El funcionamiento anormalizante

El funcionamiento anormalizante se ejerce permanentemente a través del poder, sea en su forma represiva o disciplinaria. Ambas contradicen y disuelven el orden y las distribuciones establecidas por la ley; introducen las disimetrías que prolongan las desigualdades; singulariza la generalidad y la desigualdad como forma de gobernar.

Tal disparidad implica la escasa posibilidad de la convivencia entre las diversas partes. Ya que, tanto la ley como la norma no les es posible existir. En este sentido, no hay una razón efectiva. Pues, el modelo jurídico- disciplinario funciona de forma paralela y no permite la solidaridad. Ya que todos se sienten vigilados.

Toda relación está sostenida por un imperativo propugnado por la ideología del Partido. A éste le es intrínseca la normatividad, ya que la ejerce permanentemente. Todo lo quieren reducir a una norma de dependencia política. El papel y la función de los individuos quedan reducidos a esta operación, que consiste en codificar y adherirse a la norma política; que se mimetiza con el sistema de la ley y con las técnicas de normalización.

En la sociedad que intenta construir el Partido a partir sus postulados, las disciplinas justifican y prolongan el modelo normativo de adhesión a una forma de pensamiento. Se sirve para esto del fantasma emocional de la patria, la soberanía… con el fin de maximizar sus efectos coactivos.

Las libertades que propugna la doctrina del Partido se aseguran solo por la adhesión política; las garantías aseguradas para cada sujeto son, al mismo tiempo, las garantes de la proliferación insidiosa del mismo tipo de reglamentación. Que aparentemente no amenaza la vida, sino que pretende hacerla cada vez más potente y capaz, en función sutil de tal reglamentación que se vuelve, hasta cierto punto, exitosa. Estas son las normas en su función de sometimiento.

Vigilar y castigar se plantea como la función primordial del Partido y con éste el Estado. Se potencian los mecanismos de los privilegiados, por medio del cual las disciplinas se posibilitan en la constitución de un saber nacional. La observancia es el resultado de la combinación entre la vigilancia jerárquica y la sanción normalizadora. La norma, entonces, es el fundamento funcional de la observancia disciplinaria.

Al interior de toda esta disciplina, el Partido ejerce el aparato judicial con determinaciones propias, un sistema de penalidades codificado por sus normas explícitas. Así en cada institución se encuentra formulado, de forma palmaria, un código de conducta a seguir, explicitado de forma negativa a manera de prohibiciones. Los respectivos correlatos penales son las sanciones a la conducta o los actos que no se apegan a tales disposiciones.

Sobre las conductas castigables se ejercen una multiplicidad de micropenalidades más o menos determinadas. Esto en función de una vigilancia exhaustiva. Acá el cuerpo y la conducta se convierten en un reticulado de mínimas determinaciones y funciones de corrección. Las normas, entonces, se codificarán a partir de esas minúsculas conductas en apariencia indiferentes, para el modelo penal basado en la norma de lo castigable al interior de una disciplina.

El fin de estas micropenalidades es tener control de la población. No solo sobre las conductas que trasgreden la normativa explícita, sino sobre todos esos sujetos que no desean distinguir la norma. Lo castigable es cualquier ínfima conducta que se sale de lo establecido, y que no se conforma a lo «esperado». Cualquier desvío debe ser aniquilado.

Las conductas prohibidas se corresponden a un orden establecido por el Partido. Una legalidad situada al interior de la voluntad de los individuos, porque tal conciencia es censurable; ya que pone en el orden partidista. Las disciplinas y todo lo que es castigable se convierte en un orden natural y observable, que presenta una regularidad cotidiana. Por lo que, no se manifiesta el carácter excepcional de ningún acto delictivo.

Así para toda conducta cifrada en el campo de lo natural el castigo es esencialmente correctivo y necesario. El objetivo de la penalidad es propiciar la corrección de un sujeto malogrado, por la vía de la desobediencia. El castigo en las disciplinas no es, según el Partido, una venganza, sino un ejercicio de actitud con miras a mejorar y a enderezar la conducta desviada del sujeto. De allí, la razón de la existencia de La Tumba y otros centros de corrección.



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Obed Delfín


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