El Libertador y el general Lara

—Guzmán Blanco, fiel a su arquetipo de Napoleón III: El arzobispo Guevara y Lira es expulsado del país por negarse a dar un Te Deum en honor de su ejército vencedor. Es sustituido, por mandato presidencial, por Monseñor Arrollo Niño, obispo de Guayana, quien posee documentos donde se prueba que el execrado Manuel Piar es hijo bastardo de una de las mujeres de su familia. Monseñor publica un opúsculo sobre el tema. El caudillo se siente maculado. Pocos días después de la publicación, muere súbitamente (envenenado) el prelado y desaparecen todos los ejemplares.

A la caída del sol, toda Angostura sabía, con excepción del acusado, que Manuel Piar, General en Jefe de los Ejércitos de la República, sería ejecutado al siguiente día, (16 de octubre de 1817) a las cinco en punto de la mañana.

Manuel Piar en su celda de Angostura ve despuntar el alba, mientras desgrana sus últimos recuerdos. Dentro de pocos momentos marchará hacia el paredón bajo la acusación de insurreccionar las castas contra él. Carlos Soublette, quien ha servido de fiscal, al fin se salió con la suya. Ha sido elocuente en sus pruebas, hasta el punto de convencer al bueno de Brión de su culpabilidad. Su compañero de infancia y de tantas aventuras también lo ha condenado a muerte. Su voto es el único que le ha dolido hasta las entrañas, ya que los otros lo odiaban con tanta saña como él los odiaba a ellos. Fue ese odio abismal, perenne, creciente y confuso el que lo llevó a su destrucción. Luego del desastre de Ocumare y de aquella Pepita Machado, que tanto mal les causó a todos, él, luego de perder todo, hasta la misma mujercita, se refugió nuevamente en Haití, donde la bolsa de Petión lo hospedó pendejamente, prometiéndole éxito en la tercera intentona. Tal era su desesperación que por tercera vez intentó suicidarse. De haberlo sabido yo, no se me hubiese ocurrido aquella propuesta que resultó tan fatal. Los orientales habíamos liberado buena parte del territorio del poderío español. Haciendo de tripas corazón para aguantarnos mutuamente, estábamos discutiendo sobre la necesidad de un Jefe único, cuando alguien asomó la idea de que eligiésemos a José Francisco Bermúdez. Mi odio por Bermúdez era todavía mayor del que sentía por él. Sus ojos verdes se achican, arruga la frente, vuelve a Cumaná nueve años atrás. Bermúdez tenía una hermana muy bella y señorial. Luego de cortejarla por varios días tras la ventana, logre que sus padres me concedieran el permiso necesario para visitarla en el salón de su casa.

"Esa, muy calurosa, estábamos de gran palique cuando apareció Bermúdez hecho un energúmeno, reclamándole a su madre que con qué derecho ella permitía que ese mulato inmundo visitase a su hermana. Que acaso olvidaba el preclaro ancestro de los Bermúdez de Castro hasta el punto de permitir semejante abyección. Yo nunca había sido enfrentado e injuriado de tal manera. Caí en tal estado de confusión y vergüenza, que, antes que enfrentármele, salí corriendo hacia la calle, mientras adentro se oían los insultos de aquel hombre y los lloriqueos de las mujeres. Nunca una afrenta me había dolido tanto, juré vengarme, tarde o temprano, de José Francisco Bermúdez. Tuvieron que pasar tres años para que se me presentase la oportunidad. Fue el año 13, cuando un grupo de patriotas, entre los cuales estaban Bermúdez y su hermano Bernardo, partimos de Trinidad y desembarcamos en Venezuela enciendo la guerra en tres cuerpos. Yo quedé bajo el mando de Bernardo Bermúdez, quien, aunque no tenía la fiereza ni la maldad de José Francisco, sí tenía el mismo hediondito de aquel hacía las castas y la gente de color. Como yo tenía más ascendiente con los soldados de nuestra compañía, y como ya me había decido a pasar por pardo, fui soliviantando el ánimo de la gente, diciéndoles que los mantuanos nos despreciaban a todos. La especie, que no era falsa, prendió como la pólvora.

