(Perro callejero): ¡Podencos en plan de ataque!

Como perro sin amo (fijo) he llegado a conocer en profundidad de la inteligencia y de las miserias de los humanos: he oído (pacientemente) sus risas diabólicas; sus gemebundos lamentos o eufóricas borracheras; sus caídas en sórdidas batallas, sus impotencias en esas soledades en las que uno resulta su más ardiente paño de lágrimas.

¡Si nosotros los perros pudiéramos escribir todo lo que los humanos nos confiesan cuando están hundidos en su piélago de insalvables aflicciones!

Pues, uno como perro callejero escucha de todo y lo llevaba entre pecho y espalda, y va por ahí, de arrabal en arrabal, de tugurio en tugurio, por arroyuelos o platanales, galpones desiertos, mataderos o ferias, y he conocido de los hombres o mujeres sus esperanzas ciegas, las infidelidades que sufren, sus pensamientos miserables y oscuros, con esos ojillos inciertos en las borrascas, con sus temblores y disparidades entre sus semejantes. Muchos se han confesado conmigo, insisto, llorando o riendo, cantando o fingiendo sinceridad aún ante mí, sus propios sentimientos.

Nada más patético, cómico o triste, que un pobre diablo confesándose ante otro pobre y andariego, perro callejero como yo. No sólo lo hacen los mendigos y borrachos, lo hacen colegiales perdidas en las drogas, ejecutivos o profesionales echados de sus casas, políticos de partido venidos a menos…, curas, obreros, músicos y titiriteros. Me cuentan sus vidas y me digo: "Menos mal que soy un perro, carajo".

Los escucho y sigo andando a paso leve o trotandito, como me corresponda, con mis pulgas y mis pelambres enrevesados. Y pienso: "…si a eso es lo que llaman ser humano…", no obstante que en mi caso, con todo lo perro que he sido o soy (me niego a dejar de serlo), no sé cómo todavía no me han dado un tiro, o no me han envenenado con un buen trozo de lomito a la plancha, o por qué no me han metido en la perrera municipal (¿dónde, si no existe?), con todos los años de bandido callejero que llevo por estos arrabales, infestados de otros canes carniceros, guapetones y desaforados como uno mismo...

¡Hay que ver Señor! Uno que ha andando deambulando por entre tantas marañas controladas por perros carniceros, por diabólicos canallas que andan en manadas despedazando a cuanto minúsculo enemigo se les atraviese en su camino, sin embargo no preferiría para nada la vida de los humanos. Verdad es que me he internado en territorio de feroces lobos (zorros y zorras) que peligrosamente se me han acercado o con sus despampanantes figuras o con sus babas y colmillo afilados, pero no son traicioneros, no ambicionan lo que soy y he sido, no improvisan tantas estupideces, no son charlatanes desenfrenados, ni se quejan, ni lloran a cada minuto por lo que no tienen o desean.

En algunas ocasiones mis semejantes me han cercado y me han enterrado sus colmillos, y he tenido que hacer mil maromas para rechazarlos y quitármelos de encima, pero a la final se retiran (honorablemente, sin rencor ni odio). No lo sé, digo, cómo ha sido, más bien, que los humanos no han logrado matarme con sus motos o carros, sus aberraciones o locuras. Verdaderamente cuestiones de milagros, de suerte, quizá porque yo haya nacido de patas, como me dijo una vez mi perra madre.

Recuerdo todas estas cosas porque hace poco me encontré con un perro buldog que salió al trote por la calleja por donde iba y en plan belicoso me dijo: "-Hey tú, qué haces por aquí…, tú que te crees que la calle te pertenece, y te puedes meter por dónde te plazca". Qué fino, el tuso. ¡Qué perrazo más parecido a un humano! Con razón vivía en una mansión, y llevaba su collarcito dorado, y el chucho iba muy oloroso, recién bañadito y con su pelo brillante. Un perrazo de excelente pedigrí, que ya veía ha adquirió los modales de la clase de sus amos. Que no le puede perdonar a uno el que pueda andar libremente por donde me dé la "perra gana", y que me pueda permitir pasar sin reparar en su finura por el frente de su grandiosa mansión donde cohabita.

Oh no, Señor, pero no los culpo. No dejan de ser graciosos hasta cuando reculan, pues no pudo impedirme el paso, y hube de arrinconarlo contra unas vallas y entre saltitos huyó hacia su ama que le llamaba. Pero la cosa fue aún más seria porque por la urbanización donde vive, de señoriales casas, una manada adicta al fulano buldog se alborotó y se me vino una multitud de fornidos y entrenados perrangos, de altura, para demolerme... No pudieron, que más vale maña que… mal de rabia.

Ya, estando el señor buldog del otro lado de la verja pude conversar con él, y en verdad que lo vi como prematuramente envejecido y fofo, con sus babas y sus puntiagudas verrugas negras en su temblorosa boca, con los estragos de una vida contra-natura. Lo escuché pacientemente como lo hago con los humanos, hablándome el pobre con esa respiración entrecortada, como si le faltara el aire.

  • Tu problema –le dije- es que te has hecho muy humano, allí encerrado, comiendo lomito y exquisiteces, entre alfombras y las patas de tus amos. Cambiaste tu progenitura por un plato de perrarina fina. Entre seres aburridos o amargados dueños que te han llenado el alma de chuches y melazas. Que te utilizan en sus decrepiteces y no te das cuenta. Has sido tú para ellos el peluche por el que drenan sus taras. Ya es tarde. Si te pudieras venir conmigo otro gallo cantaría, pero ya no tienes ñeque para eso, lástima…, hermano.

Vi sus ojos cabizbajos, sus carrillos mofletudos, sus huidizos movimientos con el rabo, el críptico dolor de sus años perdidos, allí aherrojado, mientras su ama le lanzaba gritecillos: "¡Chupete, véngase, a su casa…!"…, cuánta ausencia … por haber sido… mal adoptado.

Me fui pensando, que nada me saca más de quicio que la cobardía. Qué duro ha sido sobrellevar este mundo en medio de tantos perros débiles, ambivalentes y huidizos. Tantos fueron los podencos que he enfrentado durante treinta años, que por doquier, cuando deambulo por extensos territorios ajenos, a donde dirija mi mirada, allí está uno que algo de mis fieras dentelladas alguna vez recibió... No me arrepiento, ha sido la carga que me ha tocado.

No ha sido mi culpa sino mi condición de perro callejero.

O sea.

@jsantroz



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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

 jsantroz@gmail.com      @jsantroz

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