Allí, donde todos nos volvimos juvenilmente celestes

22-7-22: Nos ha visitado el señor Corsino con sus hijos Enrique, Ángel y Ana. Nos traen leche de vaca y cambures. Conversamos varias horas en el porche. Luego nos ha visitado Neptalí, su esposa Marcolina y sus hijos Toñito y Nátali, y conversamos hasta las nueve de la noche y les participamos nuestra decisión de vender la casa. Hicimos cálculos, meditamos el precio, hablamos de posibles compradores. Uno de los puntos que tratamos es la dificultad de convertir la casa en una posada por las dificultades que presenta en este momento el turismo. En verdad que eso del turismo hay que descartarlo, no hay ambiente ni condiciones dada la crítica situación económica, la escasez de la gasolina y el terrible estado de la carretera.

Nosotros la ponemos a la venta, pero sabemos, por lo que se ve, que será difícil conseguir un comprador dispuesto a considerar un mínimum de su valor, pues queremos venderla equipada (a "puerta cerrada" como dicen por aquí). La seguimos cuidando igual, atendiéndola y considerando a la vez que a lo mejor no podamos venderla tan pronto y que aún muchas aventuras nos quedan por vivir por este edén. Nos mantendremos atendiendo el jardín, recogeremos café y lo pondremos a secar, acarrearemos madera, limpiaremos la huerta, la calzada, la troja. A fin de cuentas, hemos vivido unos diez años en "El Valle de la Luna" mucho más que la experiencia de Henry David Thoreau narrada en "Walden".

Nuestra casa "El Valle de la Luna" está situada en una parcela de unos dos mil metros cuadrados, hay en ella unas 350 matas de café, con variedades de árboles frutales y la casa propiamente tiene una construcción de 240 metros cuadrados. Con su pozo séptico, rodeada de malla ciclón, buenas fundaciones, bello techo de mapora, una madera sumamente resistente. Algunas de las vigas que sostienen el techo son de madera peralejo, de las más resistentes que existen en la zona.

23-7-22: Nos ha visitado Antolín, hijo de nuestro querido amigo el señor Antonio, quien se encuentra muy mal de salud. El señor Antonio tiene unos setenta y siete años, con toda una vida entregada al trabajo del campo desde la madrugada hasta la noche, sin descanso y sin jamás tomarse unas vacaciones, recorriendo cientos de kilómetros a pie por estos pueblos del sur, levantando una familia de cinco hijos, y ahora se encuentra postrado, que casi no puede ponerse de pie.

24-7-22: Se presenta Abraham junto con su yerno Freddy, quienes llegan con un costal lleno de cambures verdes, yuca y dos enormes piñas. Las piñas más dulces de Venezuela son las que se dan en Canaguá. Nos sentamos en el porche y hablamos de los temas de esta región, el de la siembra del café a la que casi todo el mundo está abocado en este momento. Hablamos de la zona de Capurí de donde es Freddy, de lo amable que es la gente de esta región que el que aquí llega queda encantado. Evocamos los tiempos de los Noguera Mora, del memorable don Cirilo, del padre Eustorgio Rivas.

25-7-22: Me he dedicado a limpiar el cambural, de tronchar algunas matas que se han disparado sin producir racimo alguno pues la sombra del gran guamo negro no ayudaba. En limpiándolo, pasa Avenildo con tres becerros quien aprovecha el vástago que estoy eliminando para dárselo a sus animales. Hablamos un rato, le pregunté sin tenía huevos para la venta y me contestó que los había vendido todos. Luego pasamos a hablar de otros asuntos, relativos a la inutilidad de los pleitos entre vecinos y familiares, y le digo al boleo "-Dígame usted, ¿qué saca uno de una pelea?" lo que él al vuelo responde: "-De una pelea sólo salen ganando los gallos finos y eso, cuando lo hacen en los primeros zarpazos". Coño, no había escuchado una cosa más genial. Se va Avenildo y se acerca Abel, hermano del señor Corsino, quien tiene ochenta y cuatro años. Me pregunta Abel que, si cuando regrese a Mérida habrá plaza en la camioneta para él porque perdió la tarjeta del banco y no ha podido hacer uso de la pensión ni de los bonos que entrega el gobierno. Le contesto que ya hay dos puestos comprometidos porque se irán con nosotros Marcolina y su Nátali, pero que sí, que ahí buscaremos acomodo como se pueda. Qué calamidad tan seria debe resultar para un anciano como Abel el tener que hacer un viaje de cinco o seis horas hasta Mérida, verse obligado a llevar la comida para varios días, luego el tener que pagar el pasaje de vuelta, y hacer esas gestiones, cuando muy bien esto debería ser algo que pudiera resolverse en el propio pueblo de Canaguá. En Canaguá se contaba con dos bancos y ambos han desaparecido, lo que equivale a decir que casi nadie tiene efectivo en bolívares y que toda transacción debe hacerse en dólares, mediante puntos de venta o por transferencia electrónica.

