Simón...el hombre que salió del sarcófago

"Si mi muerte contribuye a consolidar la unión, bajaré tranquilo al sepulcro" (S.B)

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Los huesos crujen, la mortaja ajustada a los restos aun resiste los embates del tiempo. El rostro se desdibujó hace siglos, evaporó la piel reseca y quemada por el sol, consumida en el frente de tantas batallas. La rigidez de los brazos, osamenta adherida al cuerpo inerte, evoca al soldado firme, siempre regio y a veces ceremonial. Su pequeña estatura, nunca contraria al genio memorial que fue. Político grande, estratega insigne, pensador, filósofo, de aguda y magistral pluma, ideólogo militar, héroe de la Patria Grande. Gigante en ideas, conocimiento abrumador, del estudio incansable de los pueblos, de los hombres ilustrados, los sabios, los poetas, los monarcas y poderosos. Su pasión por conocer, investigar, fue desbordante. Hurgaba la historia, la política, las artes y otras disciplinas, la antigua, la presente, todo, combinado con su alma renacentista, despertando en otros el deseo por la libertad y la justicia de los pueblos de América. Visionario ilustre del mañana eterno. Su accionar se multiplicó en la lucha incansable contra el opresor español, siempre alerta a cualquier lisonja imperial, cualquiera que fuera. Buen tino diplomático. Poco le importó su origen, su rango, su dinero, todo apostado a la libertad de un continente. Cultivó con ahínco, estudio y experiencias, observando siempre el pueblo pisoteado y a sus dirigentes. Su corazón nacionalista, sin parangón, con profundo sentimiento latinoamericanista, colmado de saberes, siempre presto a cumplir con el deber y las leyes, en cuyo quehacer a hecho historia, aún presente.

Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Palacios y Blanco, se hizo grande a la luz de la lucha por la independencia de su patria, Venezuela. Ofensiva que extendió sus brazos para hermanar a la América. Siempre perseverante, constante, trabajando. Y el honor como estandarte. Nunca calló su verdad, la hizo eco y lo hizo en grande, ante un continente beligerante, anarquizado, ante las monarquías que ya creía extemporáneas. Muchos escudriñaban su verbo, pleno de virtudes, conocimiento de orden elevado, que matizaba con la investigación y el estudio constante. Se daba absoluto al análisis inefable de la realidad de su época. Conocer cómo vivían los pueblos, las naciones, los continentes, el mundo todo, era casi una obsesión. Un pequeño y gran genio venezolano, caraqueño, que conmovió la curiosidad universal en aquella época medieval, cuando aun disputaban los imperios su apetencia de dominio. Y que aun a pesar de los siglos sigue en el debate escudriñante del ser o no ser.

Aun así, Simón pudo dragar acontecimientos impredecibles. Sellando un compromiso, decretado en el corazón. Un 15 de agosto de 1805 hizo un juramento en el Monte Sacro, en Roma, en las afueras de la ciudad, a orillas del río Anio, dicen que en la cumbre del Aventino. Iba acompañado de dos amigos Fernando del Toro, de 32 años y el maestro Simón Rodríguez, de 36, quien inculcó a su pupilo leer obras del movimiento filosófico del siglo XVIII y también las de Grecia y Roma clásica. Aquel viaje al Viejo Continente se había iniciado en París, un 6 de abril de 1805, incluso pudieron ver en esa ocasión la coronación de Napoleón Bonaparte como Rey de Italia. Un viaje que sería determinante para la misión de vida, del porvenir de Simón.

Ese día, en el Monte Sacro, los tres amigos conversaron, inspirados en reflexiones sobre civilizaciones pasados, su evolución. Convencidos que no estaban equivocados. Había la urgente necesidad de emprender una lucha por la libertad de los pueblos oprimidos de América.

El joven Simón, el futuro Libertador, en ese episodio del Monte Sacro contaba apenas con 22 años de edad. Allí, en esa colina juró por la libertad de Venezuela: "Juro delante de usted; juro por el Dios de mis padres; juro por ellos; juro por mi honor, y juro por la patria, que no daré descanso a mi brazo ni reposo a mi alma, hasta que haya roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español".

