Ascensos y retiros militares

Durante la semana pasada, los venezolanos tuvimos la oportunidad de observar unos acontecimientos que se han convertido en parte del ritual del Estado: los ascensos y retiros de los profesionales que conforman los cuadros de comando de la Fuerza Armada. Pero sin duda vieron hechos que alteraron esa liturgia. Un nuevo general en jefe, que no responde al paradigma de “apoliticismo” con el cual se ha disfrazado la imagen de los líderes militares. La continuación en servicio de oficiales que cumplieron el tiempo “legal” de ejercicio profesional, acompañada de la notoria presencia de ancianos generales reincorporados a las filas activas del aparato de defensa. Todo unido a una ruptura de la “solemnidad” del culto por la interferencia de familiares y amigos interpuestos entre el “otorgante” de las “gracias” que suponen el ingreso a la “aristocracia militar”, y el laureado con la distinción.
Como me lo comentara el gobernador Diosdado Cabello, ese ceremonial es un anacronismo. A lo que añado, es una contradicción a las ideas del “ciudadano-soldado” y “el pueblo en armas”, inscritas en el espíritu, propósito y razón constitucional y legal, que reflejan las ideas imperantes en el acto independentista de 1811. No recuerda la historia la ceremonia de ascenso del General en Jefe José Laurencio Silva, el patronímico de mi promoción de oficiales, ni su pase al retiro a muy avanzada edad. Tampoco resuena ningún acto con tales propósitos para ninguno de los distinguidos militares que lideraron las luchas de independencia, y las realizadas para lograr la integración del país y del pueblo venezolano. Las leyes castrenses no imponían “tiempo de servicio”, ni las jerarquías y grados militares las condicionaban “antigüedad” en cada empleo. Solo la competencia y las necesidades de la organización se usaban como criterio para otorgar ascensos, y la mala conducta: la enfermedad, ligada a la falta de capacidades físicas y psíquicas exigidas para cada función: y, la voluntad del profesional, eran motivos para el retiro. El ascenso es una recompensa al mérito, rezaba el precepto legal.
No extraña que esta práctica haya sido exaltada por la oligarquía de partidos/empresarios, que dominó el Estado durante los últimos 61 años. Estaba entre sus fines establecer la dicotomía civil/militar, para lo cual era indispensable conformar una casta con los cuadros militares. Se resaltaba con la ceremonia la “soberanía” de las cúpulas que representaban al pueblo. Eran la garantía del dominio de una guardia pretoriana para defender sus intereses. Una cohorte que estaba al servicio de los cónsules del imperio en el país. La potencia que ha convertido sus propias legiones en sicarios del capital. Empero, allá no se cayó en este extemporáneo ritual, propio de las monarquías aristocráticas. Ello desdibujaba la idea que expresase Alexis de Toqueville sobre las fuerzas militares de la “democracia americana”, aunque desterraran el servicio militar, convirtiendo sus soldados en mercenarios, miembros de una burocracia.

alberto_muller2003@yahoo.com


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Alberto Müller Rojas*


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