Ahora con el palo, pero sin las pelotas

La noticia estremeció los cimientos de los socios del Country. Corrían de un lado a otro si creérselo: “¿Ahora, dónde compartiremos nuestras luchas, dónde explayaremos nuestras ideas y pensamientos, dónde nuestros dolores por las mejores causas sociales y los denodados esfuerzos que hacemos por el destino de la humanidad?”

Ya no tendrían trabajo los 200 son caddies que recogen las pelotitas, ni las 50 criadas que llevan los whiskys por la tardes en finas bandejas, luego de las largas faenas, con sus delicados trajecitos blancos. Ni los mayordomos que atienden el celular, y le pasan los pañuelos por las frentes de sus jefes cuando se les perlan de sudor. Todo el Country amaneció triste: y doña Arlene Alvarado de Benacerraf, presidenta de la Asociación de Vecinos del Caracas Country Club y una entre 2.500 socios, llorando desconsoladamente, leyó una y mil veces el decreto de expropiación de los campos de golf. Se comunicó con la embajada norteamericana, con los diplomáticos de Francia, Noruega y Holanda. Pidieron auxilio a la Asociación de Cubanos-Americanos con sede en Miami. En el mismo Country que acogió con tanto amor a Cecilia Matos, aquella Cecilia que llegaba en helicóptero para pasar las tardes calurosas de agosto, la época que más le fastidiaba en su apartamento de Manhattan.

El pueblo exige que se publique ese listado de los 2.500 socios del Country. No olvidemos que esta gente tiene una estrecha relación con los golpistas del 11-A, y con los terroristas que han mantenido estrecha conexión con los mayameros que el 11 de mayo de 2004, en una hacienda en la Lagunita Country Club (la misma cosa), que colinda con la finca Daktari de Robert Alonso, metieron a un pelotón de monstruosos paramilitares colombianos.

Expropian el mismo Country que recibió con honores a Blanca Ibáñez luego de ostentar el glorioso título de abogada de la república; de este conglomerado de ricachones aburridos partió la idea de solicitar para doña Blanca Ibáñez la Orden del Libertador en Primera Clase.

La misma élite que llenó de ricos presentes y elogios a la Cecilia Matos Melero, la barragana de Pérez, que no quería títulos universitarios sino dinero y poder. Cecilia Matos se había hecho miembro del Club “La Lagunita” en 1978, cuando la acción valía 200.000 bolívares, y en su declaración al impuesto sobre la renta se había registrado que su ingreso anual era de 25.000 bolívares (véase Revista Resumen, Nº 239, febrero de 1980.). Estaba protegida por el banquero Pedro Tinoco Gustavo Cisneros (socios del Country).

Delante de los “Doce Apóstoles” de la estafa nacional, todos socios del Country, Cecilia llamaba a CAP, “papi”, sin ningún recato y con muchos mimos. Cecilia llegaba, digo, en helicóptero a la Lagunita (sucursal del Country), en su mansión de los grandes saraos, con fiestas cariocas o dominicanas, botando con locura millones de bolívares en una sola noche.

Entre los socios admitidos en La Lagunita Country Club de 1979, estaban junto con Cecilia, algunos de los que 22 años más tarde blandirían una banderita en la Plaza Altamira. Los había también quienes no se atreverían a ensuciarse golpeando cacerolas y marchando por la libertad de Venezuela: los Brillembourg, los Zuloaga, los Pocaterra, los Machado, los Azpúrua, …

Esa gente del Country amenizaban las fiestas Julio Iglesias y La Polaca, y en las que se podía ver aplaudiendo y dando brinquitos modernos a Pedro Tinoco, a Carola Reverón de Loperena, a Antonio Scannone, Carmelo Lauría, Siro Febres Cordero (a quien se le dictaría luego auto de detención junto con Ricardo Cisneros), a Luis Núñez Arismendi, a Enrique Delfino, entre otros de la gran camada. Todos atendidos por un chef de apellido Vázquez que también preparaba ricos platos en Miraflores. Se refiere que Simón Alberto Consalvi se encontraba siempre entre los más sinvergüenzas de aquellas francachelas el que más destalonaba zapatos bailando, y siempre asistía a ellas sin su esposa. Lo que más preocupaba a aquellos grandes dirigentes que amaban tanto a su país, era que Cecilia no acababa por salir embarazada, y hasta se trajo al médico que trataba a la Sofía Loren.