Tiempo después, Simón en una ocasión, brindando con el gobernador de Caracas dijo: "Levanto la copa por la felicidad del Rey de España, pero la elevo más alto por la Libertad.."

Y así hizo honor a su palabra, pudo atravesar montañas, ríos, mares, remontar caminos aturdidos de la América dolida y hasta saborear amores infinitos, siempre con la bandera de lucha por la independencia de Venezuela y la América toda.

Justicia liberadora

La reverencia, para preservar los restos de El Libertador, más allá de especulaciones banales, comentarios prestos, algunos, a enlodar la acción, con sugerencias de que el acto serviría para un hecho esotérico no es más que una banalidad. Ese día, viernes 16 de julio de 2010, luego de la media noche, el país y el mundo verían inéditas imágenes de la exhumación de El Libertador, realizada en el interior del Panteón Nacional y transmitido por televisión en cadena nacional.

Afuera del recinto mortuorio los interventores de tal exhumación esperaban ansiosos; médicos forenses, patólogos, antropólogos, guardia de honor presidencial, un equipo multidisciplinarios fielmente delegado para el ceremonial, junto a autoridades del Ejecutivo, Legislativo y Judicial, quienes hacían antesala para entrar al aposento, un privilegio de pocos. Frío y blanquecino el lugar, iluminado al máximo. Al centro del salón reposaba el Sarcófago de Simón Bolívar. Pudo verse luego, en videos posteriores, incluso la máquina escrutadora, tecnología médica computarizada con la que evaluarían en los días siguientes cada parte de esos restos.

Los familiares del Libertador y algunos próceres que lucharon junto a Bolívar, después de mucha presión, lograron en 1842 que el gobierno venezolano, al mando de Páez y el gobierno de la Nueva Granada, accedieran a la petición de devolver sus restos a Venezuela, tal y como quiso Simón. En la comisión designada en ese entonces se menciona al General José María Carreño, héroe de la independencia, quien a pesar de tener impedimentos físicos, inutilizados un brazo y una pierna, por las heridas de guerra, estuvo orgulloso en ese acto de justicia. El proscrito cumplía su deseo, volvía a la patria que lo vio nacer.

En reseñas sobre la exhumación del pasado, se dice: "el 20 de diciembre de 1830 el doctor Alejandro Prosper Reverend, luego de la autopsia y embalsamamiento a Simón, inhumo su cadáver en la iglesia catedral de Santa Marta, Colombia en 1842, para verificar la autenticidad de los restos y ser entregados a la comisión presidida por el doctor José María Vargas y poder ser trasladados a Caracas, según la última voluntad de El Libertador. Al año siguiente, el doctor Vargas los exhuma nuevamente, para "preservar de la completa destrucción la parte de los restos venerados del Libertador, general Simón Bolívar, que todavía podían ser preservados, he cumplido el encargo"; así lo informó a la Secretaría de Interior y Justicia, el 15 de marzo de 1843".

SIMON VIVE

En medio del alborozo, a un costado, en una esquina del salón, en esta tercera exhumación, estaba Simón, sentado sobre su sarcófago. Un espíritu caviloso, con las piernas cruzadas y una mano dentro del bolsillo, acariciando su preciado reloj de oro, atento a todo lo ocurría.

El anhelado momento fue reverencial, un acto que Simón esperaba hace mucho tiempo. Harían justicia a su espíritu indomable, que nunca duerme. Se iba a mostrar más allá de la inmortalidad. Ver levantar la gruesa tapa del sarcófago y liberarse, una vez más, del tóxico polvillo del olvido fúnebre, eso le gustaba, le conmovía, sobre todo si iba a ser mostrado al mundo como un hombre venezolano, que dio su vida por un ideal y que hizo memoria patria.

Uno a uno de los elegidos para esta exhumación fue pasando lentamente al salón, con la vestimenta adecuada, meticulosamente cumpliendo lo acordado.

Abrir la tapa del sarcófago dio inicio a un periplo de emociones. Era la hora, Simón bajó del sarcófago y se dirigió a una esquina del lugar, de pie, recto, con los brazos cruzados. Quería observar aquel evento con cuidado, vigilante, como lo hacía con su tropa cuando se alistaba a la batalla. El siempre al frente, dando el aliento del guerrero.

