Una de tantas… (Cuento)

Amelia, la joven que ayudaba en los quehaceres de la casa, corrió emocionada a atender la llamada telefónica. Su júbilo no era para menos. Romelia, la señora de la casa, regresaba de visita al país luego de haberse ido a Chile dos años atrás en busca de mejor futuro, mayor estabilidad social y financiera.

Al dar Amelia la noticia a algunos de los miembros de la familia allí presentes la reacción fue diversa. Sergio, su cuñado, dejó escapar un comentario algo irónico acompañado de una cauta sonrisa. Su primo Alberto, por el contrario, reaccionó muy alegre. La llegada de Romelia representaba la posibilidad de irse con ella y también concretar sus sueños, allá lejos, en tierras australes. Sonia también era un merengue de alegría; su tía volvía y eso significaba que sus gustos, en cuanto a vestidos y calzados, serían complacidos porque "Romelia traía dólares, dólares y más dólares para gastar" como otrora lo hicieron cuando eran una familia feliz.

Wilfredo no estaba allí. Había salido a un encuentro con amigos y amigas.

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Romelia, una mujer de edad madura, profesional de la medicina y con postgrado en el área de la cardiología, se había desempeñado como tal en el hospital de la ciudad por más de quince años. También atendía una consulta particular en una reconocida clínica. No fue una estudiante brillante que se diga, pero su vinculación con determinados dirigentes políticos universitarios y su participación en la lucha estudiantil de los años ochenta, hizo posible se le reconociera como una aguerrida luchadora, frontal y radical en sus acciones. Solía reunirse en casa de algunos de quienes fueron sus compañeros de estudios o en determinados espacios de la ciudad y allí era frecuente escucharla en amena tertulia, enumerando las acciones políticas que había realizado en su época estudiantil: Tomas de instituciones, secuestros de las autoridades, huelgas de hambre, preparación de artefactos explosivos, obstaculización de vías públicas, robos de documentos de los archivos universitarios y otras tantas delicias. Recién recibida como profesional de la medicina se integró a los comités de solidaridad con la Revolución Cubana. En esta estructura de solidaridad internacional tuvo la posibilidad de viajar dos veces a Cuba. Dedicó esfuerzos constantes en la recolección de productos diversos para enviarlos a la referida isla, a quien el gobierno norteamericano había decidido imponerle un bloqueo económico desde comienzos de los años sesenta. Formando parte de esa estructura organizativa conoce a Wilfredo, joven que para la época se desempeñaba como maestro de música en una escuela ubicada en un municipio distante cuarenta minutos de la ciudad. Con él decidirá posteriormente hacer vida en común.

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Amante a rabiar de la música de la Nueva Trova Cubana, de agrupaciones como Quilapayún, Illapu e Intillimani y de algunos compositores venezolanos, Wilfredo, aparte de ejecutante del cuatro y la guitarra, poseía una voz de tenor, bien cuidada y con un vibrato que parecía una mezcla entre Jesús Sevillano y Pablo Milanés. Ello era motivo para que en las actividades organizadas por el comité de solidaridad con Cuba u otra actividad de naturaleza política y hasta alguna velada, Wilfredo estuviera presente con su canto. Por supuesto esa voz y esas canciones también dieron lugar a ciertas conquistas y unos cuantos amoríos en los cuales se vio envuelto y que justificaba ante Romelia como "viajes de trabajo", "talleres", "festivales" y "eventos de solidaridad".

Romelia y Wilfredo tuvieron por descendencia dos hijos: Fidel y Ernesto. Ambos formados – sin conocer sus inquietudes – en los esquemas políticos-filosóficos de su madre y de su padre. No pocas veces y ya de adolescentes los choques que se generaron constituyeron motivo para los rostros largos e insultos entre sí. Todo ello acabaría mas tarde en el abandono temprano del hogar por parte de estos jóvenes. En estas discusiones familiares Fidel y Ernesto solían recurrir a la memoria invocando las veces en que – contra sus voluntades – tenían que "calarse reuniones y actos políticos" donde Romelia y Wilfredo de manera militante cerraban filas. Fidel no culminó sus estudios de arquitectura y un buen día se marchó a España, mientras que Ernesto, luego de ciertos escarceos con la artesanía, la agricultura urbana, la ecología y la medicina cuántica decidió enrumbar sus pasos hacia "el sueño americano" donde comparte entre un auto-lavado y como repartidor de periódicos.

 

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El Huracán Bolivariano arrastró a Romelia y a Wilfredo, así como arrastró a muchas otras personas que vieron en él la concreción de muchos sueños y viejas aspiraciones. Todo un aluvión disímil y variopinto se dio cita en aquel movimiento donde "el hombre y el villano, el prohombre y el gusano bailan y se dan la mano sin importarles la facha". Marchas, actos, concentraciones, encuentros y luego las responsabilidades en la estructura del gobierno revolucionario. Peleas internas, rencillas, sectas dentro del partido de gobierno, mafias, revolucionometros y poca atención a los llamados del líder máximo del asunto. Había que meterle los pies al barro y Romelia y Wilfredo estaban poco ganados para eso. Había que sudar junto y con la gente, pero Romelia y Wilfredo poco o nada les llamaba la atención aquello. Ellos eran personas "de tertulia, de recintos universitarios, de bohemia musical y poética." Ellos no eran hordas desdentadas.

Un buen día el monstruo del norte despertó más mal humorado que de costumbre y decidió darle un parado a eso de Revolución Bolivariana, de Socialismo y de Estado Comunal. Comenzó a aplicar medidas coercitivas para estrangular aquella experiencia política que había comenzado a extenderse por otros países e "infectado" con sus ideales a otros pueblos.

Hay quienes soportaban con estoicismo, entereza y dignidad aquella situación. Pero otras personas, quizás con poca comprensión de la situación, habían comenzado a acariciar la idea de explorar otros horizontes. Romelia fue una de ellas. Al principio, en alguna u otra tertulia, manifestaba cierto descontento por no poder disfrutar de lo que disfrutaba antes, de las colas que había que hacer para adquirir alguno que otro producto, luego comenzó a manifestar ciertos estados depresivos, a quejarse por lo restringido que se había convertido salir a algún paseo o jerga nocturna. Por su parte Wilfredo, quien al principio no prestó el menor interés al frecuente descontento y critica que Romelia hacía de la situación, esperaba solamente por una decisión definitiva. Y esta se dio.

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Los viejos amigos se habían reunido para festejar quizás la perseverancia en sus sueños, para demostrarse que eran unos verdaderos necios y que la terquedad les había hecho madurar. Hacían memoria y aquella se remontaba hacia los amigos que se habían quedado en el camino, "de aquellos tiempos duramente humanos", donde a algunos los pudrió el enemigo y a otros les degollaron sus almas.

En alguna que otra pausa que se hacía en la conversación o cada brindis que le acompañaba, Wilfredo tomaba la guitarra y del cajón añejo extraía aquellas canciones que, desde los escenarios universitarios y otros auditorios, sirvieron de soporte a los actos solidarios o de aventura amorosa cuando la oportunidad así lo quiso. Rieron de ciertas ocurrencias, evocaron cualquier cantidad de situaciones anecdóticas, algunas alegres otras tristes, se burlaron de ellos mismos, se pasearon por todo un cancionero mexicano de rancheras, corridos, boleros, guapangos... Y nunca, nunca, pero nunca se percataron que Romelia había estado allí.

 


 



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Mervin José Rodríguez López

Docente. Productor Radial. Miembro fundador del Colectivo de Comunicación Alternativa “Voces Urgentes”.

 rolomejo1957@gmail.com

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