La historia navideña sobre la crisis venezolana

Cuando invocamos el fantasma de la crisis venezolana, los venezolanos siempre tenemos la razón, porque todos pensamos que el cáncer de la crisis en la tierra de Bolívar, no se puede extirpar con la maldita pirotecnia de diciembre, y no se puede curar con las benditas lágrimas derramadas en enero.

Según las sagradas páginas del diccionario, la palabra crisis se define como una situación mala o difícil, que implica cambios negativos para los involucrados, y cuyo proceso se intensifica bruscamente con el paso de los años.

Pese a que no vivimos la guerra de mi compadre Hitler, pese a que no sufrimos la bomba atómica de Hiroshima, y pese a que no sentimos el desastre nuclear de Chernóbil, todos los venezolanos pensamos que vivimos en tiempos de crisis, y no hay ningún compatriota que se atreva a negar públicamente, la existencia de la todopoderosa crisis en nuestro territorio venezolano.

Una avasallante crisis venezolana, que solo necesita doce meses de agonía para robarnos los sueños, las ilusiones, y las aspiraciones de un pueblo herido por la sangre de los escuálidos, y de una nación cansada de las mentiras de los revolucionarios.

Cada año la crisis se agudiza en Venezuela, porque la triste crisis que vivimos en el año 1989, no se compara con la escalofriante crisis que sufrimos en el año 1999, y la terrible crisis que cotejamos en el año 2009, no se comparará con la enfermiza crisis que enfrentaremos en el año 2020.

Mientras los venezolanos sigan siendo venezolanos, el futuro jamás se pintará de color rosa, y la oscuridad del oleaginoso destino, será el sendero de los hijos del Libertador.

Estamos seguros que en el año 2020, la crisis venezolana será muchísimo peor, que la crisis social que soportamos actualmente, porque sin importar la bonita realidad o la horrenda realidad que vivamos en aquel año, sabemos de antemano que los venezolanos se acostumbraron a maximizar el poder de la crisis, y se encapricharon con vivir adictos al problema, al castigo, y a la indiferencia.

Hoy quiero compartir un artículo de opinión, que escribí en diciembre del año 2012 para mi cibermedio Ekologia.com.ve, y que no había tenido la oportunidad de compartirlo con los lectores de Aporrea.org.

Aquel fatídico y recordado año 2012, cuando la asfixiante crisis venezolana era insoportable de resistir, cuando el calendario Maya vaticinaba el inevitable fin del Mundo, y cuando las estrellas caían del cielo con suave olor a desgracia.

El mencionado artículo de opinión se titulaba "La sátira de la época navideña", y trataba sobre una situación insólita que viví luego de celebrar la Navidad, y aunque en el año 2012 sentí que la palabra insólita, era la mejor medicina intelectual para adjetivar la narración de ese artículo, ahora pienso que debido a la angustiosa crisis del maquiavélico año 2017, la palabra insólita se queda desnuda y rezagada en el frío de altamar.

En apenas cinco años de vida terrenal, ahora los venezolanos pensamos que la lamentable crisis del año 2012, es el ligero hazmerreír del verdadero gran abismo, que estamos confrontando en el punzante año 2017.

Me pregunto qué pensarán los venezolanos del punzante año 2017, cuando falten cinco minutos para la medianoche del misterioso año 2018, y me pregunto qué pensarán los venezolanos del punzante año 2018, cuando falten cinco minutos para la medianoche del caótico año 2019.

Yo creo que todos estamos comprendiendo la intención principal del autor, y espero que mis hermanos y mis hermanas me secunden, para convertir las páginas de la literatura en un clamor popular.

Por eso he decidido compartir textualmente, el mencionado artículo de opinión redactado en el ocaso del 2012. No le cambié ni un acento, ni una letra, ni una moneda.

Espero que juntos leamos el contenido, y después reflexionaremos al respecto.

La historia comienza en cinco, cuatro, tres, dos, uno y ¡Ahora!

"Hoy fui testigo de una triste historia verídica, que se convertiría en una sátira que demuestra como el Ser Humano, es capaz de aflorar su miseria espiritual, su egoísmo y su ignorancia.

Yo me encontraba respirando y suspirando por la tarde, en una céntrica plaza de la ciudad de Maracaibo, disfrutando de la magia de los árboles, del resplandeciente sol y de los armónicos pájaros.

Aprovechaba que era 26 de diciembre, y la gente zuliana estaba un poco más tranquila, después de la locura navideña de consumismo y de capitalismo, que dejan los regalos, las comidas y las bebidas.