Luego iban luego a acicalar su esqueleto. Pero este día crucial sería testigo presencial de su propio desempolvo, exhumo a una figura que hace siglos, más de doscientos años, fue reconocido como un insigne líder político-militar, para algunos, y un feroz autócrata, cuasi dictador, para otros, furor que por cierto, ahora renace, escudriñando tendenciosamente la huella del ideal bolivariano. ¡Bolívar vive!.

El débil cuerpecillo de Simón, que dejó al morir en Santa Marta, Colombia, al final pobre y solitario, fue en vida un caparazón de hierro, que soportó la punzada de la espada traicionera, aguantó la intemperie en largas travesías, siempre en busca de la batalla memorable, en nombre de la libertad y quien junto a su tropa, en muchas ocasiones soportó frío, hambre y asedios, cercanos a la muerte. El reposo, muchas veces era abrumado con tantas voces alabanciosas, algunas lisonjeras, que hurgaban mentiras a sus espaldas. Siempre lo supo y un día dijo "he labrado en el mar".

Ahora iba a saborear aquel instante, ver su propia exhumación. Estaba complacido, saber que por instantes volvía a la vida y se alejaba de la fábula. Bajaría del pedestal, para hacer constancia que fue un hombre, tan humano como cualquier otro, de carne y huesos, con la diferencia quizás de ser como el mismo dijo un día "los más majaderos de la historia somos Jesucristo, Don Quijote y yo."

Vino a él un recuerdo. Verse en vida, durante su epopeya en Curazao, isla a donde escapó luego de caer la Primera República, tras la pérdida de Puerto Cabello. Ese tiempo de exilio se sintió tan común como cualquier otro lugareño. Quería recrear ese momento. Se vio caminando por la orilla de la playa y en otros recintos, en aquella isla que le dio cobijo sin intimidar su ideal. "Vestía pantalones largos y estrechos, ya cortos con medias de seda; ya corto saco militar con botones de metal, ya saco de color chocolate oscuro, y no faltó oportunidad en que usara traje de lujo, con camisa blanca de bordadas mangas, cuello y chaleco del mismo color… Usaba sombrero de paja, especie de Panamá, de anchas alas y gruesa cinta negra. A veces usaba corbata que rodeaba el cuello, gran pañuelo de seda en la garganta. Siempre llevaba un pequeño fuete o bastoncito en la mano… Con esta indumentaria, Curazao se acostumbró a verlo diariamente atravesando sus calles". *1.

Allí, desde esa esquina, en el salón mortuorio del Panteón Nacional, Simón veía todo el proceso de su desempolvo, con la postura silente de un muerto, un difunto bicentenario, casi resucitado, que en espíritu ahora miraba extasiado el derivado de su gloria. No todo había sido en vano, como alguna vez pensó en vida. Era su tercera exhumación. Mientras el equipo realizaba su trabajo, Simón rememoró otros pensamientos y El Ilustre Americano, (su seudónimo) evocó al gran maestro:

Pativilca

Al señor Simón Rodríguez.

Bogotá

¡Oh mi maestro! ¡Oh mi amigo! ¡Oh mi Robinson!, Ud en Colombia, Ud, en Bogotá, y nada me ha dicho, nada me ha escrito. Sin duda es Ud, el hombre más extraordinario del mundo; podría Ud merecer otros epítetos, pero no quiero darlos porque no quiero ser descortés al saludar un huésped que viene del Viejo Mundo a visitar el Nuevo; sí, a visitar su patria que ya no conoce, que tenía olvidada no en su corazón sino en su memoria. Nadie más que yo sabe lo que Ud quiere a nuestra adorada Colombia. ¿Se acuerda Ud, cuando fuimos juntos al Monte Sacro en Roma, a jurar sobre aquella tierra santa la libertad de la patria?.

