Un virus muy democrático

El “mundo feliz” del neoliberalismo se estremece frente a la eficacia letal del COVID-19. Y eso ocurre porque la guerra declarada por el patógeno oportunista ha resultado ser un ejemplo de democracia planetaria. Los miles de muertos ya no son causados por las bombas lanzadas para defender “la libertad” en Irak, Libia, Siria, Yemen o Afganistán, por citar unos pocos ejemplos, sino en los propios países, que, agrupados en la OTAN y conducidos por los gringos, han participado en numerosas invasiones y bombardeos no tan quirúrgicos, para imponer los valores occidentales, es decir, los monetarios, en cualquier lugar donde existan recursos naturales importantes. Ahora son víctimas cercanas.  

Mucho más allá de sus fronteras, y aunque parezca increíble, los sistemas de salud de países emergentes y aún algunos de los subdesarrollados, están demostrando mejores herramientas para enfrentar la pandemia. No necesariamente porque cuenten con más y mejores equipos o infraestructura hospitalaria, sino por la adopción oportuna de medidas para reducir el número de contagios, y porque a pesar de los bloqueos que impone el hegemón imperial, siempre quedan rendijas para la solidaridad.    

No se trata solamente de recursos materiales. La disciplina del pueblo chino y la autoridad de un gobierno que impone respeto, están dando una lección al mundo, sobre cómo enfrentar una situación tan catastrófica como la actual pandemia. Sus medidas fueron duramente criticadas desde Europa y EEUU en nombre de los derechos humanos, porque desde el 23 de enero cerraron la ciudad de Wuhan en plenas fiestas por el año nuevo lunar. Con uno o dos meses de retraso, las autoridades de casi todos los países europeos y de otras regiones recapacitaron y comenzaron a aplicar la metodología china, con curiosas excepciones.

Trump, por ejemplo, al principio opinó que el coronavirus era un invento demócrata en su contra, y sólo después de su reciente conversación con Putin parece haber entrado en razón, cuando desde hace una semana su país lidera los casos de COVID-19 en todo el mundo, a pesar de que algunas autoridades locales habían impuesto cierto control. Bolsonaro va más lejos, se burla de la “gripecita” y aún a finales de marzo convoca a seguidores irresponsables a actos públicos, mientras que Brasil ya encabeza las cifras de Sudamérica, con 4.715 casos confirmados y 168 decesos. En Chile, otro país cuyo cuestionado presidente también privilegia los negocios antes que la salud, la cuarentena se ha venido aplicando de manera tardía y muy gradual, a fin de proteger primero a los barrios de gente acomodada, porque los habitantes de zonas populares deben sostener la economía. Por eso Piñera autorizó a los empresarios para pagar salarios sólo a los empleados que acuden a sus puestos de trabajo. Neoliberalismo periférico inhumano, en una “democracia” que todavía se rige por la constitución que legó Pinochet.   

Mientras tanto, en el otro extremo, China, Rusia y Cuba, demuestran su solidaridad con otros países frente a la pandemia, independientemente de posiciones ideológicas. Sólo Trump y su incondicional apéndice, Israel, no dan tregua en su empeño de destruir territorios para robar sus recursos. A pesar del llamado de la ONU, el gobierno gringo sigue dificultando la compra de bienes y servicios a los países que unilateral e ilegalmente bloquea, mientras que el gobierno sionista no cesa de destruir las viviendas y de asesinar palestinos. En verdad, Bush, Clinton, Obama y Trump, han sido más letales que el coronavirus para varias naciones.  

Solidaridad es palabra inexistente en el capitalismo, sistema basado en el lucro personal, en el egoísmo, en la acumulación desenfrenada que ha permitido que ciertos negocios familiares convertidos en corporaciones transnacionales sean más ricos que países o regiones completas. Desde 1980, cuando comenzó la ola neoliberal que se tornaría hegemónica, la privatización de servicios como los de la salud, la educación, el transporte y hasta la potabilización y distribución del agua, sólo han servido para incrementar la brecha entre pobres y ricos. Ya en el año 2005, la cadena Wal-Mart acumulaba más capital que Turquía y la General Motors era más rica que Finlandia o la Sony en comparación con Perú. Y en el 2008, los gobiernos neoliberales se olvidaron de los ahorristas para favorecer sólo a los banqueros causantes de las crisis creadas por ellos mismos.

Si en materia de salud y en condiciones normales los Estados Unidos no apoyan ni siquiera a sus países satélites, como jamás lo hicieron aquí durante los cuarenta años del puntofijismo, menos aún lo harán frente a la pandemia actual, porque su sistema basado en la privatización de la salud es incapaz de resolver los problemas de más de 30 millones de nacionales que carecen de seguros hospitalarios. Trump aceptó agradecido la ayuda que le ofreció Putin, pero se niega a suspender el bloqueo económico inhumano que sufrimos en los países cuyo liderazgo no ha claudicado cediéndoles la soberanía. Es un miserable.

*Profesor universitario

camilopalmares@yahoo.com



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