicación. Compraba mi ticket en cualquier estación y listo.

Tengo desde febrero de este año viviendo en la Capital, y soy una ciudadana de a pie, del común. No fue sino hasta hace una semana -nos encontramos en el mes de diciembre ya- que me fue posible adquirir la bendita tarjeta electrónica, que hoy es la única herramienta en venta para acceder al servicio. No sé cuántas veces fui a solicitarla, ni a cuántas estaciones, sin tener éxito alguno durante tanto tiempo. Honestamente, me había dado por vencida.

Hablar del enorme problema de la precariedad en el servicio del metro de Caracas es un tema bastante sensible, en una ciudad que ruega por un respiro para salir adelante, en medio del magnífico esfuerzo que hacen sus ciudadanos por sobrevivir esta realidad económica tan difícil. Un medio de transporte eficiente, es una tarea a la que no se le pueden seguir dando largas, en especial cuando ya de por sí la infraestructura vital ya se encuentra en pie. Es cuestión de invertir y desarrollar una política lógica de funcionamiento.

Pero para dar a entender cuál es el problema al cual me refiero, para quien aún no lo sepa, en el Metro de Caracas ya no se venden tickets al público como antes -sólo Dios sabrá por qué- y entonces si no hay tarjetas electrónicas, como suele suceder la mayor parte del tiempo, los usuarios se quedan a merced de tener que buscar otra opción para llegar a su destino, o simplemente, dedicarse a rogar a otro usuario con la esperanza de que alguien les conceda el favor de pasar su tarjeta por ellos.

Las personas que viajan a la capital desde el interior y que preferirían hacer uso del metro, por la facilidad que supone para conectarse con distintos puntos de la ciudad, se encuentran con que no pueden hacer uso del sistema, a menos que los astros se alinearan ese día y entonces, casualmente, en una estación, lograra comprar la tarjeta electrónica. Si se trata de un extranjero, el asunto es aún peor. No hay forma, de que, presentando su documentación, aún en el supuesto de que existiera la disponibilidad de tarjetas, pueda efectivamente adquirir una. Tendría que tener algún amigo venezolano que le haga el favor de comprar la tarjeta con sus datos y pagar por él con débito, pues en la estación, tampoco se maneja el pago en efectivo y muchos menos con divisas – podemos imaginar la razón-. Se pregunta uno, cómo es que se pretende promover el turismo, interno y de perfil extranjero, si los usuarios están completamente impelidos siquiera de movilizarse por el principal sistema subterráneo en la capital del país, donde, dicho sea de paso, los medios urbanos de transporte son un caos complejo. Y las razones detrás de todas estas determinaciones son secretas, porque nadie explica nada. Cuando se pregunta a los encargados por algún argumento sensato que responda a la pregunta de por qué si no hay tarjetas no se emiten tickets, la respuesta más común es el encogimiento de hombros. Eso en el caso de que no se molesten porque se les mencione el asunto. En las redes sociales circuló un video en el que un usuario con su teléfono denunciaba esta situación, entonces fue agredido físicamente por el personal. Por lo visto, la cosa es que simplemente, el metro no funciona y toca calársela.

Me pregunto ¿cuáles son los canales habilitados para la denuncia ciudadana efectiva a la que un venezolano puede dirigirse y ser de hecho atendido? No queda más que dedicarse a la denuncia pública con la esperanza de que alguien con poder, se conduela de nosotros.

Lo mismo sucede con el metro de Los Teques. No hay vínculo de servicio al usuario entre los dos sistemas, pese a que el Metro de Caracas conecta con el Metro de Los Teques. Nadie puede comprar la tarjeta electrónica para ir a Los Teques en ninguna estación de la capital. Uno tiene que irse a riesgo, pues la disponibilidad de estas tarjetas es también limitada; de modo que, si logras llegar a Los Teques, puede que te toque quedarte atrapado al interior del torniquete, hasta tanto alguien tenga la bondad de pasarte con su tarjeta ¿Por qué hacer pasar a la gente por este exabrupto? Es un completo sinsentido.

Lamentablemente, allí no acaba la cosa, porque lo cierto es que el estado físico de las estaciones es bastante deplorable también. Me alegra no tener ninguna dificultad o limitación motriz, y aún no pertenecer a la tercera edad, porque prácticamente ninguna escalera eléctrica funciona en casi ninguna estación. Es triste ver a los pobres ancianos subiendo parsimoniosamente y haciendo obligadas paradas para tomar aire y descanso en aquel ascenso infinito de escalones. No se diga entonces el escenario que se le presenta a alguna persona en silla de ruedas, o en muletas, a las mujeres embarazadas, o que padezcan alguna condición severa.

Pero suponiendo que se haya superado la odisea de la compra de la tarjeta y el acceso al área de embarque, la espera por el vagón es un enorme azar también. Pudieras tener que esperar 5 minutos, como tal vez te toque esperar una hora o más. Nadie sabe. Es bastante obvio que no se encuentran laborando la cantidad mínima necesaria de vagones para cubrir la demanda, y los vagones operativos no cuentan, en su mayoría, con aire acondicionado ¿se deberá a eso la misteriosa situación de las tarjetas electrónicas y la incapacidad para vender tickets? Sólo queda elucubrar suposiciones. Repito, a la ciudadanía no se le ha dado ninguna explicación concreta de este estado de las cosas en cuanto al funcionamiento del metro.

No pretendemos negar las dificultades que nos ha tocado enfrentar, producto del bloqueo impuesto al país, que afectó, entre otras cosas, la compra de insumos, así como la significativa disminución de la capacidad de inversión en mantenimiento de infraestructuras vitales, en general. Pero clamamos entonces, en especial, ante la suspensión de las medidas coercitivas -sanciones-, por una muy pronta atención, que no se reduzca a un paliativo superficial- a una pinturita- sino a una real mejoría, a estos y otros particulares que vulneran tan dramáticamente el desenvolvimiento de la vida diaria y el desarrollo de la ciudad. Y es que ya vimos la última gran inversión de dinero en la reciente campaña electoral y me aterra pensar que, ante las venideras elecciones presidenciales, el presupuesto público se dirija en su grueso a la campaña y se le dé otra vez largas a la atención de estas problemáticas.

No hay mejor campaña que dedicarse a mejorar los servicios. Esa es la propaganda más inteligente, y en todo caso, el deber ser del ejercicio gubernamental y de estado. Por favor, hagan algo por arreglar el servicio del metro.



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Adriana Rodríguez


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