Solita: Tratado del dolor in Sol Invictus…

  • Va a ser duro seguir en este mundo sin ella – musitaba María Eugenia, y agregaba: - Sí, tenemos a tantos seres queridos que amamos con devoción sagrada, pero lo de ella está más allá de todo desprendimiento y entrega, transmitía un cariño y una pureza que nunca se encontrará en los humanos. Qué poca cosa es cualquier humano comparado con ella.

Iba su dueña mirando fijamente la carretera, llorando y hablándose a sí misma, porque yo ya no escuchaba nada sino también mis propios desconciertos. Cada cual por su lado. Día frío, nublado, con un paño de lágrimas al fondo de todos los horizontes y destinos. Los bosques, los pinos hieráticos, el verde fundido en las sombras de siempre, con esos soplos de insignificancias aún colgadas de alguna esperanza, de algún milagro, contando con que también nuestras oraciones podrían salvarla, pero todo habla de la infinitud de la poca cosa que somos, del silencio espeso ante toda imploración, y como a la postre, como vamos viendo, nada de lo viviente podrá contra el tiempo.

Seguíamos con aquel cuerpo bamboleándose levemente en el asiento trasero de la camioneta. Su quejido, sus dolores eran persistentes, su respiración agitada haciendo resaltar sus huesos en su piel cada vez más amarillenta. Su madre, María Eugenia, seguía sin dejar de poder contener las lágrimas, en una permanente imploración a sus santos preferidos, santos que ahora brotaban de la dimensión anhelante de sus desvelos, con tres noches sin dormir, sacados por el arte de su magia, de las visiones desgarradas de sus sueños. Allí en aquel asiento bamboleante, me parecía que Solita volvía a ser la niñita aquella que un día recogimos en la plaza de Chacantá. La que tomé en mis brazos de una manada de perros realengos, y su madre, ajirafada, alta, hermosa como ella, me estuvo siguiendo como queriendo que también me la llevara.

Ya habíamos salido de El Molino, tramontado el Páramo de Las Nieves y dejado atrás el cruce con el camino que lleva a Santa Cruz. Lloviznaba y nos cubría una espesa neblina. El camino espeso de soledad y silencio. Nuestro destino era una clínica en Ejido, pero en un tramo poco antes de llegar a Las Labranzas no la oímos más. Ya no se movían sus costillas. Decidimos detenernos. Se mantenía aquella neblina cerrada y seguía lloviznando, María Eugenia abrió la puerta y otra vez su voz se quebró en un llanto total con un revoltijo de recuerdos que nos sacudieron a los dos el alma. Lo más puro jamás conocido, lo más santo y sagrado, lo más dulce y alegre, tierno y devoto de nuestros corazones había partido para siempre. María Eugenia posó su mano en el corazón, pasó su mano por ese cuerpo tantas veces acariciado y besado, estaba la niña en el centro de sus ateridos nervios como el amor más entrañable, ya ella eternamente dormida, digo. Todo se hacía incontenible: la presencia de la muerte, el amasijo de los dolores mezclados con súbitos y entrañables recuerdos; todas esas penas que estallan a la vez como remordimientos al sentir ese tiempo que no estuvimos con ella, cuando nos necesitaba, cuando quedaba sola y corría por las cercas de nuestra casa tembloroso todo su cuerpo, y se quedaba días y días llorando, llamándonos. Esa compañera de paseos, loca ella revoloteando como ardilla o venado por cuestas y malezas, entrompando puercoespines y zorros. Esa compañera que a primera hora de la mañana al abrir la puerta corría a metérsele en la cama a su dueña para dormir o estarse un rato con ella. Esa hija querida que en cuanto veía que nos poníamos las botas, alborotada, saltando como galgo, corría de primero para colocarse en la reja de salida. Ella, que estaba vigilante de nuestros sentimientos, los olía, y sabía todo lo que pasaba por nuestros corazones. La que se posaba a mi lado cuando leía o escribía y fue lo que hizo en la urgencia última de su despedida: en la madrugada de hoy (20-09-21) hizo un esfuerzo infinito para caminar y echarse al lado de la mesa porque pensaba escribir algo. Fue allí cuando estalló en ese gemido horrible un ser que jamás en su vida se había quejado. Y fue cuando dijimos que teníamos que empaquetar y coger carretera con ella, en un regreso de cinco horas de viaje.

