El voto

—A compadre, lo veo mirando con muchas ganas para Miraflores.

Será que tiene ganas de llegarse a la casona de doña Jacinta.

—Mire, hasta hace poco uno pasaba como perro por su casa por el frente de ese caserón. Sin ningún problema.

Pa´llá y pa´cá

Acá rato pasaba por el frente y sin ningún problema

Desde que el difunto se asustó trancó el paso por esa guarandinga.

Y si uno se acerca y se está un ratico mirando la casa doña Jacinta, de una vez se le acerca un bicho de civil a preguntarle qué está haciendo uno ahí.

Cómo si ese fuese su problema. Y uno no pudiese mirar esa casa.

Pero la verdad, es que estaba pensando que uno no le da valor al voto.

—Cómo es eso.

—Fíjese usted ahora con la cosa esta de la asamblea nacional.

—¿Cuál cosa?

—La elección que hubo de la nueva junta directiva.

Seguro que ahí hubo mucha manteca para que el voto rodara a favor de Parrita.

Porque uno no es inocente.

Para que le vengan a decir que eso fue por la voluntad del Espíritu Santo.

Ahí tuvieron que engrasar mucho.

—Y con manteca de la buena.

No de esa del pernil que vendieron en diciembre.

No, que vao.

—Así es. Como usted lo ha dicho.

Ahí se bajaron de la mula a diestra y siniestra.

Porque el voto de un diputado en esa circunstancia vale lo suyo.

Ya que puede decir quién gana y quién pierde.

—No hay de otra.

—En cambio a uno ni pelota le paran.

Como el voto es masivo, el ciudadano es considerado masa y mazamorra.

Lo tratan a uno como un trapo.

Pero si la cosa fuese apretada ahí sí salen a adularlo a uno.

—Por eso es esa repartidera de línea blanca que llaman y bonos cuando vienen elecciones presidenciales o gobernadores.

Porque la compra es masiva también.

—Tiene usted razón.

Pero lo que quiero decir es que en esa masa es donde el ciudadano pierde la conciencia de lo que es.

Si es que la tiene o la tuvo.

Porque como ciudadano no tenemos valor individual.

Sino que somos una manada y así se nos trata.

Ese es el problema.

En cambio, un diputado es una individualidad.

—Pensándolo así, como que tiene razón.

—Porque en la medida que uno pierde su individualidad, pierde el valor de uno mismo.

Y ahí es donde lo zarandean de lo lindo.

Pongamos las elecciones de un alcalde, tomemos por ejemplo, un municipio tiene cinco parroquias y cada parroquia vota con tres días de diferencia una con respecto a otra, pero se van contando los votos y los aspirante a alcalde saben como van en la puntuación. De ese modo, las parroquias restantes van sabiendo claramente que tanto pueden decir con sus votos.

Ahí la cosa cambia.

La visión del votante sería otra y vería que su voto sí tiene un valor específico y real.

Que no es una masa en montón.

—La cosa sería medio apretada, para una elección presidencial.

Y hasta los candidatos podrían morirse de un infarto por el susto que van pasando a cada rato.

—Pero terminarían por tener más respeto a los votantes.

Y no considerarlos una mazamorra.

Allá vi al paisano, voy a saludarlo. Nos vemos más tarde.

Y le dijo: Por ahora, apriete.



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Obed Delfín


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