La pálida y la cola del pan

—Cuñao, me dijeron que se cayó en la panadería. —Que me caí, no. Lo que me dio fue una pálida y gracias a unos caritativos no caí a la acera largo a largo. —¿Qué fue lo que le pasó, pues? —No sé, porque ni mal estaba hablando del gobierno. —Cuñao, a lo mejor no había comido ¿A qué hora fue eso?

—A mediodía, cuñao, porque usted sabe que esa panadería vende el pan a esa hora. Y de comer como le digo que sí si es que no. Una aguita tibia me había tomado temprano, porque el café y que va por los 12 millones el kilo. Eso me dijeron, porque tengo tiempo que no caliento la barriga con un buen guarapo.

—Yo me bebí esa aguita tibia y salí temprano para la calle, porque tenía que preguntar por un pasaje en autobús y me fui para el terminal de pasajeros. Un millón 200 mil está el pasaje, pero la condición es que hay que llevar la mitad en efectivo y la otra mitad se puede pagar con tarjeta. Averigüé eso y me vine muy orondo para la casa.

—Se imagina tal cosa cuñao, eso es en el terminal municipal. El del gobierno ¿quién sabe de cuál? Pero bueno, de allá salí y me vine. La mujer me había dicho que pusiera a cocinar unos frijoles bayo que había dejado remojando desde ayer, para no gastar mucho gas; porque conseguir una bomba eso hay que jalarle desde el santo papa para abajo. Y le cobran un ojo de la cara.

—Ya yo estoy tuerto con estos precios. Puse a la candela los frijoles y a lo que estuvieron me dije: voy a comprar pan, para completar. Porque comerse solo los frijoles uno queda como con hambre. Bajé eran las once y media; la cola estaba corta pero el sol era para secar ropa blanca.

—Me puse a hacer la cola y a conversar con el paisano que me lo encontré ahí. Sol, hablar y hambre, hambre, hablar y sol; esa es una combinación mortal. Usted, además, sabe que esa cola avanza lentamente. El paisano me empezó a hablar de los precios de la comida y que el fríjol bayo ya va por los dos millones el kilo. En ese momento me empezó a dar como algo, y me dije ¿me devuelvo o me quedo? Como estaba cerca decidí quedarme, para mi desgracia. En eso sentí un «mayen» y una muchacha que estaba a mi lado me dijo —Pensé que se iba desmayar señor.

—Me siento mareado le contesté, con lo que me quedaba de fuerza. Voy a pararme allá, agregué. ¡Que va cuñao! no llegué. Ahí mismo me agarraron por donde pudieron y me sentaron en la acera. Me puse más pálido que un kilo de requesón y más sudado que cochino para matadero.

—El muchacho de la panadería, muy amable, me dio agua y me hizo pasar de una vez. Como pude compré el pan y me fui para la casa, a la cual me acompañó el paisano todo preocupado.

—Al día siguiente, me contaron que otros tres más cayeron de rollito y tuvieron que auxiliarlos. La cola se volvió un desorden porque la gente se alborotó y bajo aquella maraca de sol y con aquella hambre la gente se lamentaba y se lamentó.



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Obed Delfín


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