El acidito

El ego acaba con las instituciones

Hay personas que tienen, para mí, una gran enfermedad, un ego que los corroe; y esas personas "sin darse cuenta", acaban con empresas productivas o con las instituciones, y si son dirigentes políticos la cosa se agrava, porque acaban con una región o con un pueblo completo. Esto se ve en todos los escenarios de nuestra vida, tanto la vida privada, en nuestro rol de jefes, gerentes, comerciantes, dirigentes políticos y en cualquier actividad que nos relacionemos o desempeñemos.

La Biblia nos dice: "El malo, por la altivez de su rostro, no busca a Dios". El orgulloso busca su propia honor y no la gloria de Dios. Las sagradas escrituras también nos dicen: "Antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu".

A veces la autoestima se eleva tanto, que ciega la imagen que tenemos sobre nosotros mismos, haciéndonos creer que somos más importantes o mejores que los demás

El ego es aquella parte de nuestro pensamiento que limita la visión sobre la realidad. Sólo nos deja ver nuestro punto de vista, es rígido y controlador y, por ello, es dañino y destructivo. El ego influye en las decisiones que tomamos, pues interiorizamos una falsa idea de nosotros mismos, generalmente con tendencias al narcisismo y egoísmo, y en base a la cual exigimos que nuestro alrededor se comporte. Así, despojarse del ego permitiría ampliar la forma de entender el mundo, ser más flexible y tolerante; además de ser exitosos y que la gente nos aprecie; porque muchos nos alabarán por simple jalabolismo, por estar en la buena con el jefe; pero lo cierto es que nadie quiere a este tipo de personas; lamentablemente, solo se darán cuenta cuando pierdan el poder que hayan podido ostentar.

Corregir esta situación no es un trabajo fácil, ya que requiere de un ejercicio de reflexión enorme, además de asumir errores y ceder. No obstante, el trabajo personal para llegar a un equilibrio que nos permita estar en consonancia con nosotros mismos y con los demás, siempre merecerá la pena. Al deshacerse del alto ego, se pierde el miedo a fracasar y nos preparamos para explorar nuevos lugares a los que no se llegaba antes por miedo.

La palabra ego es sinónimo de un "falso yo". Cuando éste se eleva, crea una ceguera o falsa imagen de uno mismo, aumentando la percepción de la propia valía. Esto provoca que quien lo sufre termine pensando que tiene más derecho a la dignidad y al respeto. Es decir, hace que pensemos que estamos por encima de los demás, lo que nos lleva a actuar de forma tirana y agresiva.

Muchas veces el ego se confunde con una alta autoestima, pero más bien es todo lo contrario. El ego aumenta la percepción de las propias cualidades, olvidando o no teniendo en cuenta los propios errores y los derechos de los demás. En cambio, la autoestima consiste en una admiración basada en la realidad, aceptando los errores y evitando la auto exaltación. Además, no considera la superioridad o inferioridad de nadie.

Así, el ego sólo puede desembocar en un conjunto de emociones negativas. La frustración, el enfado y el control son sus principales componentes, ya que alguien con un alto ego no acepta que las cosas no sean como quiere. Es importante hacer un ejercicio personal para despojarse del ego y, por ende, aumentar la autoestima.

Para despojarse del ego hay que trabajar en unos pasos que a priori pueden resultar muy sencillos, pero que requieren de un trabajo interior importante, especialmente, porque supone evitar o atacar justo a lo que lo alimenta; algunas cosas que debemos considerar, pueden ser: 1. Liberarse de la necesidad de ser el mejor. Alabarse y sentirse importante es necesario, pero identifica también tus aspectos a mejorar. Hay que ser conscientes de que todos somos valiosos en unos u otros aspectos y de que no se trata de ser el mejor, sino de mejorar respecto a nosotros mismos; 2. Dejar de sentirse ofendido. Esta sensación viene de cuando algo o alguien no cumple tus expectativas o te hace una crítica. Todo no tiene por qué ser personal, así que en lugar de tomar todo como una ofensa y un daño a tu persona, mantente abierto al cambio y las opiniones de los demás; 3. Olvidarse de tener la razón. El ego elevado conduce a la necesidad de tener siempre la razón, porque consideramos que todo lo que pensamos o hacemos es lo correcto. Así, practica el dar el brazo a torcer, a considerar otras opciones y entender otros puntos de vista; 4. No girar en torno a los logros. Alcanzar el éxito en algo es satisfactorio y una fuente de bienestar. Sin embargo, no debemos centrar la vida en torno a ellos y que éstos sean los pilares de nuestra forma de relacionarnos con el mundo. No somos un trabajo mejor considerado o unos músculos bien definidos, somos el esfuerzo y la motivación que hemos tenido cuando algo no salía bien. Teniendo esto en mente, también será más fácil valorarlo en los demás; 5. En definitiva, para despojarse del ego hay que liberarse de la necesidad de pensar constantemente en uno mismo. Abrirse a los demás y tenerlos en cuenta te ayudará a bajar la perspectiva que tienes sobre ti mismo. Y, aunque en principio resulte complicado, el resultado será una vida más llena de bienestar y paz interior.

Esta columna, "El Acidito", se ha caracterizado por hacer análisis críticos y propuestas a los problemas que observamos; nunca hemos utilizado esta vía para dañar a nadie ni criticar por criticar, sino planteando una o varias soluciones posibles al conflicto señalado; ahora, que algunas personas no estén de acuerdo con nosotros o sientan afectados sus intereses, es otra cosa, porque nadie es monedita de oro para que todos lo quieran.

Solo podemos avanzar si escuchamos y analizamos las críticas o consejos, en caso contrario estaremos destinados al fracaso.

Si no somos capaces de rectificar, nos hundiremos y con ello a quienes representamos; tal como lo plantea un versículo de la biblia: "Delante de la destrucción va el orgullo, y delante de la caída, la altivez de espíritu."

Solemos creer que nuestros enemigos se encuentran alrededor nuestro, pero el peor de todos, está dentro de nosotros.



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Reinaldo Silva


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