Cuando Bernardo Bermúdez vino a darse cuenta, yo era el jefe de la tropa. No tuve necesidad de atropellarlo para quitarle el mando, le dije frente a los soldados: "¡Usted!, ¿sabe cómo es la cosa? Que de aquí en adelante el jefe soy yo; queda usted destituido. Aunque yo no pensaba matarlo, como él supuso, huyó temeroso del campamento, Luego de mucho andar, escuchó en medio de la noche risas y gritos. Creyendo que eran los nuestros, no se le ocurrió nada mejor que gritarles. "¡Viva la Patria! ¡Yo soy el general Bermúdez!". Pero no eran patriotas sino realistas, y mandados nada menos que por un pulpero español de Cumaná llamado Cervériz, quien tenía particular inquina a los mantuanos: su única hermana, por culpa de unos amores contrariados con uno de ellos, se había suicidado. Cervériz se llevó a Bermúdez a Cumaná y, luego de hacerle un Juicio sumario lo condenó al fusilamiento, el cual se hizo a los pocos días con todas las de la ley. Sin embargo, Bermúdez tuvo la suerte, o la desgracia según se vea, de que las balas no lo mataron sino que lo hirieron gravemente. De acuerdo con la costumbre española, se le respetó la vida y se le trasladó a la enfermería, donde al paso del tiempo entró en franca mejoría. En esos momentos los patriotas avanzaban sobre Cumaná al frente de José Francisco Bermúdez y obligaron a Cervériz a retirarse. Y ya lo hacía precipitadamente cuando se acordó de que en la enfermería estaba el hermano de Bermúdez. Para sorpresa de todo el mundo, dio la vuelta a su caballo, corrió hacia el hospital, entro al cuarto donde estaba el herido y le dio cruel muerte con su propio sable.

José Francisco cayó en la locura homicida al encontrárselo muerto: Conduciéndose igual o peor de lo más tarde hiciera Boves, pasó a cuchillo a cuanto español encontró en Cumaná y a todo aquel que hubiese tenido algo que ver con los realistas. En su locura, clamaba que la culpa de todo la tenía yo, tildándome de mulato maldito y de cuantas barbaridades se le ocurrieran.

Aunque al paso de los años bajó aquella rabia asesina, el odio entre nosotros siempre fue permanente. El por hallarme culpable del asesinato de su hermano, y yo, por aquella tremenda humillación de que me hizo víctima. Y aunque en dos ocasiones sumamos esfuerzos para quitarnos de encima a Bolívar, la pasión destructora no cejaba entre él y yo. Por eso, cuando propusieron que fuese Bermúdez el comandante supremo de los ejércitos orientales, yo, nada más que por joderlo, propuse que fuese Bolívar. Arismendi, quien siempre ha tenido veneración por ese fatuo, me apoyó entusiasta, haciendo otro tanto Mariño, que en esos días estaba arrechísimo con Bermúdez. De ahí salió la jefatura de Bolívar nuevamente y le mandamos de emisario al Dr. Zea, para que lo fuera a buscar en nombre de ellos, que no el mío. Ya que yo tenía mis propios planes y mi propio ejército. Sabía perfectamente que mientras ellos se iban a encerrar en un mariquerón, yo perfectamente, con mis hombres, podía poner la mano a Angostura y a las misiones, llenas de riqueza agrícola, indispensable al éxito de la guerra; tal como lo llevó a cabo y dentro del mayor éxito. Pero me equivoque de plano. Cuando tenía todo a mi favor, llegó Bolívar, y con esa magia que no se le pude negar, me apepaloné sin darme cuenta y, cuando abrí los ojos lo hallé dueño de la situación y yo abajo. Tan pronto reaccioné, comencé a conspirar, acusando ante la tropa, y con toda razón, a Bolívar y a los mantuanos de querer mantener el mismo estado de cosas que existía antes de la Independencias. Me traicionaron, me descubrieron y aquí estoy pronto a comparecer ante Dios, por obra de este hombre que aún no sé si, además de ser mi verdugo, es mi hermano.

El toque de diana entró con los primeros rayos del sol. Redoblaron los tambores. Manuel Piar, precedido por un cura, salió de la cárcel en dirección al paredón de la Iglesia en la acera de enfrente, en una casa de dos balcones, el Libertador, acompañado por su edecán Bernardo Herrera, contempla la escena que se desarrollaba abajo. Por orden expresa suya, no se degrada a Piar y se le concede el honor de dirigir su propio fusilamiento. Cuando la voz metálica del reo grita a los fusileros: "¡apunten!", no puede contenerse y abandona el balcón. Al escuchar la descarga, se cubre la cara con las manos y emite un sollozo: ¡Dios mío! ¿Qué hecho? ¡He derramado mi propia sangre!"

—Se llamaba Manuel Piar y era un general de verdad, verdad.

¡Bolívar, Piar y Chávez Viven, la Lucha sigue!



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Manuel Taibo


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