El terrible drama de los desaparecidos ¿Y Carlos Lanz?

La desaparición de personas es un tema sensible para la sociedad y aunque es de vieja data en el continente americano, se podría definir como desvanecerse en el espacio y en el tiempo sin motivos aparentes. Por lógica simple no es lo mismo esconderse que desaparecer.

En una corta estancia en la ciudad de México por razones académicas, desde el primer día me levanté muy temprano a sonarme la nariz que rápidamente recibió los embates de la contaminación. Encendí el televisor en un canal de noticias y me di cuenta que la dinámica política mexicana es similar, mucha verborrea y pocas concreciones, como aquí en Venezuela. Pero algo me dijo que tiene otras crisis que nosotros no tenemos en esa intensidad. Una parte del noticiero se dedica a dar las señas personales de desaparecidos (as) durante las últimas 24 horas, es decir todos los días hay una lista larga de personas que no regresaron a sus casas, les aguardan y se creen que pudo haberles sucedido lo peor. Lo extraño de esto es que nunca reportan quienes regresaron danos y salvos luego de esos anuncios. Inmediatamente pensé si así es la capital, la zona fronteriza con EEUU debe ser una calamidad.

Años más tarde, sucedió la desaparición de 43 jóvenes estudiantes ruralistas y llegué a pensar que esa situación podría forzar a una nueva revolución mexicana. Este desastre humano no pasó a mayores. Sus familiares siguen hurgando en basureros y cuanto lugar haya servido para que los desaparecidos fueran sacrificados, incinerados o acidificados y disueltos sus tejidos. Aun con el nuevo gobierno de mayor fuerza social popular, los avances para ubicarlos vivos o muertos, han sido fallidos. Esos chicos son hijos de Latinoamérica, que tragedia, que ignominia.

Muy recientemente en Uruguay fueron conseguidos los restos mortales de un joven de la época dictatorial que fue enterrado en un espacio de un cuartel militar. Ahora es muy tarde para saber la verdad, más de 40 años han transcurrido; pero, es imposible haber sembrado un cuerpo de un militante de izquierda dentro de una institución militar y nadie sepa cómo y por qué sucedió. La familia pasó cuatro décadas entre dos siglos de dolor y luto, antes de que comenzara el luto real.

En el medio de esas circunstancias está toda una tragedia Latinoamericana. Colombia, Chile, Argentina, Brasil, y demás países no escaparon a la práctica de desaparecer gente, incluyendo el robo de su descendencia. Veamos solo algunos ejemplos. En Colombia la ultra derecha creó las casas de repique, cortaba cuerpo de dirigentes y activistas de izquierda y después de troceados los lanzaban a varios caudalosos ríos. Los costeños de esos ríos rescataban trozos de cuerpos y cuando completaban un cadáver hecho de partes de diferentes cuerpos, le daban sepultura, le asignaban un nombre y una fecha de nacimiento, le hacían un novenario y cada cumpleaños le llevan flores. Adoptaban cadáveres de desaparecidos. El Estado colombiano ni muescas de investigación de esa crueldad. A decir de muchos eran y son sus socios-sucios los culpables de esa criminalidad.

En Chile y Argentina, las dictaduras de Videla y Pinochet, entre otras (todavía ocurre con indígenas mapuches), tomaban estudiantes y profesionales jóvenes de izquierda, los torturaban y cada cierto tiempo los subían a helicópteros y los lanzaban al mar. Nunca aceptaron que estaban presos, ni confinados en algún lugar. Cuando todo esto se supo, el mundo entero lloró por unos días, pero varios gobiernos siguieron insistiendo en que una paz necesaria necesitaban que las desapariciones se olvidaran y los culpables se exculparan. Así, Pinochet fue enterrado como un héroe y las Madres de Mayo han recibido del último gobierno de la derecha en Argentina epítetos y malos tratos porque no quieren olvidar y no quieren perdonar. Macri fue uno de esos malditos ofensivos contra las Madres de Mayo ¿Qué carajo quieren de ellas después de ese montón de años de sufrimiento, sin sus hijos o sus nietos?

