Una vuelta, demasiado rápida, por la humanidad

En días como este, el último de fin de año, me inspiro a escribir algo, aunque sea para la familia, como una forma de dejar una huella de lo sucedido o de atrapar el último momento de un año, 2021, que despido llena de nostalgia.

Y plasmo en mis líneas momentos, deseos, emociones, asociados a hechos o a sueños, siempre deseando se realicen.

Pensaba escribir un texto más académico, sobre lo que está ocurriendo en la humanidad, sobre la locura que inspira a unos cuantos que andan por el mundo llevando y haciendo el mal, sin percatarse de tanta miseria. Pero dejo rienda suelta a mi sentir y pensar, sin mucho tiempo en estos días para estudiar.

Unos cuantos, sin percatarse que hacer el bien nutre nuestro espíritu, nos reconforta con la vida y nos acaricia el alma. No saben ellos lo que pierden, de los efectos de la bondad que se multiplican en cada uno que la hace, que la piensa, que logra realizarla.

Esas guerras fratricidas, aupadas y generadas por las corporaciones imperiales, esas que necesitan las guerras para sobrevivir, para que sus empresas, grandes productoras de armas, sigan generando divisas. ¿Y para qué tanto dinero? ¿Dinero hecho a costa de la sangre de seres humanos? Al igual que el dinero de la delincuencia organizada es dinero mal habido, es simple papel enfangado, dañado, sin valor, sujeto a quemarse con una cerilla. Así como queman con bombas, con misiles, con drones que, sin necesidad de pilotos, sueltan todo su potencial dañino, muy tecnológico, contra la población civil, seres que tampoco tienen que ver con lo que está siendo reclamado, peleado, defendido, robado.

Observamos con tristeza, con dolor, que la humanidad está perdiendo su capacidad de asombro, de compasión, de sentir en carne propia el dolor del otro. Los otros, ellos, están lejos, andan muy apartados de nosotros, de mi casa, de mi entorno, tal vez hasta no sea cierto, y se trate, tan solo, de una verdad virtual. Esto es: no existe, no sucedió. Es apenas una película de ficción que vemos en la televisión, que reproducen en internet. Porque de no ser así, no podríamos cenar alegres y serenos, alrededor de una mesa, con nuestras familias, y los seres que amamos, en comunión, pidiendo la bendición al Cielo para todos.

Pensaba revisar toda la información que siempre publica mi amigo secreto Diógenes, el cual sigue siendo secreto y misterioso a pesar de trabajar juntos ya durante meses. Se trata siempre de una información que le da la vuelta al planeta, ese que nos contaba Walter Martínez cada noche, que había dado otra vuelta sobre su eje imaginario. Por cierto, programa que no podía escuchar con atención, pues a la hora de su presentación, las diez de la noche, ya todas mis defensas emocionales están por el piso, esperando recargarse para continuar con el pan nuestro de cada día. De este modo, las guerras y batallas, los horrores que se suceden a lo largo y ancho del planeta Tierra, no podía verlos, escucharlos, saberlos, sin dejar de dormir, permitíendole al insomnio que me sobrecoge, cuando los asuntos complicados no logro resolverlos. Cuando no logro ni entenderlos.

Y así, por ejemplo, uno de tantos conflictos actuales, incluso en estos días que se dicen de "paz" y "amor": Arabia Saudita un gigante contra un país pequeño y pobre como Yemen; Israel contra Palestina convertida en un pueblo mártir, sometida a la fuerza y tecnología que los desplazan y asesinan para quitarle el territorio. Como señala mi compañera barquisimetana Yajaira, del grupo baké biké, Israel se fortalece notablemente con la buena pro de los Estados Unidos. Siempre ellos.

¿Ucrania? Convertida, según dicen, en la Colombia de Rusia, en un portaviones conveniente para los Estados Unidos, desde el golpe de Estado del 2014. En la región de Ucrania, conocida como Donbass, cercana a las fronteras con Rusia, está ocurriendo un genocidio en sus poblaciones étnicas, incluso a través de drones que les vende Turquía, y la importante ayuda militar por parte de la OTAN.

