Confesión de un Obispo (VI)

Continúa Monseñor Baltazar Porras narrando su experiencia en la participación activa y directiva del golpe de Estado contra el Presidente Chávez en el 2002, en cuya acción implicó al Cardenal Velasco, hombre bueno y digno, que a poco tiempo muere; se dice que la principal causa fue el bochorno que se le hizo sufrir al verse envuelto en el golpe de Estado. Sigamos con el escrito.

“Esto, unido a la cadena presidencial que buscó tapar la orden dada, según se dijo, fue el detonante que motivó la comparecencia de los diversos componentes de las Fuerzas Armadas ante las cámaras de televisión, retirándole la obediencia al Jefe del Estado. Si el Dr. Pedro Carmona se encontraba en Fuerte Tiuna debió ser un secreto bien guardado y conocido por muy pocos. En ningún momento su nombre llegó a nuestros oídos, entre las muchas conversaciones que constituían las reflexiones del Generalato presente en la Comandancia General del Ejército. Tampoco daba la impresión de que algunos estuvieran en algo que era desconocido por el resto. En aquel recinto, no había ni agua ni café. Tampoco nadie nos lo ofreció. Los Generales, ante la inminente llegada del Presidente, deliberaron sobre qué hacer. Había diversas posiciones. Tenían la disyuntiva de dejarlo salir del país, tal cual lo había pedido, o someterlo a custodia militar. Había dudas sobre la decisión a tomar. La fuerza de la argumentación que ponían para dejarlo en el país estaba en que debía pagar y ser juzgado por las personas que habían muerto. Otros opinaban que era mejor sacarlo del país como había pedido y solicitar posteriormente su extradición.

Un general de división de la Guardia Nacional, que llegó tarde porque venía de atender asuntos complejos de la marcha, pidió le prestaran atención; palabras más, palabras menos, planteó lo siguiente: mi opinión es que debemos dejar salir del país al presidente. Los que sabemos de estas cosas somos nosotros que conocemos las leyes y cómo actuar ante la detención de una persona. ¿Qué significa bajo custodia? Uno está preso o libre. No hay otra condición. Y no tenemos ninguna orden judicial que avale la situación. ¿Cómo vamos a justificar ante el pueblo que lo tenemos retenido?; ¿eso no significa que está preso? Además, muchos de Uds. no saben lo que es cuidar un preso y más si se trata de un presidente. Sin tomar en cuenta estas palabras, otro contestó, eso no se discute. Ya está decidido que no se va. Bueno, dijo de nuevo el general de la Guardia, que conste que acato lo que hayan decidido, pero no estoy de acuerdo. La siguiente discusión la plantearon en torno al lugar de custodia. Decidieron que fuera en la isla de La Orchila; pero el Vicealmirante Héctor Ramírez dijo que allí sólo tenía cuatro soldaditos con carabinas y necesitaba tiempo para acondicionar y dar mayor custodia al lugar. Quedaron en darle un espacio de tiempo prudencial para cumplir ese objetivo. Terminadas estas discusiones se fueron retirando de la oficina del Comandante. Cuando se anunció que la caravana presidencial ya había salido de Miraflores rumbo al Fuerte Tiuna, desaparecieron de nuestra vista los generales. Quedamos en compañía de unos pocos Coroneles y Teniente Coroneles que nos condujeron, por un ascensor, hasta los sótanos de la Comandancia General del Ejército, lugar que reseñó la televisión cuando llegó la Comitiva Presidencial.

8.- LLEGA EL PRESIDENTE

Hacia las 4 de la mañana, llegaron el Presidente y su escolta a Fuerte Tiuna. La televisión lo trasmitió en vivo y directo. Entre los Generales Rosendo y Hurtado Sucre estaba el Presidente en uniforme militar de campaña. Me saludó, pidió la bendición y pidió perdón por el trato a mi persona. Le di un abrazo y lo bendije. Enseguida saludó a Mons. Azuaje, quien también le dio la bendición y un abrazo. Fue conducido, rodeado de soldados armados, en medio de nosotros dos. Entramos a un ascensor y llegamos al piso superior de la Comandancia del Ejército. El Presidente saludaba a todos. A los que reconocía, los llamaba por su nombre y preguntaba por la familia. Se notaba en su rostro y semblante el estar viviendo horas traumáticas en las que hacían aparición el cansancio y la expectativa. Era un hombre entregado a la suerte de sus captores. Con todo, trataba de mostrar serenidad. Una vez que entramos a un amplio salón, preguntó, dónde estaba. Le dijeron que era la sala donde se reunía el Estado Mayor de la Comandancia. Manifestó no haber estado nunca allí. A los pocos minutos se hizo un número considerable de Generales de División y algunos de Brigada. Él saludó y llamó a unos cuantos por su nombre. A pesar de la lógica tensión del momento hubo un trato deferente de parte y parte”



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José M. Ameliach N.


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