Maduro: Garrafal error reelegirle presidente del PSUV, ¿Qué dirá ahora Elías Jaua?

Como soy educador trataré de explicar este asunto de la manera más sencilla. Envolverlo en las discusiones entre Althusser y Poulantzas, relativas al Estado, el rol del individuo, los grupos, las clases y éste, pudiera ser inútil y un cómo hablarle a nadie. Sería inoficioso un poco pretencioso ponerse a hacer citas en veces hasta incomprensibles e incoherentes, solo por presumir. Es decir, hablar como si lo hiciésemos para uno mismo o un pequeño círculo de intelectuales, no es más que una como elegante manera de dilapidar el tiempo. Es hasta una vanidad "pequeño burguesa". Tampoco es del interés nuestro y menos de las multitudes hablar para y como quieren los académicos. Y este asunto es complicado, tanto que el Psuv vuelve a repetir un error que cometió con insistencia el propio Chávez y ese partido, la posibilidad de un cambio sustancial, el pueblo y la nación toda está pagando caro. Pues se puede explicar en cristiano, como decimos los orientales, sin necesidad de apelar a las, en veces, inescrutables voces de los teóricos y los sabios. La frase popular "sólo el pueblo salva al pueblo" no puede quedar en eso, una simple frase para consolar y hasta engañar.

Si volvemos sobre algunos discursos de Chávez, recordaremos como él, en momentos de crisis, planteaba como urgente y necesario que el partido jugase el rol dirigente que le corresponde frente a quienes manejan el aparato del Estado. Por eso, de vez en cuando decía, es necesario que quienes gobiernan no formen parte de la dirección del partido y viceversa. Y lo decía porque, para decirlo en lenguaje coloquial y comprensible, "zamuro o perro no cuidan carne". No necesariamente, por asuntos de diferente índole, el gobernante aislado, encerrado en palacio y rodeado mayormente de intereses e interesados ajenos al pueblo, responde en correspondencia con éste. El partido, por lo menos en teoría, pudiera ser, depende también, la representación genuina del movimiento popular, de quienes militan en él y con quienes estos, que están en la calle, dentro de la muchedumbre, tienen estrechos contactos. Y siendo así aquél debe ser el mecanismo o vanguardia para vigilar la conducta del Estado y dictarle acerca del hacer de acuerdo al interés popular y las demandas de la multitud. Es más, debe el partido tener la autoridad necesaria para imponerle a quienes gobiernan la línea, conducta a seguir y la composición del gobierno. Dicho de otra manera, el partido dirige y hace auditoría. Es más, el partido es el vigilante y portavoz para que el gobierno actúe y no al contrario, porque es aquel quien está en la calle y dentro de la multitud y esta la propietaria del mandato. Quien pudiera ser el portavoz del pueblo es el partido, no el gobierno y menos el Estado.

Hay muchas críticas que hacerle a Chávez, tal que humano, inmerso entre la gente y presionado por los grupos, cometió muchos errores. Llegará el momento cuando la historia aconseje analizar su proceder con equilibrio, aminorado el excesivo amor, el que los políticos en veces fingen sentir, hasta el odio injustificado o sustentado en el interés material y se imponga la racionalidad y el equilibrio. Pero podríamos decir, sin duda alguna, pues abundan las pruebas, que el fallecido presidente, vaciló en exceso frente al cumplimiento de construir un partido revolucionario y establecer las relaciones adecuadas entre este y el gobierno.

Chávez fue sobre todo un humano y como tal impactado por la historia, las relaciones entre las cuales nació, se crió y formó. Como también las azarosas y apresuradas que le llevaron al gobierno. Chávez fue un caso atípico en el movimiento revolucionario mundial, no viene de un partido revolucionario con su historia, disciplina, normas de funcionamiento, compromisos, sus cuadros y su grupo dirigente. Por el contrario todo eso nace con él y apuntalado por su prestigio y accionar. Chávez más pareció un caudillo revolucionario moderno que un dirigente popular nacido y formado en el seno de las luchas populares. Se formó observando cómo transcurría la historia nacional desde la Escuela Militar y las filas castrenses sujeto a sus reglas y manera de mirar al mundo. Estuvo por años, atado a eso que llaman la disciplina militar que es una relación totalmente distinta a la que debe prevalecer en un partido revolucionario. La disciplina partidista parte del respeto a las normas, principios y línea política acordada por todos en los diferentes niveles y eventos que el partido revolucionario debe realizar y en los cuales se procura acercar al pensar y sentir de la gente. En lo militar, lo disciplinario, las reglas, vienen impuestas desde arriba, con la anuencia del Estado y son de obligatorio cumplimiento de quienes forman parte de esas filas. Además, no formó un partido como lo hizo toda la vanguardia de revolucionarios, sino que el suyo se formó en torno a su prestigio por el alzamiento del 4f, su por ahora y resultó eso que a Carmelo Laborit gustaba llamar aluvional.