María Eugenia se dedica a desbrozar todos los alrededores de la troja. En limpiando vamos saboreando moras, fresas y uchuvas. Nos visita Orianni quien en una cestica nos trae dos huevos de pisca que nos envía su abuela Consuelo.

A las doce se produce un corte de luz.

A las dos de la tarde decidimos con Ángel hacerle una visita a Ramón Isidro, a pesar de que el tiempo amenaza con lluvias. Nos acompañan los perros de Ángel, Nevado y Chespirito. En la primera cuesta al lado del río La Coromoto, en una empinada ladera casi vertical nos encontramos al Chino (esposo de Xioli) y a dos de sus hermanos en la brega de sembrar unas dos mil matas de café. Cuando por aquí se habla de plantar café no se trata de cien ni quinientas matas, sino miles de matas. Es hoy el café el sustento económico de esta región, todo gira en torno de este producto, y a decir verdad el café que aquí se produce es el mejor del mundo. Hay siembras de café que hoy se están plantando, cuya cosecha ya ha sido pagada para cuando se dé dentro de dos años.

Al pasar por El Cobre, vemos a lo lejos la recién construida casa de Neptalí, levantada en lo que hasta hace unos pocos meses había sido un burdo cobertizo de bahareque y barro para almacenar cambures y yuca. Le decimos a su hija Nátali que a la vuelta les visitaremos. Un poco más arriba encontramos a Neptalí abriendo hoyos con una barra para plantar matas de cambur. Nos saludamos y nos cuenta que la abundante siembra que tenía de yuca se la deglutieron sus gallinas, que les gusta mucho, que las engorda y que les hace poner excelentes huevos. Neptalí es un joven de unos cuarenta y cinco años, membrudo y seco a la vez como una avellana, con las venas brotadas en los brazos, quemado por el inmenso sol recibido durante sus largas jornadas de trabajo de doce horas diarias. Ya está canoso, surcada de arrugas su cara, tiene ciertos problemas en la vista (uno de los grandes males por esta región) pero a la vez, ¿de dónde saca tiempo para ir hasta Mérida y tratarse con un especialista? Su mano derecha en todo es Toñito, su hijo, que apenas tiene catorce años. Nátali, su hija de quince años, son los ojos de su esposa Marcolina quien es invidente, la que la lleva y la trae por todos los caminos entre La Coromoto y Canaguá.

Marcolina es otro caso único en este mundo de los peculiares personajes que hemos conocido en esta zona, ella tiene más de diez años absolutamente ciega, pero a la vez todo lo ve y todo lo sabe por los sonidos, por los olores y el uso de sus otros sentidos. Ya en su nueva casa sabe dónde está todo, conoce cada recoveco en la cocina porque es ella la que cocina, la que elabora los dulces, los quesos, las cuajadas y los tres platos del día. Cuando llegan visitas, ella va a la cocina, prepara absolutamente todo sola: los jugos, el café o los dulces, los coloca en una bandeja y se presenta en la sala haciendo la ronda para que cada cual se sirva lo que le corresponda. Cuando sale al porche dice que todo está muy bonito, que las flores se ven hermosas y no se sabe por qué motivo en ocasiones, se coloca unos lentes de ver que usaba hace años cuando aún algo de luz percibía.

Continuamos nuestra marcha montaña arriba bordeando ese esplendoroso filo desde el cual se divisa el camino real que conduce a Canaguá. Cruzamos el tercer portón y unos doscientos metros más adelante, en una ladera, vemos a lo lejos a Onofre, primo de Ángel, quien está con un peón echándole bríos a un terreno. Nos saludamos a gritos: "Qué tal Onofre, cómo le va", y responde: "-Aquí, como tres en el anca del burro y con la gurupera corta". Onofre tiene un porte de prócer retirado o venido a menos. En su juventud, durante un tiempo fue policía en Mucutuy, hombre simpático y comunicativo, quien tiene ahora varias miles de pujantes matas de café sembradas, y así sea sábado o domingo, de día o de noche siempre se le ve batallando y atendiendo sus siembras y sus crías de ganado. Casó Onofre con una ingeniera graduada en la Universidad de Los Andes, mujer del campo, humilde y muy lista, con quien tuvo dos hijos.

