El barco se hunde. ¿Dónde está el capitán? ¿Cuál capitán?

El barco se está hundiendo. Hace agua por distintos huecos dispersos en el casco, producto de choques con arrecifes, con otros barcos y malecones en cuanto puerto donde atraca con desorden e impericia y hasta por la dejadez. Es más, los espacios para achicar, devolver al mar el agua de lluvia y la que arrojan las olas gigantescas que anegan la cubierta están tapados por basura acumulada por el tiempo y la indiferencia. Nadie de eso se percata y menos hay a quien algún tripulante pudiera llevarle la denuncia. Los gritos y reclamas se ahogan en la sordera que allá arriba, en el puente de mando, predomina. Y, quienes para eso están, llegan y más rápido que inmediatamente desaparecen para que vengan otros que tampoco oyen y menos le interesan los reclamos. Adentro todo es gritar, apostrofar sin miramientos ni medida, adular y dejar que la adulancia cunda, como quien cree que el mundo gira alrededor suyo y mirarse en el espejo y a este hacerle preguntas respondidas de antemano por el mismo que pregunta.

En el puesto de mando hay alguien quien pareciera ser el capitán; lo parece porque todos los demás allí congregados le miran como con demasiada atención y hasta toman nota de lo que él dice, luego de preguntarle primero a su espejo.

-"¿Verdad espejito mágico, queridos hermanos que este barco navega majestuoso, con la proa mirando sin recato y menos duda hacia la meta que nos hemos trazado y nos fue encomendada?" "¿No es acaso cierto que marchamos derecho hacia allá, nuestro designo previamente establecido?".

Pregunta aquello mientras señala a lo loco sin percatarse que lo hace hacia donde se levantan unas rocas inmensas esparcidas y un precipicio se abre a lo largo de un pequeño horizonte.

Todos los congregados a su alrededor, en coro, como los asistentes a la misa responden al rezo del santo sacerdote, dicen ¡si, si! y anotan las preguntas en sus libretas para ellos repetirlas en cada rincón del barco donde algún marinero se le ponga por delante.

El capitán respira hondo, se mira de nuevo en el espejo, cubre los bigotes y su boca toda con la mano derecha; esta la deja caer con lentitud, llega hasta la barbilla, se la acaricia levemente con los dedos índice y pulgar y luego extendida, la deja caer sobre el pecho, la pasa levemente sobre la barriga, bastante pronunciada por la dieta y el sedentarismo de la marinería en aquel barco que hasta parece siniestro, hasta llegar a la cadera para volverla a la altura del mentón. Mientras hace todo eso, calla, es una las pocas veces que lo hace, todo sin dejar de mirarse al espejo.

-"¿No es cierto que en este barco nada falta y menos zozobra? ¿Acaso no es verdad que todos quienes aquí viajan se sienten felices y atosigados del deseo de no llegar nunca a puerto alguno sólo por el placer de sentirse capitaneados por mí? ¿No están todos seguros y satisfechos de mi mando, dieta y capacidad táctica y estratégica?"

El cuerpo de oficiales a su alrededor vuelve a anotar, mientras dice amén y ora pronobis.

-"¿Acaso falta algo? ¿Esos motores no están de a toque, rechupete y funcionan a la perfección? Si la marcha es lenta, vos sabéis que ha sido impuesta por el todo, oficiales, marinería y la tripulación para poder disfrutar por más tiempo del paisaje, de mi presencia y mando."

Los asistentes a aquella ya habitual reunión en la cabina de mando, cuyos uniformes que en un tiempo fueron blancos, como suele suceder en esos avatares, se han vuelto grises, tanto que se confunden con el ambiente todo y hasta entre ellos mismos, vuelven a asentir como quien hace un responso y anotan en sus libretas grises, con lápiz gris y tinta del mismo color.

-"¿No es cierto acaso que este barco reluce, fulgura y llena de envidia a aquellos que se atraviesan en nuestro camino por la ligereza y elegancia al sortear las olas y entrar con mansedumbre y bajo control a los puertos que sea necesario hacerlo?"

Cada uno de los que allí se encuentran, ignora el estado verdadero del barco. No sabiéndolo ellos, menos lo sabe el capitán, porque no tiene quien le informe. Pero él tampoco está interesado en saberlo; demasiado ocupado en mirarse en el espejo y cada cosa quiera saber, a quien mira en el espejo le pregunta:

-"¿Verdad que el barco navega ágil, nada de estar haciendo aguas ni dando brinquitos?

