Bienaventuranza

Bienaventurado sea el pueblo venezolano, que confía en el heroísmo de Bolívar para superar la crisis, pero que desconfía de los falsos profetas disfrazados de próceres.

No somos ecuatorianos, no somos colombianos, no somos panameños. Somos los hijos de Venezuela que sobrevivimos en el planeta Tierra, y en un sentido más amplio, somos los hijos de la Madre Naturaleza que subsistimos en la gran roca de Jesucristo.

Una nutritiva promesa de cambio personal, es el alimento que fluye del alma y trasciende las fronteras del corazón. Vamos por buen camino, porque si el agua vale más que el oro, entonces la espiritualidad vale muchísimo más que el agua.

Estamos viviendo los tiempos del éxtasis emocional, donde el desarrollo tecnológico solo ambiciona más y más demente progreso, que condiciona la belleza de reconocernos como la gran fuerza del presente, y que nos prohíbe detener las agujas del galopante reloj, para recordar el pesado pasado en busca de enmendar los errores cometidos.

Yo quiero ser una mejor persona, pero no encuentro una sólida plataforma, que me mantenga pisando fuerte en ese deseo. Es más fácil ser como el resto de las serpientes, que aunque probablemente asciendan al cielo, estoy seguro que esos animales no podrán ver el rostro de Dios.

Las serpientes se arrastrarán en el cielo. Por supuesto que estarán en el cielo, pero seguirán arrastrándose en las alturas, seguirán comiendo polvo cósmico, y seguirán viviendo a expensas de la misericordia divina.

¿Conoces las bienaventuranzas descritas en La Santa Biblia?

Primera

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.

Segunda

Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la Tierra.

Tercera

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

Cuarta

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.

Quinta

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Sexta

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Séptima

Bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Octava

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.

Novena

Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa.

Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos.

Una de las bienaventuranzas que se contempla en la sagrada escritura, nos dice: "Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios".

¡Qué maravilla! Los limpios de corazón verán el rostro de Dios. Basta de fantasías, basta de conjeturas, basta de supersticiones. Solo los limpios de corazón, tendrán la infinita fortuna de ver al creador del Universo. Pero es muy difícil llegar limpio de corazón al cielo, sin haber caído previamente en las sucias arenas del Mundo.

Si leemos con atención el contenido de las bienaventuranzas, veremos que todos los cristianos tenemos la posibilidad de ser consolados, de ser saciados, y de ser recompensados en el reino de los cielos.

Los obedientes, los que lloran, los pobres, los perseguidos por predicar el evangelio, los que buscan la paz del prójimo, y los que tienen sed de justicia.

Hay muchos caminos para llegar al cielo, pero solo existe un camino para ver el rostro de Dios. Ese camino se construye dentro del planeta Tierra, y obliga a tener un corazón limpio en el transcurrir de la vida, que nos garantice la gracia de ver al mismísimo rey de reyes, cuando haya finalizado nuestra peregrinación en el mundo de los terrícolas.

Si usted realmente se considera cristiano, debería hacer hasta lo imposible para tener un corazón limpio, ya que es la única condición impuesta para ver los ojos de Dios.

Pero nos preguntamos: ¿Qué es un corazón limpio?

Un corazón limpio, debería ser un corazón libre de pecado. Es la deducción más lógica, que brota de nuestro pensamiento humano.

Pero si la única condición para ver el rostro de Dios, es llegar al cielo con el corazón limpio de pecados, pues absolutamente ningún hombre podrá ver a Dios, porque quien se encuentre libre de pecado, que se atreva a tirar la primera piedra.

Somos tan descarados en la vida, que si nos pagan una buena cantidad de dinero, somos capaces de tirar la primera piedra sin arrepentimiento, somos capaces de tirar la segunda piedra sin remordimiento, y somos capaces de tirar la tercera piedra, sin fallar en el blanco y sin olvidarnos del negro.

Después apedreamos con esas piedras a los pecadores, y nosotros vivimos muy felices lanzando piedras por las calles, para enfatizar el holocausto, la hipocresía, el adulterio, la cobardía y la corrupción.

Pancho dijo que el infierno no existe, y que los perversos simplemente desaparecen.

