Roberto Hernández Montoya: Un rinoceronte con manos de vieja

En el programa se les ven sus manos, realmente parecen de marques, ¿o de vieja mantuana?: vistas solas, cualquiera se confunde. No deja de ser real eso de vivir con la fantasía perenne del lujo de los ricos, aunque paseemos por el boulevard de Sabana Grande, lleno de zapaterías, con un paraguas como bastón. Es como empeñarse en dormir una noche en el Hotel Marienbad, solo por morir con la ilusión de vivir la vida de los más ricos, cuando cogemos vacaciones en el ministerio.

La cultura burguesa es seductora. Y para alguien como Roberto Hernández Montoya le queda natural. Su sentido del humor tiene algo que ver con eso, de limitarse solo a alcanzar la cultura pero no el poder. El poder le viene por el lado de los socialistas, resentidos del poder burgués y de sus lujos.

Pero vamos a lo que nos interesa, al cuento del rinoceronte fascista, eso “de cómo tanta gente fue zozobrando en el fascismo” (imagino que convirtiéndose en rinoceronte: mi cultura no llega hasta Ionesco)… “. Porque he terminado preguntándome cuándo me va a tocar a mí esa muerte en vida.” Es decir, cuando Roberto va a ser capturado por el ser del rinoceronte fascista, que mata todo lo “vivo”.

Roberto no duda en reconocer su escepticismo respecto al  espíritu revolucionario de los otros, incluyendo de aquellos que él llama “héroes despilfarrados”. Quizá la edad, su edad, y la edad de los otros: realmente no sé a qué se deba esa “deflación espiritual”. Al final de su escrito dice esto, “…. Nicolás Maduro declaró a la muerte de Chávez que había que conjurar el maleficio de la traición. No es mala idea.” Es una frase bastante oscura ¿Será invocar a los traidores y deshacerse de ellos, exorcizarlos y luego espantarlos como zancudos? ¿Será capturarlos y fusilarlos (el rinoceronte lo haría, por ejemplo)? ¿Será que él se siente tan bueno, tan culto y libre de tentaciones, neutral y justo como el oráculo de Delfos, que antes de morir se permite la licencia de acabar con las almas corruptas y traidoras con la furia de la intolerancia senil, como la de algunos viejos caraqueños que no soportan a los extranjeros hasta desear su exterminio?

Maduro no puede conjurar a los traidores sin levantarse a sí mismo como Münchhausen y lanzarse a la basura, al infierno, al círculo de los traidores donde pertenece.

El concepto de traición de Roberto Hernández Montoya es muy madurista, por no decir muy acomodaticio al poder. Esa lista de Roberto es tan amplia como astuta ¡Tanta paja para llamar traidor a Rafael Ramírez!,  para disimular su parcialidad por “el presidente”. No creo que Ramírez sea traidor, pero sí creo que Maduro lo es.

Pero defender a Maduro y argumentar en contra de Ramírez para Hernández Montoya es salirse de su propia “física cuántica”, de sus planos movedizos donde, como en un sueño, se puede ser de todo y todos a la vez, sin muchos compromisos con la realidad; el plano de una literatura que se muerde la cola, que no llega a ninguna parte.

Solo denunciar lo que todos denunciamos siempre por obligación moral ante el mundo, pero sobre todo delante de las cámaras y los lectores; su reputación alcanza hasta “Las Diez denuncias que todo ser decente no debe dejar de hacer alguna vez en la vida”.

Maduro traicionó una revolución y a Chávez, así Roberto Hernández Montoya diga lo contrario. Esa falta de argumentos a la hora de escribir en contra de alguien; eso de sentirse por encima de los hechos, por bañarse de pedantería insulsa, tampoco es una verdad irrefutable, solo es pedantería insulsa, que no demuestra otra cosa que una debilidad extrema por el ingenio y los gustos burgueses a la vez, soñados por un perfecto pequeñoburgués renegado, por encima de las ideas un poquito más profundas que las del sentido común.

Cuando termina citando a Maduro y dándole la razón, con una reflexión tan, pero tan pendeja, creemos que más pronto que tarde será un rinoceronte con manos de marqués, que escribe bonito.  Debería intentar hacer eso, cual barón de Münchhausen, levantarse a sí mismo y tirarse también a la basura y sentirse “pulverizado de vergüenza”; lo cortés no quita lo valiente.

 02/02/2018



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Marcos Luna


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