De pronto, escuché que lanzaban con furia la puerta de entrada de una panadería, que se hallaba frente a la plaza maracaibera. Vi salir a una mujer histérica, que gritaba ofensas e improperios al prójimo. Luego prendió el violento motor de su carro, y derrapó con una velocidad tan endiablada, que reventó los tímpanos de propios y extraños.

Obviamente, un grave incidente había ocurrido dentro de la panadería, para que aquella mujer se enloqueciera con tanta vehemencia, y formara el presumible alboroto dentro del local comercial.

Por simple curiosidad y con ganas de llenarme del licor de la calle, me acerqué hasta los laureles de la congestionada panadería, en busca de un chismoso que me contara el cuento, y en busca de una respuesta que me explicara el conflicto atestiguado.

Ya estando dentro de la panadería, observé a más de 15 clientes enfilados en la taquilla de pago, esperando cancelar el precio de sus deliciosos panecillos, y recibir todos los harinosos productos comprados.

Ellos cuchicheaban y cuestionaban la actitud de la señora, mostrando señales de incredulidad y provocando sonrisas de lástima. Yo sabía que estaban murmurando sobre la misma mujer, que había visto salir enojadísima del local comercial.

Después de conversar con la encargada de la panadería, ella me contó que debido a las tradicionales celebraciones por la llegada de la Nochebuena, se habían preparado una gran cantidad de panes de jamón, para ser vendidos a todos los consumidores zulianos, antes de la esperada cena del 24 de diciembre.

Por errores de cálculo a la hora de elaborar los panes, y debido a la fuerte competencia que ejercían las panaderías cercanas, pues un gran número de panes no fueron vendidos en aquella fecha navideña, y para no desperdiciarlos se ofrecieron en calidad de 2x1.

Eso significaba que si el cliente quería comprar un pan de jamón, se le regalaba un segundo pan de jamón sin costo adicional.

Era una buenísima promoción para atraer a más consumidores, y para no perder los kilos de harina de trigo, que se utilizaron para la preparación de los panes.

Si usted es un lector extranjero, debe saber que el pan de jamón generalmente mide un metro de largo, siendo un alimento obligatorio para festejar las navidades venezolanas, y debido a su gran tamaño, es suficiente sustento para nutrir a toda la familia.

Pues resulta y acontece, que cuando le tocaba el turno de pagar a la señora ya mencionada, ella se negó rotundamente a recibir el segundo pan de jamón.

La señora le insistía a la vendedora que solo deseaba un pan de jamón, y la vendedora le insistía a la señora, que el segundo pan de jamón era totalmente GRATIS.

Entre reclamos y reproches, pasaban los minutos y la ofuscada señora se molestaba, porque la estaban "obligando" a llevarse un segundo pan de jamón, que aunque era gratuito y se entregaba dentro de una bonita caja navideña, ella no lo necesitaba y no lo deseaba recibir.

El resto de los clientes que esperaban pagar sus alimentos, y se mantenían inmóviles frente a la taquilla de pago, se empezaron a desesperar por el insólito pleito suscitado, por lo que vociferaban una serie de gritos, amenazas e insultos, en contra de la problemática señora que se hallaba presa en su terquedad.

Para terminar con el fuego mundano del volcánico conflicto, la vendedora finalmente decidió no entregarle el segundo pan de jamón a la rabiosa señora, y sin inmutarse por las secuelas del asombroso incidente, siguió vendiendo los panes a los demás clientes.

La señora muy molesta por el tiempo perdido, salió furiosa de la panadería maracaibera, lanzando con arrechera la puerta del local comercial, y prendiendo rápidamente el motor de su violento automóvil, para huir de la escena del crimen con su solitario pan de jamón.

¡Ver para creer! Es una historia tan pero tan triste. La señora pudo haber hecho infinidad de cosas, con ese segundo melancólico pan de jamón.

Por ejemplo, pudo compartirlo con sus familiares (hijos, nietos, primos, tíos, abuelos). También pudo obsequiar el pan de jamón a los vecinos, amigos o colegas del trabajo.

Incluso, pudo regalárselo a los niños de la calle que abundan frente a los semáforos, o entregárselo al muchacho humilde que cuidaba los carros en el estacionamiento de la panadería, en espera de recibir alguna propina por parte de los clientes, y que como era lógico de suponerse, la señora no se detuvo a observar por el egoísmo de su vileza.

El segundo pan de jamón, hubiera sido la alegría en una casa de reposo para ancianos, hubiera sido la alegría en un albergue infantil, hubiera sido la alegría en un hambriento hospital venezolano, hubiera sido la alegría para los vagabundos del puente sobre el lago, y hubiera sido la alegría en un pálido comedor público.

Pero la estupidez del Ser Humano es inalcanzable, y no alcanzan las palabras para criticar la mediocridad cultural, de una sociedad venezolana ahogada en sus culpas.