Ahora la llevamos atrás sin vida, la neblina cubriéndolo todo, y tratando de encontrar un lugar, un santuario natural para ella. Con nuestros corazones destrozados al fin vimos un claro a la derecha, y María Eugenia descendió para ver si era digno de Solita, y anduvo caminando o desvariando en medio de la lluvia y la neblina que fue descendiendo más allá de un muro de piedra, yendo de un lado a otro. E interné en retroceso la camioneta para seguirla en un camino muy escabroso, pero ella seguía andando y tuve que detenerme y gritarle que ya estábamos traspasando una propiedad privada, casi no la veía entre aquel cortinaje de brumas. Le volví a gritar y no me escuchaba; salí y le decía que había encontrado un árbol hermoso, que allí abajo podíamos enterrarla, pero María Eugenia permanecía indecisa, mirando a todos los lados, caminando y diciendo: "-No, allí no. Tiene que ser un nicho mejor…". Sonámbula miraba a uno y otro lado, en círculos, y me decidí porque la llovizna nos empapaba, y andábamos a ciega en nuestro rededor: "-Aquí será –traté de imponerme-: este árbol es hermoso, aquí le habría gustado a ella. Mira qué tronco, que brazos, qué ramas, ella amaba estos árboles…", y como no teníamos una pala, tomé un palo y comencé a escarbar apartando yerbas. Al final entonces María Eugenia se decidió y cogió el machete. Con nuestras manos fuimos cavando acogidos por un silencio grandioso, embebidos en la niebla, sobrecogidos a la vez por la muerte que la llevábamos en una manta blanca; entre los dos llevándola por las puntas, todavía aterrados por la conmoción de nuestro desconcierto y la inevitable despedida. Suspendidos, andando con aquel cuerpo ahora tan flácido, ahí tan niña que ya no podíamos contemplarnos más en nuestra triste desolación. Y era como si nos enterráramos los tres en aquel torrente de lágrimas del corazón que aumentaba con la niebla y la llovizna pertinaz. Tronchamos algunas ramas y María Eugenia las escogía para colocarlas sobre el túmulo, entre plegarias: "-Solita, te llevaremos siempre con nosotros, sé que nos reuniremos, yo lo sé querida mía, amor, mi amada, mi niña adorada, por qué niñita mía, por qué…". Luego María Eugenia con la mano en el corazón me pidió que dijera unas palabras. No sé lo que dije, pero alguien habló por mí que ya no estaba allí ni en ningún otro lado, y llegó el momento en que teníamos que despedirnos, y el montículo en medio de la niebla parecía un altar, era un altar como esos proféticos del que hablan los que están tan cerca de esa otra dimensión de la vida. Y como sonámbulos seguimos andando hacia el carro, y allí supimos todo lo que habíamos perdido, y lo solos que de veras estábamos, sin el alma de nuestras vidas, sin las locuras de aquellos ladridos al viento, a los fantasmas de sus sueños, a los carros o las motos que pasaban frente a la casa, a los otros perros, a los vecinos que ella nunca quiso. Ella que se entregaba en los brazos y el cariño de todos los niños. Aquella loquita que jugueteaba conmigo a rabiar cuando la chisporroteaba con agua, y que cuando oía mi expresión "¡CARAJO!" era porque iríamos a pasear a la montaña y de inmediato, agitada, se ponía en posición de partida.