Todo el mundo por aquí se queja de lo criminalmente costoso que está el abono, y si algo da trabajo es el café, desde que se siembra hasta tener los tres años para que dé la primera cosecha, y mucho trabajo para verlo molido en su último procesamiento. Me estuvo contando Abraham, que en este momento al trabajador del campo se le pagan cinco dólares el día además de las tres comidas (lo más costoso).

Continuamos la marcha, los perros van dando saltos a los lados, nosotros disfrutando del hermoso paisaje en una tarde atoldada en la que corre una brisa helada. Pasamos a un lado de la finca de Gaudencio y como no había nadie por los alrededores seguimos de largo. Al fin llegamos a la finca de Ramón Isidro, y pronto buscamos los bancos para colocar nuestros morrales en el corredor de la vieja casa de bahareque. Aparece Cileni por los lados del lavadero, luego en uno de los cuartos escuchamos la voz de Ramón Isidro. Vinieron los abrazos, la alegría por volvernos a ver, ocupamos unas banquetas y se nos cruzaron mil historias en la conversa. Ramón Isidro, que es uno de los personajes más sabios que he conocido, siendo hombre de visión para los negocios, sin embargo, con los recios bandazos de los últimos años, llevando su parte con los bloqueos y la sanciones, con la pandemia, sus proyectos y lo que producía han sufrido un vuelco de ciento ochenta grados. Lucha, batalla y sobrevive, y dice una expresión que encierra una gran verdad en las actuales circunstancias: "Perdiendo también se gana". El perro Nevado que venía con nosotros se ha alborotado persiguiendo a las gallinas y a los pavorreales, de modo que hubo que amarrarlo a un palo. Ramón Isidro tiene una de las fincas más hermosas en cien kilómetros a la redonda, y a pocos pasos de la vieja casa de bahareque (que tiene como cien años), ha construido una hermosa estancia desde la cual se aprecia el soberbio paisaje que abarca el camino real que conduce al pueblo y el río La Coromoto, el cual habrá de unirse con la quebrada de El Rincón, y más adelante con el río de Canaguá. Vemos a los pavorreales que se están reproduciendo con vigor y que van por los árboles, techos y recorriendo el platanal. Vemos a Cileni llevar leña para el fogón porque está preparando café y sancochando plátanos. Nosotros continuamos en nuestras pláticas, ahora preguntándose Ángel, quien trabaja en el sector Educación, cuándo pagarán el bono vacacional. Un bono, dicen, que está muy retrasado y que al parecer llegará por retazos.

Son las cinco y media de la tarde y Cileni está sirviendo la mesa con grandes trozos de queso, un plato rebosante de humeantes plátanos sancochados y para beber, tazas de guarapo de caña caliente. Al tiempo que yantamos, Cileni que pasa de un lado a otro en sus quehaceres, no deja de preguntar: ¿más queso?, ¿más plátano?, ¿más guarapo?

Está a punto de oscurecer cuando emprendemos el regreso. El frío arrecia, pero no nos importa porque vamos con las energías renovadas. Todo se presenta encantador, con una esplendorosa caída de la tarde y con el cielo al fondo, hacia el sur, tachonado de rojos y dorados fogonazos. A las siete y media llegamos a casa de Neptalí en El Cobre. Pasamos a la casita nueva, recorrimos sus espacios porque sus dueños orgullosos quieren que apreciemos lo bien acondicionada que ha quedado. Todo un milagro, tomando en cuenta que hoy precisamente se está cumpliendo apenas un año que la vaguada se llevó su mucoposada ("Las Hortencias"). Mientras conversamos en la sala, Marcolina va a la cocina para traernos dulce de leche de cabra. Ya Marcolina, como hemos dicho, domina a la perfección todos los espacios de su nueva casa. Hace dos días vimos por los lados de la escuelita a Marcolina con su hija Natali buscando flores para decorar la sala. El ver es cuestión también de imaginación, de sensibilidad, de pasión y de amor por la vida.

Llega el momento de la despedida, y al traspasar el umbral, nos topamos con una noche fría, cerrada, tupida de densa oscurana. Todos al regresar ya, bajando por la hondonada de los pinos, al unísono decimos que ha sido un paseo de lo más ameno y entretenido, pleno de gratos encuentros, rememorando las palabras de Ramón Isidro "en perdiendo también se gana".

Llegamos a casa a las ocho y media de la noche como unos soles, felizmente agotados y bendecidos por la vida. Ya echados en nuestra cama, aún con todos los colores de lo visto, con todos los encantos de la gente que aquí hemos conocido, dijimos algo que nos salió de todos los recovecos del corazón: no existe un lugar más hermoso en este mundo que LA COROMOTO, y hemos sido unos afortunados al conocerla y al encontrarnos viviendo en ella. Definitivamente un lugar encantado…..



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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

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