Pero Venezuela, no fue una excepción. Se dice que la IV República exhibe una cifra de unos 3000 desaparecidos, sin contar los que se esfumaron de las estadísticas durante el Caracazo. Aquí se creó una Comisión de la Verdad que no ha rendido la verdad, porque bajó su ritmo de trabajo después de la derrota parlamentaria de la izquierda en 2015. Tuve la grata suerte de toparme en la vida con Pedro Pablo Linares, un profesor de la Universidad Bolivariana de Venezuela que requirió apoyos para completar un proyecto sobre “Resignificación histórica del papel de los llaneros en la independencia de Venezuela”. Pues, ajustamos el documento a las exigencias de FONACIT durante varios meses de trabajo. Esto se alargó porque él trabajaba como experto antropólogo con la Comisión de la Verdad, de eso me enteré luego, y debía asistir a los actos de exhumación de cuerpos colocados en fosas comunes; y eso tiene protocolos muy estrictos. Pedro Pablo Linares estaba enfermo y sufrió un desmayo en la oficina del Rectorado, lo llevamos a cuidados médicos, y luego de recuperado nos contó que no se estaba cuidando la diabetes y que esos apoyos a la Comisión de la Verdad eran muy importantes. Fue entonces, cuando en un desliz, me contó que estaban ubicando una fosa común en una finca en Barinas que fue de un alto dirigente de Acción Democrática y que luego vendió a unos ex comisarios, algo así, de cuerpos de seguridad del Estado de aquella época. No dio detalles, y después enfermó gravemente y falleció. En síntesis, hay una deuda por la verdad, por conocer lo que sucedió en esa época.

En la IV República fue común abrir fosas comunes de asalariados campesinos e indígenas en tierras de latifundistas, tal cual se ha denunciado también en Brasil.

En la actualidad, preocupa que en una cuenta de Facebook llamada venezolanos en Colombia, se reporta con cierta frecuencia que X persona salió con destino a Y y no se sabe de su paradero desde hace semanas o meses. Escriben familiares y amigos, pero nunca cierran la información señalando si apareció o sigue desaparecida. No creo que alguien en cancillería lleve estos casos.

Lo otro, son dos caos de desapariciones en Mérida, una del tocayo Alcedo Mora denunciante de errores garrafales en PDVSA y la otra que no recuerdo bien fue de una profesora, ambos de izquierda. Y el más reciente, es el caso de Carlos Lanz, conocido por su trabajo infatigable de larga data por la organización de bases populares y el persistente esfuerzo pedagógico en Todas las Manos a la Siembra, en la actividad productiva más deteriorada de este proceso político. También se le atribuye un gran conocimiento sobre las guerras asimétricas de la actualidad. De éstos últimos casos nada se dice, o mejor dicho entran en fase silente por días hasta que se destapa nuevamente la memoria de sus desapariciones. No estaría mal que la fiscalía y quienes llevan estos casos, informen a menudo sobre los avances de las investigaciones. Ni la fiesta electoral ni las discusiones sobre la Ley Anti Bloqueo deben opacar estas desapariciones.

Una desaparición en un anticipo de algo peor, reñido con el humanismo. Y aunque en la literatura y crónicas de la vida son tan variadas las causas de las desapariciones, cuando se trata de actores políticos pareciera que las hipótesis pudieran ser menos (que nos orienten los expertos). Pero, sabemos que no menos de 650 mil artículos están en internet, sobre este tema en América Latina. Entre tanto, los familiares, los amigos, los admiradores del hacer de estas personas estamos de luto, entristecidos y deseando el mejor desenlace, que es la devolución con la vida integra...

¿Qué barbaridad de mundo es este? Ahora hasta existe un día sobre el tema: “Cada 30 de agosto, se conmemora el día para recordar a las víctimas de desapariciones forzadas, luego de que la ONU estableciera la fecha desde el año 2010”.

¿Dónde está Carlos Lanz?


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Miguel Mora Alviárez

Profesor Titular Jubilado de la UNESR, Asesor Agrícola, ex-asesor de la UBV. Durante más de 15 años estuvo encargado de la Cátedra de Geopolítica Alimentaria, en la UNESR.

 mmora170@yahoo.com

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