Las circunstancias

—Profesor, ¿es verdá qué cuando se presenta una nueva situación todos ponemos resistencia a esa situación?

—Así es, es un mecanismo básico de sobrevivencia.

Fíjese usted, si estamos acostumbrados hay ir a un lugar por una calle determinada ponemos resistencia si alguien nos propone ir por otra calle; o si estamos acostumbrados a comprar un producto determinado cambiar de marca nos resulta un tanto molesto.

—A mí me pasa eso que usted dice, y por eso le hago la pregunta.

—Hay mucha gente, los llaman «gurús», que insiste acerca del miedo al cambio, están empeñados ciegamente en predicar el cambio y tienen la desfachatez de invocar a Heráclito para fundamentar su discurso.

—Ese es el paisano del quiosco, el que vendía periódico; porque hasta eso se acabó.

—No es el del quisco, pero continúo. El cambio, en primer lugar, debe ser analizado para saber si es adecuado o no en función de las metas que las personas se ponen. Le doy este otro ejemplo, si nos gusta caminar por una calle tal y digamos que es el camino más largo, pero lo hacemos porque allí existen unos bellos arboles y disfrutamos de ellos.

¿Por qué vamos a cambiar tal calle por un camino más corto y sin arboles que contemplar? Si en ese paseo lo que predomina es el placer de la contemplación.

—Así como cuando nos veníamos por la calle de los mangos, a buenos mangos había ahí, ah. Unos mangos sabrosos, que cómo han matao el hambre en estos últimos años. Por quién no se ha metió unos cuantos para mitigar la hambruna que hemos estado viviendo en este erial.

—Su ejemplo sirve. Pero atienda a esto. Siempre nos resistimos a una situación nueva, pero si la misma se impone terminamos adaptándonos a ella. Creo que esta es la única forma de entender que ante las desgracias que se suceden en el mundo, pueblos e individuos pueden sobrevivir. Hay un dicho que señala que «el gato siempre cae de píe», se refiere el mismo a que éste sabe adaptarse a la situación.

—Ah pues, no lo va a saber usted. Miré la rosca que hemos llevao en estos últimos años. Que si uno no se adapta y aprieta el cinturón se lo lleva la pelona. La gente ante comía carne, ahora come lentejas cuando compra la caja esa del clap.

—Como usted dice. Lo mismo, para bien o para mal, hacemos los individuos. En muchos casos nos adaptamos rápidamente. Lo podemos hacer reflexivamente o llevados por la realidad. De manera reflexiva, evaluamos la situación, los pros y contras, si hay más beneficios o no. O sencillamente nos damos cuenta que la realidad es superior a nosotros. Esto no es un abdicar de lo que pensamos, sino es un reconocer que lo externo es mayor que nosotros.

—Déjeme a haber si le entiendo. Cuando uno está con el agua al cuello o se adapta o estira la pata, cierto. O le hace una mente o lo hace a la fuerza, verdá.

Yo antes me gusta echarme unas frías por la tarde, pero con esta cosa tan ruda que vivimos me dije: no más frías. Me adapté.

—Así mismo. Ahora bien, cuando nos damos cuenta que lo externo nos supera tenemos que generar opciones para nosotros. Ver los entresijos en que podemos desplegar nuestra personalidad, nuestro pensar-hacer. No nos entregamos, nos adaptamos. Esto son dos cosas diferentes. No hay resignación ante una situación adversa, sino la búsqueda de poder salir de ella lo más indemne posible. Nuestro hacer busca la mejor manera de realizarse.

—Como le menté lo de la frías, cierto. Hay gente que está resignada, que está entregá. Digamos que tiró la toalla. Mientras otros estamos haciendo de tripas corazón echando pa´lante en este moridero que nos han hundido; buscando aire, pues.

—Correcto. Esta capacidad de adaptarnos nos impide quedar bloqueados, desarrollamos entonces el poder de saltar los obstáculos que nos impiden alcanzar las metas propuestas. Lo más probables es que tengamos que modificar nuestras metas, los plazos trazados, las vías por donde queríamos alcanzarlas. En este sentido, nada cambia cuando, en realidad, todo ha cambiado. Ya que, nosotros no tenemos la potestad de esos cambios que se nos vienen encima.