Nosotros habíamos salido de La Coromoto a las 10:30 de la mañana del día lunes 20 de septiembre. Nuestra salida fue intempestiva, y al ver algunos vecinos que arreglábamos la tolva y comenzábamos a colocar nuestros equipajes de viaje se congregaron porque sabían que todo tenía que ver con la gravedad de Solita. Estaban presentes Ángel, Cristian, la señora Consuelo, Marcolina y sus hijos. María Eugenia llevaba preparada una avena y una leche para darle algo de beber a Solita. No había tiempo que perder y sin despedirnos de muchos amigos emprendimos aquel viaje en el que aspirábamos llegar a una clínica veterinaria que queda en Ejido, y cuya dirección ya habíamos ubicado.

En todo momento íbamos pendientes de Solita, mirándola y tocándola. Poco antes de llegar al Páramo de El Motor, nos detuvimos para ver si aún podía sostenerse y que pudiera orinar. Al sacarla vimos que no le era posible sostenerse en pie, y al dejarla en el piso allí quedó sin fuerzas. La volvimos a colocar en el asiento, pero cada vez más convencidos del último estado en que se encontraba. El quejido era continuo, muy doloroso, e iba a la par con su penosa respiración. En el camino nos conseguimos a un camión que estaba atravesado en la vía ocupándola casi toda, llevando un enorme tractor. Le preguntamos a los hombres que allí estaban si en El Molino podíamos encontrar a un veterinario y de inmediato nos respondieron:

- No señora, eso lo consigue en Canaguá.

- Por favor, no sabe usted de alguien, es que llevamos a una perrita muy grave, se nos está muriendo y nos urge que alguien nos la atienda.

Uno de los hombres habló de alguien, un curioso, que trabajaba en algún fundo cercano, señalando hacia los perdidos campos de donde veníamos, quizá hacia Las Mesas, por lo que caímos en la cuenta de otra inútil imploración. Dimos las gracias y seguimos. El hombre se daba cuenta de las grandes ojeras de María Eugenia y de la manera llorosa e implorante con la que hablaba.

Al llegar a El Molino, las 12:15, cogimos directo hacia la casa del artista Luis Durán, amigo, hombre de mil cualidades humanas que debía saber hasta veterinaria, con la esperanza de que se acordara de nosotros porque teníamos tanto tiempo sin verlo. Llegamos y vimos a dos personas trabajando en una especie de taller al lado de la hermosa casa de Durán. María Eugenia comenzó a llamarlo: "- Señor Durán, señor Durán", con esa voz cargada de dolor, y con lágrimas en los ojos. Apareció el hijo de Durán y luego su esposa. Al saber que se trataba de nosotros se acercan todos al carro para ver el caso. Luis Durán dice que a la perra la deben haber envenenado. De inmediato dice la señora que va a llamar a un perito al que ella le tiene confianza, y comienza a llamarlo por el celular, pero no responde. Entonces decide ir a pie hasta su casa para buscarlo. Al rato vemos venir al perito con un maletín negro de los que usan los médicos. Se planta ante la enferma y la ve mientras escucha y escucha los pormenores de su mal, pero no la toca ni ausculta. Apenas sugiere que esta deshidratada, y que aún puede salvarse si la llevamos a tiempo a una clínica, descubriendo en el acto que no se puede hacer nada y que debemos seguir nuestro camino. Se disculpa: "-Yo conozco sobre todo de males de ganados y cochinos…". Eso sí, el perito aseguró que no había sido envenenada, porque en tal caso hubiera muerto a las pocas horas de ingerir el veneno. " –De seguro ingirió algo descompuesto que le afectó todo el organismo…". Seguimos a cuesta con nuestro dolor.

A las 12:25 salimos de El Molino. Otra vez en las olas de incertidumbre. Otra vez en el camino con aquel cuerpo aterido de imploraciones imposibles. El mismo gemido de dolor, la misma respiración en vértice oscuro de la despedida. María Eugenia le rezaba en voz alta a San Francisco y a José Gregorio de la Rivera. Todo era lágrimas en los callejones, en el limpiaparabrisas, en los bordes azarosos de nuestro propio destino, sintiendo que así va uno, poco a poco, faltándonos el aire, perdiendo el brillo de las pupilas, es nuestra propia despedida, cuando nos toque.



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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

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