Entereza

—Dónde andaba, compita.

Que no lo había visto en estos días.

—No me había visto por dos razones.

—¿Cuáles son esas?

—La primera es que tenía cortado el teléfono y no sabía.

—A caramba y ¿ya resolvió ese asunto?

—Pues, claro. Yo no sabía qué era lo que le pasaba a ese aparato.

Y me fui para CANTV, en la Libertador, con ganas de armar un regulicio. Iba dispuesto a eso.

Pero no puede.

—Y eso por qué, lo detuvieron.

—No, nada eso. Cuando paso a atención al cliente para hacerle armarle le sapaeroco a la persona.

Que va, no pude. Aquella muchacha era una belleza. No veía una muchacha tan buena desde que fui al Seguro Social en Parque Central. Y no me vaya a preguntar por eso, se lo agradezco.

Yo me puse bajito, y le pase el número de teléfono en un papelito que lo llevaba con la esperanza que se lo quedara.

Le explique el asunto. Y me dijo lo que pasa es que está cortado. Vaya pague y en 72 horas está listo. Yo tenía ganas de decirle que si me podía llamar para probar que el teléfono funcionaba.

—¡Aja! Esa es la primera razón.

Y cuál es la segunda.

—Es que estuve en la Divina Pastora.

—¿Estaba buscando algún milagro? O varios.

—Nada de eso.

Solo estaba viendo la manifestación cultural que es la procesión de la Divina Pastora.

Y para eso no hay que ser ni religioso ni creyente.

—En eso tiene razón.

Y cómo le fue por allá.

—Me fue bien, vi unos amigos que tenía tiempo que no los veía.

Y le voy a decir una cosa.

—Dígame no más.

—Si la procesión de la Divina Pastora fuese aquí en Caracas, lo más probable es que el gobierno ya la hubiese prohibido.

—¿Y por qué dice eso?

—Porque eso es gente parejo.

Eso es un gentilicio por todos lados. Dios Bendito.

Y a estos asustados no les gusta que mucha gente se junte.

Porque no vaya a ser que alguno pegue el grito de ¡Abajo el gobierno!

Y se armé la sampablera. Así como aquella novela de los cien años solos.

—Un grito así puede encender los ánimos.

Eso sería un grito de dolores aguantados.

—Yo no he ido para esa procesión.

¿Cómo es eso?

—Usted me está exigiendo mucho.

No hombre, para narrar eso se necesita una buena pluma y yo no estoy a esos niveles.

Una Brenda Lozano o una Samanta Schweblin si podrían hacer eso, pero yo no.

Eso es mucho camisón pa´ Petra.

Conténtese con las fotos en la internet.

—¿Y cuándo se vino?

—Me vine ese mismo día, en la noche.

No me quise quedar para no molestar más.

Me paré en el terminal a esperar un autobús, pasó uno y me vine.

Apenas me senté quedé rendido, porque el aire acondicionado estaba sabrosito.

—No era para menos, con esa caminata.

—Como le dijo, quedé rendido.

Pero en una de esas oigo una pedrada contra el autobús y todo turulato abro los ojos para ver qué pasaba.

Veo a una muchacha y un muchacho agarrando la cortina de la ventana para que el vidrio no inundara el autobús de vidrio.

Porque la piedra le reventó la ventana al bus, y el chofer le asentó la pata a fondo para salir de ese sitio. Eso fue por los lados de Yaracuy.

—Donde gobierna el chino y por dónde mataron a los peloteros de Los Cardenales de la Lara.

—Por esos lados.

Los delincuentes siguen con las mismas malas mañas. A esas alimañas no les importa nada.

—¿Y pasó alguna desgracia?

—Por suerte no.

Aunque en el asiento donde golpeo la piedra venían niños con sus madres.

Y unas de estas madres era la muchacha que estaba agarrando la cortina para que el autobús no se llenase de vidrio.

Porque con esa brisa que entra uno pude quedar ciego si le entran vidrios en los ojos.

Guáramo y mucha entereza tiene esa muchacha.

El esposo la ayudaba y todos los demás atentos para echar una mano. Pero no hizo falta, ella sola pudo.

Hasta que el autobús pudo detenerse.

Ya parado el bus se echaron lo vidrios para fuera y, lo mejor que se pudo, se recogieron los vidrios dentro del carro.

Cosieron las cortinas con una tiras que sacaron quién sabe de donde y parapetearon las mismas, para que el autobús pudiese seguir camino.

Esa muchacha y las otras madres que estuvieron en riesgo mostraron una actitud de entereza y valentía, le dijo.

Sin gritos ni alborotos se solucionó todo y pudimos llegar a Caracas.

—Gracias a Dios, que no hubo daño humano.

—Le voy a decir algo y sin ninguna demagogia.

—Dígame usted.

—Cuando yo vi esa muchacha y esos muchachos solucionando ellos solos ese percance.

Me dije, ahí está la República.

Todos en este estero hemos terminado solucionando las desgracia y la miseria, en que nos ha hundido este gobierno, en colaboración unos con otros.

De manera callada, sin gritos.

Hemos tenido entereza para aguantar este chaparrón.

—Así es.

Si hubiese habido un político en ese autobús, ese hubiese prometido villas y castillos y no hubiese ayudado para nada.

—En cambio la gente solucionó el problema de manera tranquila y con templanza.

Y así mismo lo viene haciendo la población día a día.

Como no hay gobierno, la gente ha preservado la República sin saberlo.

—Es lo que yo le decía el otro día.

Se acuerda.

—Claro.

Voy a buscar una mortadela que vi por allá.

Nos vemos lueguito.

Y le dijo: Por ahora, apriete.



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Obed Delfín


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