La cesta de “cambure“ (asi se dice asi en el edo Trujillo, en plural y singular)

—Compadre, qué estaba para un velorio.

—Así es hombre. Un pariente que murió.

—A broma y eso. Y dónde fue el muerto porque usted estaba de viaje.

—Sí, eso fue en la Zona Baja del estado Trujillo. ¿Usted sabe dónde queda eso?

—No compadrito, ni idea. Del estado sí, pero de esos lugares no.

—Usted debe acordarse de que unos años atrás mataron a un alcalde de ese estado y estuvimos hablando de eso. Creo que eso fue en el 2016, ese año de tanta hambre.

—Sí, me acuerdo. Creo que fue un sicariato el asunto.

—Así mismo, eso fue en la Zona Baja. Porque ese estado da al Lago de Maracaibo y Trujillo es parte de la zona que conforma la cuenca del lago. Usted sabe que ahí mismo está el puerto de La Ceiba desde hace muchos años, y por esas tierras siembran mucho cambure. Esas son unas fincas de cambure que usted vea la primera mano, pero el último racimo para verlo tiene que montarse en un helicóptero porque eso se pierde de vista. Para allá fui yo, y le dijo eso es caliente pa’lante.

Bueno este pariente me llamó y me dijo que estaba con ganas de pasar para el otro barrio; que tenía ganas de conversar conmigo aunque fuese la última vez. Que fuera a verlo y así conversábamos un rato, porque buen conversador era el hombre. Que en paz descanse.

Busque prestado el pasaje, a cuenta de cuando me den la pensión pagarle a la gente, ya tengo comprometidos como tres o cuatro meses. Me fui en un expreso que era autobusito de hace sesenta años atrás, un Mercedes Benz sin aire ni nada, pero el carrito guapeo y llegó allá con la lengua afuera pero llegó; no como esos bichos rojos que no aguantan ni tres regüeldos.

Toda la noche estuvo lloviendo por el camino, llegamos a las cuatro de la madrugada al terminal del pueblo y aquel palo de agua cerrao. Por suerte, había dos choferes de una línea de carritos esperando pasajeros y me puse a conversar con ellos hasta que clareo. Me preguntaron:

—¿Qué hacés vos por hay?

—Primero, les conté cómo estaban la cosa por acá. Porque la gente quiere saber cómo va la vida de aquel por estos lares, y cuánto le queda. Y luego les conté lo del pariente enfermo. Me dijeron que lo conocían y sí que el hombre estaba malo.

Que a lo mejor llegaba a tiempo, pero que para La Ceiba la vía estaba cerrada esa mañana en el Km. 23, porque la gente amaneció protestando porque la cesta de cambure se la están pagando los camiones a 2.000 bolívares.

Se imagina a 2.000 bolívares la cesta de cambure. Usted sabe eso. Una cesta es un guacal, eso mete como 20 kilos de cambure. Y aquí le venden a uno el kilo a cuatro o cinco mil bolívares, y madurados con carburo. Al camión le sale el kilo de cambure como a centavo y se lo venden a uno a como les da la gana.

Se la pasan diciendo «que no le ganan nada», «que más bien están perdiendo». Eso es una estafa para el que siembra y el que compra.

—A diablo, así es la cosa.

—Eso fue de lo primero que me enteré. Y mire hombre eso está acabado. La malandrera que juega garrote. La gente anda asustada porque los atracan a cada rato. Si no tiene plata, se la prestan para robarlo. Eso está devastado.

De ahí del pueblo que se llama la Sabana de Mendoza hasta La Ceiba son como veinte minutos, creo. Llegué allá a mediodía por la protesta y la gente tiene razón de protestar porque los están robando, vale.

El pariente y yo pudimos conversar, estaba malo eso sí. Me dijo que estaba arrepentido de todos estos muérganos, que en un momento de lucidez había roto el afiche que tenía en la sala y el carnet lo había zumbao pa` mitad de la carretera. Que no había forma de hacerse el tratamiento y que sin carro ni al ambulatorio podía llegar. Que del ambulatorio lo que quedaba era la fachada y mal pintada.

Miré la casa cómo está pariente, me dijo. Aquí que no faltaba un saco o medio saco de cemento para hacerle las reparaciones a la casa, desde que éstos tomaron la cementera eso no se ha vuelto a ver. Es más fácil conseguir un alijo de perico que un saquito de cemento.

A mi dio pena ver al pariente en esas condiciones, un hombre tan embraguetao. Me comentó, que estaba hastiado de tan miseria. Qué me fijara en esa protesta, que todo estaba así en las mismas condiciones. Bueno hablamos un rato, lo que le dieron las fuerzas para hacer uso de la palabra. Que cada vez era un aliento menos fuerte.

Nos acostamos sin luz, porque los cortes de luz están a la orden del día. Y ese calor. En la madrugada me llamó la mujer y me dijo el hombre acaba de morir, no amaneció. En la mañana lo llevamos al cementerio, porque no había ni medio para hacerle un velorio, de dónde saca el pobre las galletas de soda, el diablito y el café. Llamar a eso cementerio, es mucho. Las tumbas todas destruidas daba igual enterrarlo donde fuese. Ahí lo dejamos al hombre.

No quiero contarle más calamidades, para que no se le arrugue el corazón y porque lo veo como jipiando. Nos vemos luego, que voy a ver si me fían dos topochos para almorzar.



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Obed Delfín


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