Yo creo que el infierno no existe, porque la misericordia de Dios es tan grande, que es capaz de perdonar nuestros asesinatos, nuestros genocidios, y nuestras decapitaciones.

Después de morir todos vamos al cielo. Pero la gran diferencia, es que solo los limpios de corazón, podrán ver el rostro de la Santísima Trinidad.

En el cielo nuestras almas serán totalmente purificadas del pecado, por lo que la abuelita que cuidaba a Piolín, no deberá tener miedo de las garras de Silvestre, ya que en el cielo todos seremos almas purificadas del pecado, y no habrán gatos que se quieran comer a un pajarito.

Viviremos todos juntos en la paz del cielo, sin miedo de recibir escobazos por nuestras equivocaciones, y sin miedo de ser condenados por la bajeza de los delitos.

Pero recuérdalo querido amigo, solo las personas que tuvieron un corazón limpio en la Tierra, podrán ver una y mil veces el indescriptible rostro de Dios.

Imaginemos que el cielo es una universidad. Todos viviremos eternamente en esa universidad, mientras aprendemos, leemos y conversamos. Pero solo los limpios de corazón, podrán graduarse y recibirán el título honorífico en manos de Dios.

En ese cielo, los malos vivirán por siempre en los pasillos de la sabiduría. Y en ese mismo cielo, los buenos obtendrán su sabiduría por el autor de la sabiduría.

Pero si todos los cristianos somos hijos de Dios, ¿Por qué yo no tengo el derecho de ver los ojos de mi padre?

Porque hay hijos que se comportan bien, y hay hijos que se comportan mal. Un padre no castiga a su hijo, sino que lo alecciona para que regrese al redil. Pero si pasan los años y la serpiente no cambia de actitud, pues podrá estar en el mismo cielo donde vive el padre, pero no podrá ver los ojos de su padre. No es venganza, es justicia divina.

El cielo no es suficiente recompensa para Carlos Ruperto, porque yo quiero poder apreciar el rostro de mi Dios. Tal vez la muchedumbre se conforme con la simple llegada al cielo, pero yo quiero llegar a ese cielo con un corazón limpio, que me permita ver la cara del todopoderoso Dios Padre.

Lamentablemente yo no tengo un corazón limpio. Quizás cuando fui un bebé recién nacido, tuve un corazón lo suficientemente limpio como para ver los ojos de Dios, pero con el paso del tiempo la sociedad se encargó de ensuciar mi mirada, y ya no tengo inocencia ni para tocar la trompeta, ni para rasgar el arpa de un enternecido ángel.

Yo quiero un corazón limpio, pero no sé cómo conseguirlo. Tal vez tenga que comprar un jabón para descontaminar mi corazón, tal vez tenga que sacarme el corazón y limpiarlo con bicarbonato de sodio, tal vez tenga que confesar mis pecados ante la presencia de un sacerdote, que tal vez sea muchísimo más pecador que el pecado original concebido.

Dios ayúdame a conseguir un corazón limpio. No quiero robar, pero estoy desesperado. No tengo oportunidad de progresar honradamente, y mi familia me presiona a robar el pan de la mesa. Te dediqué mi tesis universitaria, y mira el abismo donde terminé.

Desnudo mi dolor con mis palabras, pero cuando salgo a la calle, quisiera tirotearlos a todos por diversión. Así no puedo conseguir un corazón limpio, perdóname.

Quizás para recuperar mi corazón limpio, debo recordar las anécdotas del pasado, para no olvidar mi esencia cristiana, y así asegurarme un futuro cara a cara con Dios.

Por eso recuerdo que durante la década de 1990, en los colegios de Venezuela estaban de moda los revolucionarios "tazos", siendo unas coloridas figuritas presentadas en forma circular, que principalmente tenían dibujados los rostros de personajes populares de las comiquitas, y que se obtenían comprando la comida chatarra de transnacionales como Frito-Lay, que incluían los tazos dentro de los envoltorios de sus golosinas.

Los tazos se convirtieron en la gran diversión de las escuelas venezolanas, pues durante el tiempo de recreo, los estudiantes compraban las grasosas chucherías en la cantina escolar, para luego jugar en el patio y competir para ganar y coleccionar más tazos.