Lo anterior, más la naturaleza de la sociedad que los revolucionarios quieren cambiar, dejan huella profunda en el hombre, hasta quienes la quieren distinta. Así como el presente está lleno del pasado, el humano, por muy revolucionario que sea, por muy alto que haya llegado en su formación intelectual dentro de las concepciones partidarias del cambio, siempre llevará encima la pesada carga cultural de la sociedad que le formó y en la cual vive. Donde el individualismo es un rasgo importante. Uno, por mucho que estudie, viaje, establezca relaciones de distinta naturaleza siempre estará marcado por los nexos familiares. Si a lo anterior le agregamos las exigencias de los grupos al líder, en un momento determinado, no importa el estilo o la naturaleza, y que en veces el respaldo o satisfacción de ellos pudiera estar sujeto al ser atendidos, podemos comprender aquellas vacilaciones de Chávez expresada en la conducta de un domingo condenar que el partido estuviese dirigido por ministros y pocos días después era el portavoz de un nombramiento de esa naturaleza. Por cierto, de los últimos que recuerdo fue los nombramientos de Rafael Ramírez, siendo presidente de PDVSA para jefe del partido en oriente y luego en los andes, cuando pocos días atrás llamaba a enterrar esa conducta.

La sociedad en la que vivimos tiene sus reglas y ellas a uno lo impregnan, como el incendio deja impregnado de su olor a quien cerca de él pasa. Sólo que la conducta que la sociedad genera en uno tiene raíces muy profundas que no salen con cambiarse la ropa o darse una ligera ducha y hasta haber estudiado en profundidad a pensadores discrepantes. Eso explica que muchos antes revolucionarios, opuestos al capitalismo y todo lo que eso concita, un día cualquiera aparecen en el bando opuesto.

Quienes gobiernan están sujetos a enormes presiones. La primera, la derivada del enorme peso cultural de la sociedad donde viven y actúan. La de las distintas clases, empezando por aquellas, dentro del capitalismo, que ejercen el dominio material y cultural. Todo humano en la condición de gobernante o frente al aparato del Estado, concebido con una concepción largamente madurada, sujeto a esas presiones, tiende a moverse en la dirección de la fuerza que más empuje, de la misma manera que cualquier objeto. Su movimiento, aparte de esos empujes puede estar determinado por él mismo y sus convicciones. Pero a su lado, como funcionarios subalternos, se mueven personajes con distintos criterios y capacidades para enfrentar esas presiones. Y la conducta o síntesis de la conducta de esto, pudiera también influir en última instancia en la del máximo líder.

Por lo anterior, para asegurar un comportamiento coherente con los intereses de las mayorías y no de las clases que siendo cuantitativamente inferiores pudieran disponer de gran fuerza, el gobierno debe estar impulsado y hasta obligado por una fuerza externa, fuera del aparato estatal, por encima del presidente y su corte de funcionarios, para darle a estos el empuje necesario. Por eso, los dirigentes del partido no pueden ser subalternos del Presidente de la República, sino más bien, uno por uno sus casi iguales y la síntesis de ellos, su superior.

Es evidente como la ANC, con todo el poder que ella tiene, dada su propia naturaleza, su origen, no se atreve a dictarle normas al Poder Ejecutivo o para decirlo con más precisión, al presidente de la República. Hemos visto recientemente como este, uno no sabe exactamente por qué, pero si conoce el proceder, por su propia iniciativa, hizo de la presidenta de aquel cuerpo vicepresidenta de la República. Y vemos a diario como integrantes de ese cuerpo parecieran más interesados en defender los particulares intereses, al margen de lo que estos sean, del primer magistrado nacional, que de los venezolanos todos. ¿Por qué, pese el presidente no parece inclinado a seguir los dictados de la ANC, quienes esta integran si se cuidan en exceso de coincidir con lo que éste quiere y cuando algo proponen parecieran excederse en interpretar los deseos de aquél?

Todo eso sucede porque el presidente está dotado de demasiados poderes. Aquellos que se derivan de lo dispuesto constitucionalmente, que incluye el manejo del presupuesto nacional, la enorme carga burocrática del Estado y para más señas es el presidente del partido que respalda al gobierno. ¿Quién puede demandarle al presidente cambio de conducta, implementación de nuevas políticas o cumplimiento de ofertas como las relativas a los "Precios Acordados", siendo él, como se dice en el argot del beisbol dueño del equipo, bate, guantes, pelota y además novio de la madrina?

Y el error es garrafal y superlativo cuando se le entrega a un hombre, el presidente de la república, jefe del Estado, a quien hay que cambiar, me refiero a lo cualitativo de su condición de dirigente y ciudadano, para que haya cambio de acuerdo al interés popular, la facultad de escoger a dedo los miembros de la Dirección Nacional del Partido que "debe conducir la revolución". Entre los errores que los cubanos intentan enmendar está este del cual hablamos. Han separado la jefatura del gobierno de la del partido.

No creo que esas dos decisiones, la de reelegir al Presidente de la república, como presidente del partido y darle el poder de formar la dirección nacional, nada tiene que ver con aquello de "sólo el pueblo salva al pueblo". Realmente le han convertido casi en un monarca. Por supuesto parece ser esa la única solución que encontraron los cabecillas de grupos para no tener que enfrentarse en unas elecciones internas donde algunos pudieran salir con las tablas en la cabeza y "resquebrajar la unidad interna".

Terminaré con razonamiento simple, siendo el Presidente de la República y jefe del partido, quién pudiera tener autoridad para exigirle a él medidas, cambios como los que ahora demandamos con urgencia? Sólo el pueblo, pero este perdió sus dirigentes quienes cedieron su potestad.

¿Qué dirá ahora Elías Jaua, quién con un fin muy bien calculado pedía elección por la base de todos los cuadros dirigentes? ¿Acaso esa prédica suya fue una maniobra buscando el acuerdo al cual llegaron las cúpulas ?



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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

 damas.eligio@gmail.com

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