El alma podrida de esa señora, es un reflejo de todas las personas que viven ciegas, dentro de un mundo perfectamente imperfecto, en el que pagan justos por pecadores.

La verdad, es que la historia relatada siempre me entristece, sobre todo en la época navideña, cuando la gente tendría que sacar a relucir el lado más solidario, compasivo y altruista.

Decimos ser cristianos, pero nuestro mal comportamiento, nos transforma en ateístas.

Lo peor, es que muchos de esos apáticos individuos, son los mismos desgraciados que festejan religiosamente la pascua, buscando limpiar la suciedad de los errores de la vida cotidiana, y comenzar el nuevo año sin una gota de remordimiento.


Cada vez es más débil el lazo que une al dogma, con la voluntad de sus fieles devotos.

La conducta mezquina de esa grosera señora, va más allá de aceptar o rechazar el segundo pan de jamón, pues realmente demuestra la ausencia de valores, la inconciencia social y la falta de sentido común.

No hay duda que la perversión, es el veneno para ratas que siempre se inyecta, en la mente y en el corazón de los asquerosos hombres y de sus mujeres.

Hoy, es un gran día para mirarnos frente al espejo, y vernos en los cálidos ojos de quienes sufren la tragedia, la humillación, y la apatía de sus hermanos.

Depende de nosotros, empezar a cambiar el rumbo de nuestras vidas, en busca de un futuro lleno de amor, respeto y unión".

La historia termina en cinco, cuatro, tres, dos, uno y ¡Fin!

Dígame con total sinceridad, ¿Qué opina de la historia narrada? ¿Qué opina de la señora y de su testarudez? ¿Qué opina sobre el segundo pan de jamón?

Lo más insólito de la historia, es que ocurrió en el mes de diciembre del año 2012, cuando supuestamente sufríamos la peor crisis económica del país, y cuando todos los venezolanos estaban muy cansados de prender el televisor, y escuchar las largas cadenas del inolvidable comandante eterno.

Aquí NO hace falta rememorar célebres frases, como aquella que dice: "cuando éramos felices, y no lo sabíamos".

La insólita historia NO ocurrió en los viejos tiempos de Pepeganga, NO ocurrió en los viejos tiempos del Chupacabras, y NO ocurrió en los viejos tiempos de la cuarta república.

La insólita historia ocurrió en los tiempos recientes de Traki, en los tiempos recientes del cometa ISON, y en los tiempos recientes de la quinta república.

Ahora que escribimos en el funesto mes de diciembre del 2017, resulta ilógico creer la historia de la señora en la panadería, porque la lógica también tiene su punto final.

Hoy resulta ilógico pensar que una panadería regale un segundo pan de jamón, hoy resulta ilógico pensar que una señora rechace un segundo pan de jamón, y hoy resulta ilógico pensar que un venezolano, compre un costosísimo primer pan de jamón.

Toda la historia nos resulta ilógica de pensar y chocante de creer, porque ya no se consigue legalmente la harina de trigo, y en caso de conseguirla por los caminos verdes del sobreprecio, pues ninguna panadería venezolana ofrecería la irresistible oferta de 2x1, y ningún venezolano se negaría a recibir un suculento segundo pan de jamón.

De hecho, estamos viviendo tanta perversión social en Venezuela, que las panaderías prefieren botar los panes a la basura, antes que regalárselos a la gente. Y la gente prefiere botar esos panes a la basura, antes que compartirlos con el resto del pueblo.

Hoy peleamos a muerte por una mantequilla y por un pote de leche. No importa ni el color de la mantequilla ni la marca de la leche, solo queremos comprar o robar cualquier mantequilla, y solo deseamos comprar o robar cualquier pote de leche.

Si yo te encuentro en la calle, y te pido cinco minutos de tu tiempo, para hablarte sobre el arte del reciclaje, sobre los derechos humanos, y sobre el maltrato a los animales, usted me dirá que está muy ocupado, y que no tiene tiempo para escuchar mis tonterías.

Pero si yo te encuentro en esa misma calle, y te digo que en el supermercado de la esquina hay mantequilla y leche, pues usted correrá como un loco y pasará largas horas haciendo la cola, mientras felizmente sufre calambres, flatulencias y hemorroides.

Muchos ciudadanos foráneos se preguntan, ¿Cómo vivirán los venezolanos cuando termine la sangrienta crisis, y la paz regrese a las calles de la patria bolivariana?

La respuesta es tan obvia como un opio.