¿Los malos contra los buenos? Los fuertes y poderosos, como Goliat luchando contra David, con tan solo una honda y una piedra, que logró matar al gigante sin tener espada.

Es decir, apreciados lectores, desde el inicio de los tiempos hemos observado guerras, batallas, luchas intestinales, de imperios y pueblos, y la humanidad ha seguido. Recordando el holocausto nazi de las guerras mundiales, ya superado por la inmensa cantidad de muertos causados por los conflictos iniciados por los Estados Unidos, siempre fuera de sus fronteras. Para su industria de la guerra, pero también por su manejo de las bandas organizadas y criminales del narcotráfico que le produce internacionalmente, algo así como, quinientos mil millones de dólares, convirtiéndose en la mayor industria de crecimiento junto a la industria de las armas, llevando las drogas a sus propias poblaciones alienadas, que duermen en vehículos o en carpas, porque no tienen cómo pagar siquiera un alquiler.

Nada de esto lo vemos a simple vista, hay que buscarlo bien, pues de Estados Unidos nos gusta conocer el mundo infantil de Disney, de sus fábulas que de niños nos hicieron soñar.

También sabemos de las empresas gigantes, como Amazon, que cumplen todos nuestros deseos, nuestros caprichos, tal cual la lámpara mágica de Aladino, con tan solo frotar los billetes verdes que se puedan conseguir. Pero los trabajadores de esas empresas no pueden optar por un sindicato, pues son despedidos sin contemplación.

Colombia, país vecino, al lado de Venezuela en sus estados fronterizos, con masacres diarias, hasta hoy van noventa y seis. Con paramilitares que usan motosierra para desaparecer cuerpos, o los lanzan a los ríos luego de asesinarlos, como pasó con muchos jóvenes en las recientes protestas de este mismo año. En Colombia donde un expresidente detenta un Premio Nobel de la Paz, y confiesa haber participado en los falsos positivos, donde asesinaron a campesinos haciéndoles parecer soldados, incluso hallados con las botas cambiadas de pie.

Y el expresidente Barack Obama, otro Premio Nobel que tiraron a la basura, desprestigiando cada vez más ese galardón que pudo, algún tiempo atrás, significar algo. Un Premio Nobel de la Paz que dictaminó que Venezuela, nuestra Venezuela, es una amenaza inusual para ellos, para el imperio, tan solo por querer ser libres, independientes y soberanos. Pero por eso nos castigan severamente con sanciones y más sanciones, incluso acentuadas descaradamente por otro expresidente, Donald Trump, soberbio y prepotente, que requiere de nuestros recursos para seguir engordando su cuenta bancaria y la de sus amigos.

En fin, queridos lectores, en este último día del año mis reflexiones son tristes, pero no pierdo las esperanzas cuando salen luces de bengala de vez en cuando, al ganar Xiomara Castro en un país tan pobre y maltratado como Honduras, al perder un candidato ultraconservador, admirador de Pinochet, como José Antonio Katz en Chile, o al observar un Pedro Castillo batallando en Perú contra todos y todas, con su lápiz de maestro, o también al constatar que, en Venezuela, seguimos hacia la recuperación económica, de alguna manera, de alguna forma que aun no comprendo del todo, pero vamos en positivo, resistiendo, y venciendo.

Con algunas luces de esperanza, sobrellevamos la tristeza que nos agobia al conocer la maldad en el mundo, la que no acaba, la que lleva siglos, la que nos muestran en las películas de guerra y horror, donde parecen eso, apenas películas representadas por actores famosos.

Si hubiese alguna manera de medir la maldad en el mundo, y seguro que mi amigo secreto me conseguirá ese indicador, desearía que ese valor disminuya en el 2022, y mantenga una tendencia en descenso.

En tanto que esperaré por ese indicador, de los más importantes, les envió un afectuoso y sincero saludo de Fin de Año para mis compañeros de Aporrea, siempre muy solidarios, y a los lectores que me siguen desde estas páginas.

¡Hasta pronto! Hasta el 2022.



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Flavia Riggione

Profesora e investigadora (J) Titular de la UCV.

 flaviariggione@hotmail.com

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