—Ah, muy cierto esa guarandinga. El compa Jorge le gustaba mucho el roncito con coca cola, la cuba libre como la mientan. Se dejó de eso cuando el negocio se le vino abajo, ahora si acaso se toma un papelón sin limón, porque como están de caros los muérganos limones.

Y los pesan, de´ nantes se lo daban a uno por puñaos.

—Ahora bien. Debemos estar atentos y observar nuestra capacidad de adaptación; debemos dedicar tiempo a ver cómo nos las apañamos, efectivamente, ante las diversas circunstancias. Incluso podríamos hacer ejercicios para aprender a ver nuestro comportamiento ante diversas situaciones (simulacros). Así podemos aprender a implementar las tácticas de la adaptación.

—El que quiera comer guabina que se moje el rabo. Así se dice.

—Podemos incluso, siguiendo el ejemplo de la calle, dejar de pasear por nuestra calle preferida e ir por otra sola para explorar y ver que cosas diferentes presentan estas otras calles. Lo que hacemos es adaptar nuevas técnicas, nuevas formas de observar. Actuamos de otra manera para ver si lo podemos hacer.

—Claro, porque el que pestañea pierde, dígalo ahí.

—Lo que no podemos hacer es asumir esa actitud inflexible, una actitud terca porque sí. Por ejemplo decirnos: «Así lo he hecho siempre y así lo seguiré haciendo», esto en verdad es una tontería. Negamos la experimentación, negamos la posibilidad de ver si lo podemos hacer de otra manera. Y no estoy pensando en hacer grandes cosas, sino cosas muy sencillas. Por ejemplo, si somos derechos intentar cepillar los dientes con nuestra mano izquierda, seria un juego. Pero como todo juego nos permitirá ver que podemos hacer y estar en riesgo ninguno.

—Esa si que no, que va. Uno no se puede quedar en el aparato. Agárrese que aquí voy es lo que uno tiene que decir.

—Tenemos que desarrollar nuestra capacidad de adaptación y la comprensión de la misma, nos facilitará vivir como deseamos o, por lo menos, cuando los avatares nos superen vivir con dignidad. Tenemos que ser capaces de atender a la vida de esta manera adaptativa; no hablo una adaptación fútil e innecesaria sino con un fin bien determinado. Que nos permita plantearnos metas o conseguir las metas propuestas cuando las condiciones externas nos sean contrarias.

—Su palabra vaya alante. Porque, mire usted, mano vuelta no es convite. Uno tiene que estar moviéndose todo el tiempo, sino se lo lleva el río.

—La cosa está en desplegar nuestra capacidad de adaptación física y mental ante un nuevo hábitat y nuevas condiciones de vida. Los migrantes, por ejemplo, se ven forzados a asumir un proceso de adaptación; en algunos casos son muy violentos cuando la migración es forzada repentinamente. Sin embargo, toda migración conlleva en sí misma la adaptación.

—Que bien lo mienta usted. Eso es lo que yo dijo siempre. Porque si uno no se adapta es como buscar cuchillo pa´ su propio pescuezo.

—Le recuerdo que toda adaptación es la exploración de un entorno nuevo, personal o físico. Debemos desarrollar esa capacidad para interactuar en nuevas situaciones, para algunos es más fácil. Aunque no nos guste cambiar nuestras costumbres y estilo de vida, debemos ser capaces de hacer todo lo posible para reconstruir nuestra burbuja de bienestar llena de placenteras costumbres y esto es posible con el aprendizaje de la adaptación.

—Uno tiene que andar con el ojo pelao, a ver que hay. Porque hasta el caimán dormido caza, no ve que duerme con un ojo abierto.

—Nuestra capacidad de adaptación refleja el desarrollo de nuestra inteligencia racional y emocional de nuestro pensar-hacer. Nuestra capacidad de adaptación refleja nuestro amor por la vida, de nuestro amor por nosotros mismo. De allí su importancia.

—Eso es muy cierto uno tiene que adaptarse, sino es hombre muerto. Por eso es que hay mucha gente que parecen zombis, y pa´ ver caras de tranca miro la mía.

Bueno profesor muchas gracias por la conversa. Si consigo unos camburitos le traigo manque sea uno.

Y le dijo: Por ahora, apriete.



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Obed Delfín


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