Desde los personajes de Looney Tunes, pasando por los personajes de Hanna Barbera, y llegando hasta los personajes de los Power Rangers, no hay duda que los famosos tazos, fueron una adicción juvenil a mediados de la década de 1990.

Cuando yo cursaba el tercer grado de educación primaria, ya era considerado el niño "nerd" en mi salón de clases, que sacaba veinte puntos en todas las cátedras, y que siempre quedaba de primer lugar en el cuadro de honor.

Sin embargo, yo no era consciente de esa bonita situación, pues dentro de mi humilde pensamiento, yo sentía que cumplía con la frase cliché que dice "solo hago mi trabajo", y jamás asumí una actitud arrogante ni fui soberbio por mis excelentes notas.

Yo era un chamito común y corriente, que jugaba y reía como todos los demás chicos.

No obstante, mientras jugábamos todos los niños en el patio del colegio Juan Bosco, una compañera de clases encontró dentro del empaque de su golosina, nada más y nada menos que el sagrado tazo de "Kímberly", la linda Power Ranger que peleaba con su traje color rosado, y que en los linderos geográficos del estado Zulia, era casi imposible hallar el tazo de esa chica.

Todas las tardes, Kímberly seducía a los muchachos venezolanos, que sintonizaban con puntualidad el canal de televisión Venevisión, para degustarse con las acrobacias y poderes de los aventureros Power Rangers.

Siendo sincero, ya en el tercer grado yo sabía que el arcoíris era mi bandera. No voy a negarlo, estaba muy claro de mis sentimientos, y hasta tenía mis amores platónicos. Pero de todas formas, la atracción hacia el tazo de Kímberly era más que un prematuro impulso sexual, y cualquier muchachito quería conseguirlo para presumir su conquista.

¡WOW! Todos los muchachitos murmurábamos en el patio del colegio, hipnotizados por el sorprendente descubrimiento del tazo de Kímberly, aunque a nuestra compañera de clases que había encontrado el mencionado tazo, no le importaba glorificarse por el sensacional hallazgo. Ella no era fanática de los Power Rangers, ni siquiera jugaba con los tazos, y no tenía ningún interés de quedarse con la popular figurita de plástico.

Ella decidió hacer un sorteo para regalar el tazo de Kímberly. Nuestra compañerita de clases, pensó el nombre de una fruta que empezaba por la letra efe, y quien dijera el nombre de esa fruta que empezaba por la letra F, ganaría automáticamente el envidiable tazo de la hermosa Kímberly.

Todos los alumnos del tercer grado nos reunimos en el patio, y ella empezó a preguntarle a cada uno de los muchachitos, cuál era el nombre de la misteriosa fruta que comenzaba por la letra F, esperando que alguien acertara y se ganara el tazo.

Rápidamente, mis compañeros de clases exclamaban: ¡Fresa! ¡Fresa! ¡Fresa!

Ella les decía que no era esa fruta. Pero ellos seguían insistiendo con la fresa, y no podían creer que se trataba de una fruta distinta a la deliciosa fresa.

Los muchachitos no me dejaban pensar, por culpa de sus escandalosos gritos de fresas silvestres, y aunque estaba claro que fresa no era la silvestre respuesta, tampoco me dejaban pensar con calma en otra posible fruta.

Pasaban los minutos y nadie respondía correctamente. Yo esperaba mi turno para responder a la pregunta, pero nadie respetaba el turno acordado para descifrar el enigma, y todos los alumnos seguían absurdamente gritando: ¡Fresa! ¡Fresa! ¡Fresa!

Como nadie resolvía la incógnita, mi compañera de clases amenazó con llevarse el tazo de Kímberly, pues el monólogo de la fresa cansaba a propios y extraños, y ya estaba por sonar el timbre escolar, para abandonar el patio y regresar al salón de clases.

Cuando finalmente todos los chamitos se cansaron de gritar la palabra fresa, yo sabía que era mi gran oportunidad de descifrar el misterio, y se me ocurrió decir en voz alta la palabra Frambuesa.

