Diario de un perro callejero

Un perro callejero no es cualquier cosa. Un perro de esta categoría no le cae mal a nadie, no es molestia para nadie, y se ha acostumbrado a vivir entre carros y motos, entre estruendos de gritos y espasmos de locos y mal-entretenidos que aturden por las calles. El perro callejero jamás ensucia una acera ni deja sus gracias en plena calle; eso lo hacen los perros frívolos, los que tienen amas o amos delicadillos, y que los alimentan con la lujosa perrarina.

El perro callejero hurga en la basura y mira a los lados sonreído y conforme.

Es el ser que más se conforma con lo poco que consigue.

Un perro callejero es un ser común que no interrumpe la conversación de otro perro por más bulldog que sea, que no opina y que silenciosamente se filtra en cualquier negocio, por cualquier calleja, que huele sediento de fe, que va cabizbajo y que mira con ese cristal tan profundo de su ingrimitud el mundo plagado de ambiciones miserables. A un perro callejero nunca le falta en su momento una compañera (no es la perra que muchos imaginan…, aunque él mismo provenga de una "cualquiera"). A él lo echaron sin pedir venir a este mundo (ni a otro), como les ocurre a los humanos-hienas (que ven en este mundo el infierno de otro planeta). Por ahí va el perro callejero buscando su alimento (pacientemente), buscándose un espacio en medio del sol y de la lluvia, un rincón dónde pasar cada noche: un ser que sabe más de amor que esos bípedos petulantes y soberbios clones de las hienas (insultantes y humanos).

El perro callejero no le pide nada a nadie. Sólo mira, contempla la faz de los seres preñados de culpas y remordimientos. Ve a las humanas-hienas comer y si no le paran, sigue su camino. Algo encontrará en algún lado. El perro callejero es el ser más compresivo, silencioso y amable que existe.

Es un ser conmovedoramente triste.

Un perro callejero anda buscando un amo, pero no se hace ilusiones. A veces adopta por un rato a una hiena-solitaria (jubilada), pero luego la abandona porque sabe que su rumbo bajo está en el cielo arrebolados de dudas y en la cazuela de las estrellas por la noche. Ha sido tantas veces pateado, ha sido tantas veces apaleado, traicionado, olvidado, desconocido, que es otro Cristo. Es el mismo Cristo. Es todo amor por naturaleza. Nunca deja de querer, nunca deja de creer en el amor. Nunca deja de confiar, y va por el mundo tan escépticamente convencido de que sin amor es imposible la existencia.

Esa es la conclusión definitiva de este corto relato: Por lo menos un perro callejero no puede vivir sin amor, y eso lo vitorea él con el movimiento de su cola. Cualquiera le pone la mano en la cabeza y él mueve sabiamente su cola, que es la sonrisa más sublime que hay en la tierra; y espera que le digan palabras amorosas, pero en cuanto le dan la espalda él se va silenciosamente sin pedir nada a cambio. Es una delicia de ser solitario. Es el ideal del ser silencioso y apacible.

Gloria al perro callejero, gloria a Dios y gloria al espíritu de todos los guardianes peludos que nos aman y que siguen poblando las calles, y que sin duda ya se tienen el cielo ganado aunque ya saben que eso tampoco sirve de nada...

(CONTINUARÁ…)

@jsantroz



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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

 jsantroz@gmail.com      @jsantroz

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