El Poder Popular que poco o nada decide

“Tengo la sensación, desde hace muchos años, de habitar un lugar inconsulto, decidido en alguna oficina, pero no en mis ojos ni en la biografía de los míos”

José Ignacio Cabrujas. La ciudad escondida

Como ya hemos señalado en otras entregas, la patria venezolana vive en su actual momento una grave crisis estructural, de cuyos orígenes también nos hemos referido. Crisis en casi todos los órdenes de la cual el pueblo es el rehén; un gobierno indiferente frente al deterioro del salario real de los trabajadores, sueldos de indigencia y cuya respuesta está a la vista de todos: una lánguida caja de alimentos para menos de un tercio de la población, un bono compensatorio para igual universo y la culpa que tienen Trump y su combo, incluidos sus lacayos criollos: es la guerra económica, son las sanciones económicas y el brutal bloqueo los culpables de todo, no se habla de más culpables. Su contraparte espera apoltronada por la insurrección castrense, mientras tanto hay que agregarle a la sazón el sufrimiento humano, esencial para que los factores de poder se rindan y la abstención electoral sea la guinda de la torta.

Tamaño error de los estrategas opositores, pues las pocas pero trascendentales victorias opositoras frente al gobierno han sido en el campo electoral, un transcurrir de veinte años es más que suficiente para el aprendizaje. En verdad todo un dislate de equivocaciones, de errores, es por ello que queda un solo camino el del dialogo, de las negociaciones y de los acuerdos; la letanía de resultados experimentados viene demostrando hasta la saciedad una especie de comodidad en los bandos polarizantes, el gobierno colocando como punto de honor el levantamiento de las sanciones y apremiantes elecciones legislativas, en tanto que la oposición sigue adelante con su trilogía espiritual. ¡Pero carajo! ¿Y la gente? La exquisitez no es para estos avatares, pertenece al gourmet. En resumen ¿Que deja la salida, el calle-calle, los trancones, la hora cero y la invocación a la intervención extranjera? Madres llorando el recuerdo de sus hijos caídos y el atornillamiento del gobierno en los centros de poder.

Pareciera que dos propósitos buscan unirse en una magia, la detentación del poder y quienes lo quieren para sí (diría Silvio Rodríguez: “No es lo mismo pero es igual”), designios que parecen comunes; aquí quién está fuera de lugar es la gente, es el pueblo. Las carencias, el dolor y el sufrimiento de el de a pié es distinto al de los líderes de la clase política, la gente quiere calidad de vida, bienestar, progreso, pero no para facciones, que sea para todos. Entre el pueblo y el liderazgo político, tanto del gobierno como de la oposición, existe una bifurcación, son anhelos distintos, antagónicos, pero los segundos se sirven del primero, lo enseñorean, lo aclaman y lo arrullan, pero hasta ahí, los propósitos no alcanzan para hacer cumplir la premisa: “Vox populi, vox Dei”.

La Revolución Bolivariana vino hace 20 años para superar escollos, injusticias, dando al traste con un modelo político que languidecía. Recién pasados los acontecimientos del 4 de febrero de 1992, unos pocos meses después, el gran José Ignacio Cabrujas escribía una misiva para el comandante Chávez y los demás líderes del MBR 200 recluidos en Yare, en ella destaca lo siguiente: “Se han hecho ustedes parte del nuevo discurso político venezolano, de allí que los deseo en la calle, libres e integrados, plenos y dispuestos a las ideas. Muchos venezolanos queremos escucharlos, tal vez porque demasiada gente habla en nombre de ustedes”.

La respuesta no se hizo esperar y llegó a Cabrujas fechada el 17 de junio de 1992. En ella Hugo Chávez y los jefes de la rebelión militar de entonces dijeron: “De la rabia de todos unida en combate constante, en golpe certero, con palabra, con vida, con acción, se construirá un mañana más participativo, de hombres verdaderamente dignos: Seres humanos, personas de Venezuela, Patria. Ese sueño nos trajo hasta aquí”.

Después vino la formidable Constitución de 1999 enarbolando el Estado Democrático y social de Derecho y de Justicia en el marco de una democracia participativa y protagónica y un estado federal (cooperativo a decir de la Exposición de Motivos como para que no quede duda de ello), descentralizado. Incluso se refrenda el nuevo modelo con uno de los más hermosos artículos de nuestra Carta Magna, el 62: “Todos los ciudadanos y ciudadanas tienen el derecho de participar libremente en los asuntos públicos, directamente o por medio de sus representantes elegidos o elegidas”.

Después se formaliza el Poder Popular (hace nueve años atrás) como la cúspide del ejercicio participativo y protagónico. Para poner en práctica el poder colectivo, asumir la responsabilidad para la búsqueda de soluciones a problemas personales, sociales y comunitarios y para acometer los deberes y derechos, en el marco de una democracia robusta.

La Ley Orgánica de Planificación Pública y Popular (columna vertebral del andamiaje jurídico del Poder Popular) señala en su artículo 1ero, que dicha Ley “…tiene por objeto desarrollar y fortalecer el Poder Popular mediante el establecimiento de los principios y normas que sobre la planificación rigen a las ramas del Poder Público y las instancias del Poder Popular, así como la organización y funcionamiento de los órganos encargados de la planificación y coordinación de políticas públicas, a fin de garantizar un sistema de planificación, que tenga como propósito el empleo de los recursos públicos dirigidos a la consecución, coordinación y armonización de los planes, programas y proyectos para la transformación del país,…”. La misma Ley asevera en cuanto a las finalidades de la planificación pública y popular en el numeral quinto del artículo 4 “Forjar un Estado transparente, eficaz, eficiente y efectivo.”

Resulta que al Poder Popular, ahora, no se le consulta, no se le abre espacios para que exponga sus argumentos, ni siquiera para que el Estado le demuestre en su accionar con hechos que lo primario, antes que venga un nuevo CNE, el tipo de elecciones que habrá de realizarse, o si las sanciones primero deben de levantarse y si el presidente Maduro debe o no permanecer en el poder, promover por encima de cualquier dificultad un urgente programa económico, destinado a rescatar el valor de la fuerza de trabajo del asalariado y por ende el valor de nuestro signo monetario, incrementar la producción agrícola, pecuaria, de los hidrocarburos y minera, inferencias para superar la difícil situación económica y social de los venezolanos.

Ratifico y esto porque no soy partidario del maximalismo, que se hace necesario seguir impulsando acercamientos, intercambios, diálogo y negociaciones entre el gobierno y la oposición, mejorar las incipientes premisas que alcanzaran el gobierno y un sector de la oposición el pasado 16 S. Las cuales algún valor han de tener para la dinámica política, pero sin olvidar el pensamiento de Rosa Luxemburgo: “Es necesario preparar a las masas en forma tal que ellas nos sigan con entera confianza.”


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Victor Barraez


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