Diarios del alba: canturías, abrazos y risas crepusculares…

27-2-22: A las siete de la madrugada, se ha desatado una lloviznita, fugaz. Se alborotan multitud de pájaros endrinos, pequeñitos, que sacuden sus alas afincados en las barandas de cínaro, ahí frente a la cocina. Hacen fiesta estos pájaros por la multitud de mariposas que quedan adheridas al cristal de la ventana, porque durante la noche dejamos encendida una bombilla. Los pájaros endrinos sacuden en su pico insectos y pajillas que llevan a sus nidos. Mientras tomo café los veo revoletear por la grama, al tiempo que asoman fugaces arreboles en un día que amenaza con ser soleado. De momento sigue nublada toda la aldea.

A las 7:30 se va la luz y sin decirle nada a mi esposa me preparo para hacer una caminata hasta El Cobre. Me calzo las botas de goma, me pongo los trapos de guerra y busco mi bordón, cuando repentinamente ha comenzado a llover. Desisto de la caminata.

El corte de luz ha sido sólo de una hora.

Vuelvo al porche a contemplar las montañas, a ver una densa bruma que va subiendo por el boquerón del valle. Vuelvo a servirme café mientras el silencio hipnotiza el tiempo y anula todo pensamiento. Van ascendiendo las blancuzcas gasas de luz arremolinadas en las vertientes de las montañas.

Oigo que María Eugenia se ha levantado y comienza sus agites diarios, cual tromba que va recorriendo la casa por cuartos y pasillos.

María Eugenia no deja de hacerle arreglos a la casa, de asearla, decorarla, limpiar el jardín, remover trastos, cambiar muebles, y en su quehacer dice que es como atender un hijo.

Me cambio a la ventana de la sala del comedor y sigo viendo al cielo confundido con la niebla, cubriendo los sembradíos y las faldas de la casa de Avenildo. Me parece oír la voz del vecino que está acordando con alguien la compra de un toro. Nos congratulamos los habitantes de esta zona por la lluviecita que está cayendo porque es signo de que los cafetales podrán recompensarnos con otra buena cosecha, para abril. Persiste el denso silencio, con apenas el tamborileo del agua que cae por los lados de las canales junto al leve canto de los pájaros endrinos. Se oscurece la sala encontrándose cada objeto con una soberbia nobleza de decapitados: la silla colgante, la mecedora con asiento de cuero de vaca, el juego de sofá con la mesita y el florero con jazmines, astromelias y lirios. En la jardinera cantan, rumbeando o pavoneándose los capachos, las cunas de moisés, variedades de suculentas, jades, astromelias, coronas de cristo, calas, sábilas, geranios, helechos, ficus y en los materos: celery, ajoporro, cilantro, remolacha y cebolla morada. Esta lluvia le cae como una bendición al manzano, al níspero y a la chirimoya.

A las once de la mañana, en habiéndose oscurecido totalmente el ambiente, con el tiempo muy frío, le digo a María Eugenia que encendamos la chimenea. Organizo la madera, me busco una latica vieja de sardinas y en ella coloco cenizas con kerosene, y armo así un mechero que coloco debajo de las chamizas, y encima los troncos. Empieza la chamiza a arder y crujen las ramas más gruesecitas y se produce el primer borbotón de llamas. Me planto en el sofá para embeberme en el fuego y dejarme llevar por la inexistencia del tiempo. Es como si va uno en un viaje y, afuera, en la oscuridad de la tarde, corren los campos, se desplazan los boquerones de las vertientes de las montañas y los árboles: la fugacidad de las cosas en una eternidad instantánea. La mente fija en el fuego, matando las horas, no importa que sean las dos de la tarde, la tres o las cinco o las ocho.

El tiempo que llevo aquí en La Coromoto es otro tiempo, el tiempo de la nada…

He leído "El pasajero de Truman" y "El conformista", y ahora me preparo para meterle el ojo y los sentidos a "La montaña mágica".

Cuando vuelvo a la realidad escucho que Roberto, el esposo de María, nos ha traído un queso. María sigue mala, dice el joven. Sigue mala y no puede irse en una de las busetas que viajan a Mérida. Ella tendrá que esperar por nosotros, pero si se agrava tendremos que adelantar el viaje. No creo que la alcandía disponga de ambulancia.

Como a las ocho de la noche viene llegando Ángel del pueblo. Se presenta muy bien vestido porque ha estado participando en la elección de la reina y en otras festividades carnestolendas. Se mojó un poco con la llovizna de la tarde, y María Eugenia le prepara un buen té de orégano. Para la conversa buscamos acomodo en la sala y nos ponemos a hablar de ciertas plantas medicinales, imprescindibles en una casa: el ajo (tenemos en nuestra huerta), la moringa (no se da en lo frío, pero la tenemos en Mérida), el malojillo (tenemos en nuestra huerta), la ruda (en nuestra huerta), el romero (en nuestra huerta), la sábila (en nuestra huerta), la manzanilla (no tenemos), el orégano (en nuestra huerta), el árnica (no tenemos), la yerba mora (en nuestra huerta) la cola de caballo (no tenemos), el eucalipto (en nuestra huerta) y el sauco (no tenemos).

28-2-22: Hoy LUNES DE CARNAVAL. La regla número uno de nosotros los humanos es saber que hay tiempo para todo, ¡tanto!, que a veces tenemos que matarlo (al tiempo, digo). Hoy tenemos otro día apagado, volvió a llover toda la noche. He contado veinte matas de café bien cargadas, y para abril o mayo podremos recoger unos cuarenta kilos en pepas coloradas que serán para nuestro consumo.

Allá a lo lejos, veo bajar por el camino viejo a Natali y a Toñito, vienen con tres de sus perritos, en un paisaje medio nublado. Bajan por el sendero que conduce al río pasando entre guayabales y matas de guamo, al lado de una falda recientemente sembrada de cafetos. El cuadro es hermoso y apacible, ellos dos adelante y los perritos atrás. Bajan para dirigirse a la posada Las Hortensias, la que se tragó la vaguada del pasado agosto en donde tienen un corral con cabras, y una de ellas acaba de parir.

Con estos días atoldados y que amenazan con lluvias, no hacemos sino ver el fuego en la chimenea o seguir en ese viaje sin fin hacia unos universos cargados de callejas angostas, empinadas arboledas, lagunas, campos áridos, casas antiguas, plazas desiertas, panzudos vendedores de chorizos en los mercados; aquella morena llamada Nela, adoptada por mi madre desde recién nacida y que ya adulta se la llevó un hombre para siempre un lunes de carnaval.

Voy y me traslado a Suiza, donde se desarrolla parte de la novela "La montaña mágica".

 



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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

 jsantroz@gmail.com      @jsantroz

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