¡Qué chévere! La palabra correcta era Frambuesa. Con una sonrisa, mi compañera de clases me entregó el tazo de Kímberly, y aunque no sentí felicidad por el premio, guardé el tazo dentro del bolsillo de mi pantalón, y terminé de saborear mi querido juguito Yukery.

Yo creo que nunca había saboreado una frambuesa. Se me ocurrió decir la palabra frambuesa, quizás porque recordé de manera inconsciente algún libro infantil, una canción o un programa de televisión, que me hizo romper el silencio con la frambuesa.

Con la revelación de la palabra Frambuesa, se terminó la algarabía y regresó la santidad en el colegio. En ese instante, yo fui socialmente confirmado como el chamito más "inteligente" de la primaria, y aunque todavía no me colgaba la medalla de graduación en mi pecho, ya tenía el tazo de Kímberly dentro de mi envidiable pantalón.

Cuando tocaron el timbre de salida, y todos los estudiantes salimos del colegio, un chamito vio mi extraordinario tazo de Kímberly, y me pidió que se lo regalara. Yo le regalé el tazo de Kímberly, y gracias a Dios llegué sano y salvo hasta mi casa.

No lo vendí, no lo permuté, no lo aposté, simplemente regalé ese tazo.

Después de llegar a mi casa, almorcé, estudié, y me dormí. Cuando desperté en la tarde, no tenía el tazo de Kímberly en mi cama, pero tenía una familia cristiana que me amaba profundamente, y que me entregó el regalo más valioso en la vida: la bondad.

Aquel chamito no me dio las gracias por regalarle el tazo de Kímberly, pero tal vez el aplauso realmente retumba por dentro, y no es necesario fanfarronear el éxito ni lloriquear el fracaso, porque un corazón limpio brilla en la oscuridad, clarifica el espejo de las tinieblas, y transforma la cizaña en la mejor cosecha de trigo.

Debemos hacer las cosas sin esperar nada a cambio. Debemos perdonar sin esperar recibir el perdón, debemos obsequiar un abrazo sin esperar solidaridad.

Ahora somos reptiles maduros. No tenemos el corazón limpio, porque los latidos sobreviven envenenados. Tenemos más cicatrices que estrellas en el cielo. Nos sentimos tan incomprendidos como delincuentes. Somos incapaces de escribir lo que sentimos. El tiempo se agota, yo también te veo venir soledad, y quisiera morirme.

Me pregunto cuántos compatriotas van por la vida, gritando como locos: ¡Fresa! ¡Fresa! ¡Fresa!

Sabemos que fresa no es la respuesta a la pregunta, pero es fascinante gritar fresa a los cuatro vientos galácticos, porque estamos acostumbrados a vivir gritando, peleando, maldiciendo, envidiando, criticando, escupiendo, y usurpando los sueños ajenos.

Pisoteamos la frambuesa y compramos la fresa.

Fresa es la eterna mediocridad de la vida. Frambuesa es una oportunidad de cambio positivo en la vida.

Fresa es hablar antes de pensar. Frambuesa es pensar antes de hablar.

Fresa es la puerta ancha hacia el precipicio. Frambuesa es la puerta angosta hacia el sacrificio.

Fresa es el consumismo, el capitalismo, la prostitución, el mundanismo, el oprobio.

Fresa es casarse por la Iglesia, es procrear hijos, es vivir sin sentido y esperar la muerte.

Frambuesa es el discernimiento, es la justicia social, es la valentía de los solitarios.

Frambuesa es divorciarnos del pecado para casarnos con el sol.

Fresa es anotar un gol en el mundial de fútbol. Frambuesa es contar ovejas en la eterna madrugada.

Fresa es votar en las elecciones del domingo. Frambuesa es botar la basura el domingo.

Fresa es el cristianismo americano. Frambuesa es el ateísmo.

No estoy diciendo que la frambuesa sea mejor que la fresa, solo digo que si me permiten elegir entre ambas frutas, yo elegiría la frambuesa para encarar los desafíos de la vida, porque si la fresa es tonta por naturaleza, entonces la frambuesa es traidora por experiencia.

