A 90 kilómetros por hora en Margarita

El venezolano se caracteriza por chévere y amigable del mismo modo que por bullero y mamador de gallo, irresponsable e impuntual, mentiroso o cobero, vivo o pícaro, listo o avispado, salío y jembrero, a más chabacano e ignorante. Tal es nuestro estigma, aunque duela decirlo. Sin embargo, eso no representa un peligro público como, por ejemplo, su fatídica manía de meterle el pie a fondo al acelerador para ir a 180 kilómetros por hora si el vehículo lo permite. Esto es una herencia sicológica directa del boom petrolero de las décadas setenta y ochenta, cuando Venezuela se dio el tupé de lucir los mejores autos 8 cilindros de USA, bien que fueran Ford, Dodge o Chevrolet, como ningún otro país de América Latina. Creo que fue Teodoro Petkoff Malek quien escribió que para esas décadas éramos la única nación con más de treinta mil kilómetros de carreteras asfaltadas. Son memorables los innumerables accidentes de tránsito, principalmente choques frontales y volcamientos por exceso de velocidad y alcohol en la vieja carretera Cantaura- El Tigre, así como en las vías Anaco-Barcelona, El Tigre-Ciudad Bolívar, la carretera nacional de Los Llanos (Pariaguán-Santa María de Ipire-San Juan de Los Morros), la Autopista Regional del Centro, la carretera San Carlos-Barinas, entre otras. A esto se sumaba y se suma actualmente la alta incidencia de camiones de carga pesada ancha y extra larga, como gandolas, remolques y autobuses, lo cual sigue constituyendo una tragedia nacional que enluta a la familia venezolana. Cuando viajo por estas rutas nacionales me suelen rebasar camiones tipo Super Duty F-350 a velocidades superiores a los 170 km/h con tres y cuatro toneladas encima de patilla, plátanos, lechosa, periódicos o sacos de cualquier cosa, como si se tratara de simples bólidos de circuitos de carreras. Una barbaridad. Así mismo las camionetas de Pdvsa y demás organismos oficiales, incluyendo la Guardia Nacional. Todo lo que se precie de llevar el logo de Toyota vuela en estas vías nacionales. Costumbre made in Venezuela.

La vigente Ley de Tránsito y Transporte Terrestre estipula en su normativa todo tipo de incidencia en el manejo y conducción de vehículos y determina las responsabilidades, penas o multas pero eso es letra muerta. El Capítulo VI , y los artículo 60 al 66, señalan claramente lo concerniente a la Seguridad y Educación Vial, y más adelante, desde el artículo 110 al 118 lo relativo a infracciones y sanciones administrativas, no sólo por la documentación idónea vigente del conductor y del automóvil, sino por las malas condiciones de funcionamiento de éste, el derecho de vía, el límite permitido de velocidad máxima y mínima, las competencias o piques, el ruido molestoso, las emanaciones tóxicas por aceite quemado, la falta de placas de identificación, el exceso de carga o personas, desatención de semáforos (o comerse la luz), adelantamientos prohibidos y daños de los dispositivos para el control de tránsito, entre otros aspectos. Nadie lee antes de sacar el certificado de conducción, y después de obtenerlo mucho menos. Eso no interesa en lo absoluto.

Esto último, el conjunto de normas vulneradas, es lo que anima el tema de este artículo. La gobernación del Estado Nueva Esparta o tal vez el propio Instituto Nacional de Tránsito Terrestre colocó recientemente, en 2017, varias vallas de señalización de los límites de velocidad en las principales avenidas de la entidad insular. VELOCIDAD MÁXIMA 90 km/h. VELOCIDAD MÍNIMA 70 km/h. Por uso y abuso diario, tradicional y holgado, los taxistas son los peores conductores de la isla de Margarita. Fundamentalmente los llamados avances, quienes trabajan para empresas de taxis o son choferes contratados de particulares a cambio de una renta diaria previamente acordada. Estos miserables del volante no bajan de 120 y 140 kilómetros por hora, y zigzaguean a su entero antojo y capricho. Los llaman los patas blancas, pero estimo que un zancudo, a no ser por las infecciones y virus que trasmiten, como por ejemplo el zika y el chicungunya, el paludismo o el dengue, causan menos daños materiales y muertes que estos locos del volante. Es decir, carecen de elementales normas de respeto a la ley, al ciudadano y a la propiedad ajena, considerando que el auto que conducen, por lo general, no les pertenece, y que al auto que colisionan y perjudican de algún modo, también es una propiedad de alguien. Pero hay otro detalle igualmente significativo. Durante el horario de entrega y retiro de niños en colegios privados y públicos, son las propias señoras quienes meten el pie a fondo, exprimiendo la máxima potencia de sus poderosas camionetas de 6 y 8 cilindros. Para muestra un botón: La avenida Luisa Cáceres de Arismendi, en ambos sentidos: Sambil-Cocheima, Cocheima-Sambil, o lo es lo mismo, entre Pampatar y La Asunción y viceversa. ¿La razón? En ese eje se encuentran los más preciados colegios privados de la isla de Margarita y los ricos tienen plata para tirar para arriba, pase lo que pase. Una calamidad vial.

La velocidad de 80 km/h es quizás la más adecuada para el estado Nueva Esparta. Existe un gran congestionamiento de vehículos y muchas unidades en mal estado, críticos en la disposición de cauchos. Las pocas avenidas se convierten en focos de accidentes por la imprudencia, porque a pesar del mantenimiento intermitente de las vías, estan mucho mejores que las de Anzoátegui, Monagas y Bolívar, por ejemplo. Es muy extraño que un defecto en la carretera cause un accidente. En días recientes he sostenido la velocidad máxima de 90 km/h en la avenida Luisa Cáceres de Arismendi y recibo a cambio hostigamiento y maldiciones por parte de conductores de ambos géneros, quienes pegan sus camionetas a medio metro de mi auto, tocan la bocina y realizan maniobras agresivas, por cuanto sienten que este despiadado e ignorante mortal les obstruye su vía rápida. Dentro de sus mentes esta ese venezolano y esa venezolana cochina y cochina con su conciencia y con las leyes de este país. Una redonda falta de sentido común, de educación ciudadana y de normas de convivencia. No hay respeto y no hay orden porque no hay castigo.

La solución a esta situación es realmente sencilla. Primero, disponer fiscales de tránsito en las vías "rápidas", provistos de pistolas indicadoras de velocidad para atrapar in fraganti a los infractores. Segundo, retenerles el vehículo por al menos 72 horas e imponerles multas significativas y, tercero, crearles expedientes conforme al artículo 116, hasta la definitiva suspensión de la licencia de conducir. Quitando del medio al abusador, reinará la tranquilidad y podremos transitar libremente en un estado seguro. De lo contrario, ese enorme gasto en vallas terminará en derroche y en nada. Ya se observan los avisos manchados en señal de burla. Un Estado que se deja burlar es un Estado vulnerado. O hay Ley o hay desorden.



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José Pérez

Profesor Universitario. Investigador, poeta y narrador. Licenciado en Letras. Doctor en Filología Hispánica. Columnista de opinión y articulista de prensa desde 1983. Autor de los libros Cosmovisión del somari, Pájaro de mar por tiera, Como ojo de pez, En canto de Guanipa, Páginas de abordo, Fombona rugido de tigre, entre otros. Galardonado en 14 certámenes literarios.

 elpoetajotape@gmail.com

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