Aquella Venezuela sí era bonita, no esta, nojoda, regida por un negro grosero, violento y amigo de Fidel Castro.

A Cecilia, quien mejor la entretenía era el socio estrella del Country, superministro de economía Carmelo Lauría, porque este borrachito tenía una especial calidad humana para explicarle los decretos de Pérez. Se los llevaba ordenados por carpetas de colores, y mientras él campaneaba un buen whisky y ella un buen champaña, uno a uno se los evaluaba con la misma sapiencia y pedagogía que aplicaba en sus conferencias en la UCAB. Allí le decía que en el mundo habían desaparecido para siempre el sentido de términos como imperialismo, explotación, dominación y monopolio. Cecilia estaba sorprendida de que todo fuera tan simple y banal, mejor dicho que la banalidad fuese la reina de todas funciones del Estado, y que aquello que una vez lo imaginó plagado de sublime complejidad no pasara de ser algo que se explica como una receta de cocina.

Cuántas horas el analfabeto de Gustavo Cisneros compartiría con la analfabeta Cecilia Matos. Quizá hablándole de las nuevas tecnologías.

Para aquella época los socios del Country se dividían en dos clases: los cecilianos y los apóstatas, y los que deambulaban como moscas dentro de AD para mantenerse al lado del gran sultán, tenían que mostrar un especial talento para la cursilería. Los periodistas de Venevisión (que la mayoría están hoy en Globovisión) no estaban, digo, para ir a La Lagunita y captar cuando llegaba en helicóptero Cecilia Matos, ni para perseguir a Pérez cuando salía a buscarla, ni para recoger las imágenes de cientos de policías resguardando la zona donde se encontraban aquellos amantes. En Venevisión nadie podía nombrar las palabras “Los doce apóstoles”, ni someramente mencionar a la dama de compañía de Cecilia, misia Gladis López.

La gente del Country se cansó de ver cómo utilizaban docenas de vehículos del Estado, docenas de policías y militares para proteger a Cecilia: aviones de la Fuerza Aérea, lanchas, carros blindados. Aquella Venezuela sí era bonita y todo estaba en paz, y había ritmo, amor y sueños.

Ciertos empresarios, o socios del Country, que se disputaban servirle a la reina Cecilia Matos, los mismos que se alzaron el 2002 contra Chávez, fueron de los que le prestaron a ella la Quinta Colibrí, situada en La Castellana, cerca de un edificio donde CAP tomaba lecciones para dominar los pasos furiosos de Travolta. Diego Arria, sin duda también socio, tomaba lecciones en los cabarets de Pérez, y cuando Cecilia Matos se fue a descansar (no se sabe por qué) a El Hatillo en su mansión Giraluna (con 44 hectáreas boscosas), la carretera Unión le fue asfaltada por este enano Arria, gobernador entonces de Caracas. Esta mansión de El Hatillo la había adquirido Cecilia con la ayuda de Gumersindo Rodríguez y un empresario colombiano de nombre George Valey Norzagaray, primo de CAP. El entonces, Enrique Delfino, poderosísimo empresario, dueño de Delpreca, promotor de Parque Central y de las empresas constituidas con el Banco de los Trabajadores, Bantrab, para un descomunal desarrollo urbano de 10 mil millones de bolívares, etc., etc., aparecía como el comprador de la mansión de La Lagunita, y también de la quinta Giraluna. De esta casta de empresarios, surgirían los que se lanzarían al paro del 10 de diciembre del 2001, al golpe que encabezó Pedro Carmona Estanga y el criminal paro petrolero que duró tres meses, y de los cuales todos fue artífice Gustavo Cisneros junto a los medios de comunicación. De aquella casta venían los Cisneros cuadrados con Pedro Tinoco (el más chulo entre los chulos de CAP), el hombre más rico de entonces, quien tuvo sus veleidades presidencialistas con aquel partidito que se llamó AVI. Pedro Tinoco era la fuerza y el condón de los doce apóstatas, y el epicentro de éstos era Cecilia Matos.


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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

 jsantroz@gmail.com      @jsantroz

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