La gente fresa no tiene el corazón limpio, y la gente frambuesa tampoco tiene el corazón limpio. Todos somos impíos de corazón. Pero la gente frambuesa reconoce el castigo de la lengua y del cuerpo, mientras la gente fresa no se cansa de bailar y de comer fresas.

La gente fresa besaría apasionadamente la boca de dios, mientras la gente frambuesa besaría los pies de ese mismo Dios.

¿Fresa inconciencia o Frambuesa conciencia?

Será muy complicado ver los ojos de Dios Padre. La verdad, no creo que consiga un corazón limpio, que pueda presentar en el cielo para alabanza de Jesús. De hecho, creo que cada segundo mi corazón está más viejo, más podrido, y más seco.

Me pregunto para qué seguir viviendo, si jamás veré el rostro de Dios. La vida siempre es lo mismo. Problemas, soluciones temporales, más problemas, menos soluciones temporales, muchísimos más problemas, ninguna solución definitiva, y todos los problemas dentro de mi cabeza.

Dicen que con una fresa se diluyen los problemas, y dicen que con una frambuesa se agravan los problemas. Pero dígame si es peor el cáncer que la cárcel. Hay gente que supera la enfermedad, y hay gente que supera la violencia. Pero ni usted ni yo, veremos nunca jamás el rostro de Dios, porque estamos ciegos en la libertad del cautiverio.

Yo cuento lo que me conviene contar, pero omito lo que me conviene omitir. Así somos todas las criaturas de la Tierra. Me atrevo a contar la bella historia del tazo de Kímberly, pero no relato la terrible historia de mi cuello clerical estilo Drácula.

Es cierto, Carlitos fue altruista y regaló el tazo de Kímberly, pero después Carlos se convirtió en un muchacho egocéntrico, pedante y déspota. Se sentía superior a los demás estudiantes, porque demostró su "inteligencia" diciendo la palabra frambuesa.

Mis maestros me transformaron en el führer de mi salón de clases, y mi benévola concentración para estudiar, se convirtió en un maldito campo de concentración nazi, donde yo elegía a las víctimas de las orejas de burro, a las víctimas que recibirían la temida boleta de citación, y hasta a las víctimas que serían expulsadas del colegio.

El sistema educativo venezolano me transformó en una depresiva máquina alemana, que estaba obligada a obtener veinte puntos en todo, y que no podía mostrar debilidad ante los enemigos, porque corría el riesgo de perder mi indiscutible trono de frambuesa.

Pero los tiranos siempre terminan cayendo en desgracia, y al final mi satánico búnker fue bombardeado por las tropas cristianas de Juan Bosco, que se dedicaron a golpearme con las sangrientas espadas del bullying, durante todo el bachillerato y durante toda mi adolescencia.

En un abrir y cerrar de ojos, perdí el promedio, perdí la razón, perdí la dignidad.

Cuando finalmente llegué a la adultez, ya no tenía ni trono, ni reina, ni frambuesa que me comprenda.

Yo creo que sufro el complejo de victimización, aunque a veces siento que soy un simple desgraciado, que fui abusado porque yo abusé primero del abuso.

Me pareció ver un lindo gatito quejándose de la vida, pero hay que tener voluntad para luchar a favor de las bienaventuranzas, y hay que evocar la ignorancia para resistir la batalla ideológica global.

A veces somos fresas, a veces somos frambuesas. El altibajo es la mejor herencia de una trepidante serpiente, que tiene la astucia de perjudicar el bienestar cristiano.

Viste cariño que no es fácil decir la verdad. Dime cómo quieres ver los ojos de Dios, si no tienes un corazón limpio para ofrecerle. Hoy puedes cambiar, pero no quieres cambiar.

Oiga señor materialista, bájese de esa nube y respire tan hondo como el volcán.

Mire que aquí hay millones de cenizas, millones de lágrimas, y millones de frambuesas.

¿Un corazón limpio?

Solamente en el árbol de las manzanas.



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Carlos Ruperto Fermín

Licenciado en Comunicación Social, mención Periodismo Impreso. Egresado de la Universidad del Zulia en Venezuela.

 carlosfermin123@hotmail.com

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