Seguiremos peleando, gritando y robando, porque ahora yo quiero comprar la mejor leche de Nestlé, y en el supermercado me venden la horrible leche de San Simón, porque ahora yo quiero comprar la harina de trigo Robin Hood, y en el supermercado me venden la horrible harina de trigo Robinson, porque ahora yo quiero comprar y vomitar un sabroso huevo podrido, y en el supermercado me venden un horrible huevo de pascua.

Un día no muy lejano, vamos a pelear porque ya no peleamos en las calles. Un día no muy lejano, vamos a pelear porque ya no hay razones para pelear. Y un día no muy lejano, vamos a pelear por el absurdo motivo de nuestra existencia.

Hoy perdemos la dignidad por un pedazo de hallaca, mientras bailamos con la peste del reguetón hasta el amanecer. Mañana la dignidad se perderá y se escapará, por la legendaria cañería de la basura orgánica, que tiene el olor del miércoles durante todo el año.

No me gusta vivir en Zulia, porque hace mucho calor. No me gusta vivir en Mérida, porque hace mucho frío. No me gusta vivir en Caracas, porque no hace mucho frío y porque no hace mucho calor.

Culpamos a los gobiernos, a las dictaduras y a las democracias, pero somos nosotros los inmaduros, los necios, los quejosos, los egoístas, los envidiosos, y los tercos.

Prefiero seguir viviendo en un infierno venezolano, donde ya no existen las estúpidas señoras que rechazan un segundo pan de jamón, antes que volver a vivir en un hermoso paraíso venezolano, donde abundan las estúpidas señoras que rechazan ese segundo pan de jamón.

Voy a repetir las palabras del anterior párrafo, porque me gustó muchísimo lo que dije en ese párrafo, así que voy a repetirlo.

Prefiero seguir viviendo en un infierno venezolano, donde ya no existen las estúpidas señoras que rechazan un segundo pan de jamón, antes que volver a vivir en un hermoso paraíso venezolano, donde abundan las estúpidas señoras que rechazan ese segundo pan de jamón.

Disculpe, pero otra vez voy a repetir el párrafo, no quiero aburrirte pero estoy obsesionado con ese párrafo, así que lo volveré a repetir.

Prefiero seguir viviendo en un infierno venezolano, donde ya no existen las estúpidas señoras que rechazan un segundo pan de jamón, antes que volver a vivir en un hermoso paraíso venezolano, donde abundan las estúpidas señoras que rechazan ese segundo pan de jamón.

Por favor usa las neuronas. Te escribo desde el corazón. Simplemente mira a tu alrededor. Escucha el silencio, canta con los ojos cerrados, y aprende a volar libre por el Universo. No te vas a arrepentir, pero debes intentarlo y confiar en lo desconocido.

¿Quieres conocer la verdad? ¿Quieres vivir la justicia? ¿Quieres sentir la paz?

Yo conozco el nombre del único Hombre, capaz de regalarte el camino, la verdad y la vida.

Él me pidió que no dijera su nombre, y como yo soy su oveja fiel, sería incapaz de traicionarlo, por lo que mantendré en secreto su nombre y su apellido.

Es un hombre íntegro, sin pecado, sin mancha. Como dice la canción, su amor es sobrenatural, no tiene condición, no tiene final.

Solo puedo decirte que nació de Santa María Virgen, que padeció bajo el poder de Poncio Pilato, que fue crucificado, muerto y sepultado, que descendió a los infiernos, que al tercer día resucitó de entre los muertos, que subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, y que desde allí vendrá a juzgar a vivos y muertos.

Quizás usted conoce la historia y el nombre de ese Hombre.

Recibimos su cuerpo en la Santa Eucaristía, y esa hostia destruye el pecado de un vil pan de jamón.

Yo estoy seguro que la grosera señora de la panadería, jamás conoció el evangelio de ese bíblico hombre, o tal vez lo conocía y lo adoraba, pero como el resto de los venezolanos, le clavó el cuchillo por la espalda.

Solo ese hombre es capaz de sanar los corazones rotos, solo ese hombre es capaz de erradicar la amargura de los terrícolas, y solo ese hombre es capaz de cambiar lo incambiable.

Luz en tinieblas, esperanza en la oscuridad, agua en sequía, abrazo en las soledades, alivio en el dolor, libertad en laberintos, fe en depresión, quietud en la locura.

Solo ese hombre fue capaz de rescatar a un escritor venezolano, que de rodillas le imploró un poquito de misericordia, y me devolvió la sonrisa cuando estaba a punto de suicidarme.

Te doy las gracias, y desde la eternidad de ese día, escribo por ti y para ti.



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Carlos Ruperto Fermín

Licenciado en Comunicación Social, mención Periodismo Impreso. Egresado de la Universidad del Zulia en Venezuela.

 carlosfermin123@hotmail.com

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