Ciertamente no habrá Ud olvidado aquél día de eterna gloria para nosotros; día que anticipó, por decirlo así, un juramento profético a la misma esperanza que no debíamos tener. ¡Maestro mío, cuánto debe haberme contemplado de cerca, aunque colocado a tan remota distancia!. ¡Con qué avidez habrá seguido Ud mis pasos, dirigidos, muy anticipadamente por Ud mismo!. Ud formó mi corazón para la libertad, para la justicia, para lo grande, para lo hermoso. Yo he seguido el sendero que Ud me señaló. Ud fue mi píloto, aunque sentado en una de las playas de Europa. No puede Ud figurarse cuán hondamente se han grabado en mi corazón las lecciones que Ud me ha dado; no he podido jamás borrar ni siquiera una coma de las grandes sentencias que Ud me ha regalado. Siempre presentes a mis ojos intelectuales, las he seguido como guías infalibles. En fin, Ud ha visto mi conducta. Ud ha visto mis pensamientos escritos, mi alma pintada en el papel, y Ud no habrá dejado de decirse: "Todo esto es mío. Yo sembré está planta, yo la regué, yo la enderece tierna. Ahora robusta, fuerte y fructífera, he aquí sus frutos; ellos son míos, yo voy a saborearlos en el jardín que planté; voy a gozar de la sombra de sus brazos amigos, porque mi derecho es imprescriptible, privativo a todo".

Sí, mi amigo querido, Ud está con nosotros: mil veces dichoso el día en que Ud pisó las playas de Colombia. Un sabio, un justo más, corona la frente de la erguida cabeza de Colombia. Yo desesperó por saber qué designios, que destino tiene Ud. Sobre todo mi impaciencia es mortal no pudiendo estrecharle en mis brazos. Ya que no puedo yo volar hacia Ud, hágalo Ud hacia mí. No perderá Ud nada.; contemplara Ud, con encanto, la inmensa patria que tiene, labrada en la roca del despotismo por el buril victorioso de los libertadores, de los hermanos de Ud. No se saciara la vista de Ud delante de los cuadros de los colosos, de los tesoros, de los secretos, de los prodigios que encierra y abarca esta soberbia Colombia. Venga Ud al Chimborazo, profane Ud, con su planta atrevida la escala de los titanes, la corona de la tierra, la almena inexpugnable del universo nuevo. Desde tan alto tenderá Ud la vista; y al observar el cielo y la tierra, admirando el pasmo de la creación terrena podrá decirse: "Dos eternidades me contemplan: la pasada y la que viene; y este trono de la naturaleza, idéntico a su autor, será tan duradero, indestructible y eterno como el Padre del Universo".

¿Desde dónde, pues, podrá Ud decir otro tanto tan erguidamente?. Amigo de la naturaleza, venga Ud a preguntarle su edad, su vida y su esencia primitivas. Ud no ha visto en ese mundo caduco más que las reliquias y los desechos de la próvida Madre. Allá está encorvada con el peso de los años, de las enfermedades y del hálito pestífero de los hombres, aquí está doncella, inmaculada, hermosa, adornada por la mano misma del Creador. No, el tacto profano del hombre todavía no ha marchitado sus divinos atractivos, sus gracias maravillosas, sus virtudes intactas.

Amigo, si tan irresistibles atractivos no impulsan a Ud a un vuelo rápido hacia mí, ocurriré a un apetito más fuerte. La amistad invoco.

Presente Ud esta carta al Vicepresidente; pídale Ud dinero de mi parte, y venga Ud a encontrarme.

Firma

Bolívar

PD. Carta fechada en Pativilca el 19 de enero de 1824, dirigida a su antiguo maestro Simón Rodríguez, en la que expresa la alegría de saberlo de regreso a América.

Al dorso del original de esta carta, Simón Rodríguez anotó: "No conservo esta carta por el honor que me hace, sino por el que hace a Bolívar. Confesar que me debía unas ideas que lo distinguían tanto, era aprobar que nada perdiera en que lo supieran, porque su orgullo era el amor a la justicia.

Extraído del Libro "Doctrina de Libertador". Serie Bicentenaria. Comisión Presidencial. MPPC. Fundación Biblioteca Ayacucho. 2009

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El envoltorio de los restos de El Libertador estaba cubierto por la bandera nacional, que fue colocada en un acto privado en 1972 –ahora, en el 2010 era restituida por una nueva, elaborada por artesanos de las regiones y con las ocho estrellas.