Todas las preguntas y respuestas allí están. Su comando sólo tiene que escuchar, asentir. Por eso cuando el habla, pregunta y ordena, le responden en coro como quien está en la misa. ¡Amén!

La figura reflejada en el espejo, curiosamente parecida a él, le responde:

-"Si mi capitán, como usted diga, desee y crea. Así mismito es."

-"¿No es verdad espejito, porque por lo visto, tú y yo somos la misma vaina, que el barco está limpio, reluciente, nada cruje, le rugen los motores?"

-"Si mi capitán, como usted mismo dice, así mismo es".

-"¿No es cierto que la tripulación toda está contenta, satisfecha y feliz de estar bajo mi capitanía?"

-"Sí mi capitán, todos están felices y en calma. No hay asomo de tormenta. Sólo que algunos están alebrestados porque no les llegaron los perniles, ya zigzaguean, pero no tanto por los tumbos del barco sino por el hambre, pero no hay novedad, ellos saben que eso, el hambre, nada tiene que ver con usted, solamente con la guerra económica y esos corruptos disidentes. Todo está en calma".

Cada uno de los oficiales en el largo tiempo que en aquel barco han navegado y bajo las órdenes del mismo capitán, ha ocupado los distintos cargos o desempeñado las distintas funciones, como encargado de la alimentación de la tripulación, marcar el rumbo, cuidar que los desagües estén abiertos y achicar , limpiar y hacer mantenimiento, pero sólo eso, encargados. Apenas llegan al cargo y comienzan a enterarse de los primeros problemas, viene un sacudón o un revolcón, recomendados por el personaje detrás del espejito. Es la manera de mantener el control, dejar hacer y mantenerles leales.

-"Espejito, espejito ¿quién mejor esta semana para manejar el timón?

Y así hace tantas preguntas como responsabilidades haya y dadas las respuestas por el yo del espejito anota. Les llama a reunión, que suele ser a cada instante como un zafarrancho y les rota, sin que llegaren a enterarse que debían hacer y cómo estaban las cosas donde antes estuvieron.

Eso lo llama el capitán por recomendación del espejito "una revolución en movimiento" y un "constante reinventarse", en una muestra de su fecundo pensamiento.

Pero los hechos, hechos son y la realidad terca, más que una mula. Por aquella conducta, pese el espejito mágico, el barco se deteriora y las olas, que no necesariamente vienen del fondo de un huracán, daño hacen porque anda navegando por debajo de su línea de flotación y su casco agujereado está; timonel y tripulación toda desconocen lo qué deben hacer, porque se la han pasado todo el tiempo rotando y de tanto hacerlo hasta mareada está. El capitán poco sabe, porque el espejito tampoco.

Cuando el capitán se asoma a la ventana de la cabina de mando y ve allá abajo a la tripulación que gesticula por la incertidumbre, las punzadas que da el hambre y todas las incomodidades de la vida en abandono, supone que le vitorean y aplauden y además, eso cree. Más tarde en su soledad le preguntará al espejito y este la confirmará su creencia. En la tarde, ya metiéndose el sol por la línea del horizonte, rodeado de su comando que acaba de presentarse uno a uno a su gente como su jefe recién nombrado hasta mañana, preguntará a ellos sobre el sentimiento y estado de ánimo de aquéllos, pero lo hará de una la misma manera que lo hizo al espejito:

-"No es verdad que esa gente me ama y está satisfecha de todo y navega en el mar de la felicidad".

Los allí congregados, cada uno con su caja de clap y su pernil de cochino, sin contar lo demás, responderán a coro, mientras aplauden:

-"Si señor capitán, así mismito es".

Mientras estos hacen el debido responso y aplauden, el capitán mira el espejito.

Pero de vez en cuando, "más en cuando que en de vez", el barco cruje duro y suena como si unos dientes gigantescos rechinaran, se agita fuerte, se bambolea demasiado tal un grande chinchorro y loco frente al accionar nada agitado de las olas, la poca brisa y suaves vientos de agua. La línea de flotación desciende casi a la altura del bigote, tanto que la cubierta está ya bajo el nivel del mar y:

-¿El capitán dónde está? ¿Cuál capitán? ¿El del espejito o el otro? Los dos tienen bigote y un ego tan grande como el mar.



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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

 damas.eligio@gmail.com

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