Desde que se le entrego el Cuartel San Carlos al Instituto del Patrimonio Cultural, en los últimos años de la Cuarta República, para su restauración y puesta en uso, los presupuestos eran tan escasos que contrastaban con la dimensión de la tarea de recuperación de sus 8.000 m2 de construcción. Para entonces el edificio se encontraba totalmente tabicado, los patios, las naves, etc. Los pasos elevados, las garitas metálicas estaban allí. De la cárcel política lo único que no estaba eran los presos.
Entre el 97 y el 98 se llevaron a cabo el 90% de las liberaciones, ya que en esos tiempos la memoria de las luchas revolucionarias no contaba. Sin embargo, me consta que los profesionales que estuvieron a cargo de las obras si se preocuparon por la superposición de los usos que el cuartel tuvo en su historia.
Así, quedaron registrados en planos detallados de levantamiento y fotografías los vestigios de la tenebrosa cárcel política, no por la conciencia revolucionaria de los profesionales sino por el rigor del método que estos como restauradores aplicaron a los trabajos. Después de esas intervenciones prácticamente no se realizaron obras en el edificio histórico. Reflexiones fueron y vinieron quedando la materialización, en hechos, siempre pospuesta, como una especie de frustración para los que laboramos largos años en la Institución responsable.
No es sino hasta el año 2005 que la voluntad del nuevo Ministro de la Cultura y el Presidente del Instituto del Patrimonio Cultural dan un impulso definitivo para la puesta en uso del Cuartel San Carlos, con las limitaciones y los errores que se quieran señalar, con lo bueno y con lo malo, es innegable que esa voluntad manifiesta representa la posibilidad real de que el edificio histórico se ponga de una buena vez al servicio del pueblo venezolano.
Sobre la memoria, el edificio como hecho tangible e intangible al mismo tiempo, relata su paso por más de dos siglos desde su construcción, sin que ningún momento sea más importante que otro, nos guste o no nos guste. La valoración de cualquiera de sus momentos sobre los demás es una elección subjetiva que debe hacerse sin arrogancia, tomando en cuenta las posibilidades de expresión de las capas históricas superpuestas en el edificio, entendiendo por posibilidades de expresión no la capacidad por defecto que las evidencias materiales de los hechos suponen, sino la conveniencia para el uso y disfrute que debe orientar la decisión sobre la forma en que se expresaran las distintas capas.
En mi opinión, la magnitud del edificio como evidencia histórica tangible es la del cuartel colonial, el representa el carácter atemporal que permanece por mas de dos siglos y es el contenedor de cualquier evidencia posterior instalada en su interior como producto de su devenir en el tiempo. Sin que esto implique una relación afectuosa de quien escribe con el periodo histórico que dio origen al edificio, su valor patrimonial radica en su materialidad como única vía para relatar su historia, pues las costumbres de esa época se han extinguido, los testimonios son indirectos y lejanos. Además, la fuerza de su firmeza constructiva constituye el soporte sobre el que las otras capas históricas que se le superponen toman forma.
Las evidencias materiales posteriores son fundamentalmente del siglo XX y fueron demolidas en un 90% en el año 97, este hecho es irreversible y dejo las pocas señas que sobrevivieron en un estado de vulnerabilidad y de sin sentido que, en mi opinión, no era capaz de relatar la historia de la cárcel en su integralidad y dimensión. Esas otras capas históricas como evidencias materiales no tuvieron nunca la firmeza constructiva de su contenedor, eran construcciones improvisadas y caóticas de carácter efímero con valor testimonial, incluso el edificio que fragmenta el patio principal no presenta valores en su materialidad sino como testimonio. Sin embargo, la decisión sobre el destino de esas pocas y desarticuladas evidencias, desafortunadamente, se asumió por la vía tecnocrática considerando a las comunidades como parte interesada que solo debía ser informada, excluyéndolas concientemente de la toma de decisiones desde el principio.
Este hecho que hoy opaca los extraordinarios descubrimientos de este último año que me han deslumbrado en la última visita que realice al Cuartel San Carlos hace, en mi opinión, totalmente justo el enérgico reclamo de los expresos, sin embargo, creo que el sentido de la oportunidad, sin que suene a chantaje, llama al entendimiento. Para esto es necesario el reconocimiento del estado actual para construir sobre él puntos de encuentro, asumiendo que lo que se perdió se perdió para siempre, reconociendo en la responsabilidad sobre la toma de decisiones lo positivo y lo errores, hurgando en los documentos y los protagonistas la posibilidad de reconstruir la memoria. Creo que en la convocatoria le toca a la Institución ser generosa y a los expresos aceptar el dialogo. ¡Ojala suceda!