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El ataúd de plomo maleable fue abierto cuidadosamente. La tela que arropaba los restos desde 1842 fue cortada en los extremos, dejando luego ver el pequeño cuerpo añejo de Simón. Preservado el semblante, un rostro pincelado de siglos, una imagen venerada en miles de formas, en obras pictóricas, esculturas, otras. Dibujos más o menos aproximados a ese perfil trucado, ancha frente de saberes, casi siempre iba uniformado, el militar combatiente no descansaba. Ni el mismo Bolívar imaginaría su inmortalidad, su imagen reproducida por tantas manos y formas, su pensamiento escrutado en tantas obras literarias, para la alabanza y algunas aligeradas a la crítica perniciosa, pero que luego de doscientos cientos de años de la independencia de América, continúa como legado de estudio, de gran inspiración para la política antiimperial.

No en vano la montaña más alta de nuestra patria, Venezuela lleva su nombre, "el Pico Bolívar", de más de 5 mil metros de altura, en donde se erige un busto y una placa que reza: "Libertador: la cumbre más alta de Los Andes es todavía pequeño pedestal para tu gloria". También se evoca su gesta en estatuas, monumentos, en ciudades extranjeras como; Nueva York, París, Madrid, Hamburgo, Roma, Londres, Buenos Aires y muchos otros. Y su apellido ha sido glorificado abundantemente en pueblos y ciudades del mundo. Así de grande es su gloria, eterna.

La prensa nacional, al día siguiente de la exhumación de 2010, señaló: "… se encontraron restos de piel y cabellos, la dentadura intacta, restos de sus botas y de la camisa prestada con la cual expiró". También se reseña que desde la mitad del siglo pasado había quedado inconcluso un estudio científico sobre los restos de El Libertador y es por ello que el gobierno nacional ordenó la conformación de un equipo interdisciplinario, científico, para completar un exhaustivo examen y determinar si en efecto son o no sus restos y para conocer la real causa de su muerte. Hechos que avanzan sin mayores sobresaltos a la historia conocida y coincidente hasta ahora.

Igual se dijo que al retirar el ataúd de plomo, se halló debajo una cajita del mismo material en cuyo interior se encontraba el acta original de la preparación del cuerpo, firmada por el Doctor José María Vargas, quien fue el encargado de preservar los restos de Simón cuando fueron trasladados a Caracas desde Colombia.

Simón caviloso. La modernidad, obviamente, hace gala en comparación a dos siglos atrás. Comprender este tiempo, un nuevo siglo que apenas comienza, pero cuyo avance infinito aun no cesa el sufrir de los pueblos, no es nada fácil de entender. Pero estaba complacido en ver el adelanto de la ciencia médica, ahora abocada sobre su esqueleto.

Simón, quien libertó un continente de la opresión del imperio español, construyendo un ideario, más de dos décadas de ferviente estudio, teoría y práctica, un temario intenso en valores de justicia social, política, moral y civismo. Hombre a caballo, desde siempre, que hizo trascendental a Palomo, su caballo, remontando tierras inhóspitas, con soldados y campesinos, a veces con más o menos cuadros de oficiales y con más o modestos recursos, pero con estrategias diplomáticas avanzadas, acertadas, dejó un legado infinito. Lo inocultable fue su genialidad y saberse del acompañamiento de un soberbio regimiento de patriotas, seguidores incondicionales, con quienes alentó el sueño libertario que hizo verdad.

Ahora Simón Bolívar, en el 2010-2011, vuelve al sepulcro, a su sarcófago, enarbolado en belleza y cuidado. Y sus restos recibirán un experimentado examen médico. Quizás les queden más preguntas que respuestas, se dijo Simón. Pero iría más tranquilo al descanso inmemorial. Saber que puede trascender la inmortalidad y mostrase como el hombre, eso le da cierta paz. Y ahora sabe que su ideal, el pensamiento libertario, de igualdad y justicia, de lucha de los pueblos por su armonía, siguen el farol, un inmenso legado de la doctrina bolivariana, que laboriosa se mantiene, tanto o más que hace doscientos años. Definitivamente, no hay duda. ¡Bolívar… vive!.

*1 (Reminiscencias de la revolución bolivariana. Pág Internet. Por: Jorge Mier Hoffman)



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Judith León

Periodista e internacionalista.

 Leonjudith@gmail.com

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