De marchas, contramarchas, aumentos e inflación descontrolada. O cómo no cayó el estado que debía caer (II)

De niño solía ser muy curioso. Me gustaba ver el famoso Índice Bursátil en RCTV.

Me intrigaba saber por qué el petróleo costaba 5 dólares americanos por barril cuando todo se hacía con ese maravilloso y desconocido elemento al que jugaba descubrir en el patio de la casa donde vivía para que mi madre no tuviera que ir a una cola dantesca en el Banco Industrial de Platanal a cobrar, por más de 3 años, 3500 Bs, -los cuales aumentaron a 7500 cuando aparecieron los billetes de dos mil Bs y cinco mil Bs-.

En mi mente aquello no tenía cabida. Este era el país de las maravillas, donde "Todo el mundo gana con la privatización", era el país de la democracia y los bancos quebrados y la miseria y los golpes a los ancianos que exigían una pensión con sabor limosna y los barrancos y la lluvia sobre el perro que compartía los parásitos con los niños que vivíamos hacinados en los cerros de Lidice, de Petare, del 23 de Enero, de Barrio Central; de Venezuela.

Sin embargo el asunto que más me descuadraba de aquello, es que cada infame economista que se cruzaba por aquel infame canal de TV, señalaba la imposibilidad de aumentar el salario mínimo venezolano para evitar un incremento en los precios de los productos básicos, a la par que remarcaban que la idea de congelar los salarios, era la mejor estrategia para brindar estabilidad a la maltrecha economía venezolana de la cual, hoy no se suele hablar mucho pero en mis recuerdos, era tres veces peor, aunque un poco menos indignante.

El asunto salarial es un tema sumamente sensible. Puedo sentarme frente al papel y escribir 900 páginas sobre el plusvalor solamente tras haber leído el Salario, Precio y Ganancia de los dos barbudos aquellos. Nos podemos poner a discutir sobre la subjetividad del salario y usar a la Cataluña republicana como ejemplo de Utopía. O incluso, podemos decir que el pago por horas es una bendición y que Mc’ Donalds salvó al mundo de los comerciales con aquel payaso alucinógeno y burlón.

Pero en las calles, la realidad es mucho más sensible y el asunto salarial toca las fibras de todos aquellos que hemos sido explotados por el capital privado, por el estadal, por el militarista, y por el más terrible de estos, el "boliburgues". Aquellos que leen estas líneas –de estar familiarizados con el tema- comprenderán de qué hablo. Esperar el fin de mes o la mitad del mismo, es una situación espeluznante, humillante, y de cierta forma, macabramente esperanzadora.

¿Cuántas veces nos hemos detenido frente a una vidriera o en algún almacenador de alimentos a pensar, "Con el salario del mes próximo"? ¿Cuántos de nosotros nos hemos puesto a sacar cuentas para ajustar lo más que se pueda el delgado estipendio mientras pensamos en cuanto estará ganando el –por lo general mediocre- que se encuentra por sobre nosotros? O como a los marxistas más ilustrativos –gracias a todos los dioses no todos son un grupo de dogmáticos religiosos- les gusta señalar, ¿Cuántas horas de tu vida, que no recuperaras, costó el par de zapatos que en menos de un año solo poseerá el 10% de su valor de cambio?

Desde que la revolución Bolivariana se hizo con el control del estado, el presidente Chávez, quien de cierta forma vivió esa terrible situación, impulsó, una serie de ajustes salariales para todos los trabajadores del país. Y si bien, esto causó ciertos movimientos telúricos en cuanto a la inflación y la devaluación de la moneda –ese maldito papel sin alma como diría Judorosky- se demostró que nos habían mentido toda la vida y que el responsable único y directo de la inflación era el aumento de salarios.

La realidad era más oscura. La economía se maneja bajo hilos densos y titiriteros perversos.

No es necesario hablar de los 19 aumentos salariales combinados entre Chávez y Maduro, así como tampoco es necesario tendernos sobre la mecánica encontrada por la derecha para cartelizar precios de forma muy alta y a la par, causar inconvenientes absurdos en la producción y distribución de los productos necesarios para vivir bajos los entandares de la sociedad moderna –en la cual yo quiero vivir-.

Cuando me enteré de un nuevo aumento salaria esgrimido por el presidente Maduro pensé por un momento que se trataba de una bravuconada. Y es que un aumento del 50% sobre todos los salarios de todos los trabajadores del país, no puede hacer sino ponernos a pensar muy profundamente.

Es claro que el vendedor de perros calientes que trabaja en la esquina, que gana 7mil Bs. semanales trabajando de lunes a sábado de 5 de la tarde a 12 de la noche, merece un aumento, esto a pesar de que en su trabajo no produce nada. Está claro que una enfermera en un hospital, merece más que los 14 bolívares algo en los cuales está el salario mínimo venezolano a la hora de publicación de estas líneas.

Mi problema no es ese, mi problema es que esta medida también aunará a un montón de improductivos, mediocres, burócratas, y lastras para la revolución bolivariana. Por ejemplo, un cargo medio, digamos director general de una alcaldía en un pueblo entre los llanos y la zona industrial. Un sujeto enteramente innecesario, parasitario, charlista y vividor, cobra hoy, 30 mil Bs. quincenal, eso quiere decir, que a partir del jueves, ese sujeto, que debería ser condenado por la revolución, va a cobrar ¿45 mil bs?

Es decir, mientras a algunos, debido a los mecanismos de la guerra económica, este aumento nos va ahogar aun más, los (introduzca nombre aquí) del país van a poder comprar un saco de arroz solo con una quincena.

Dentro de la economía rentista, capitalista, y de derecha, que parecemos incapaces de superar, es de esperar que la cartelizacion de los precios de los productos, a partir de la quincena próxima, sea abrumadoramente agobiante, especialmente para desempleados, independientes y tercerizados o sub contratados.

No me gustaría terminar estas líneas –mucho mas largas de lo que acostumbro- de una forma tan enteramente pesimista. Creo que tras el ajuste de precios visto, esa medida era justa y necesaria. Sin embargo, me uno a las voces de aquellos que exigen una congelación inmediata de precios, a la par que, exijo junto a muchos más, que el incremento en cuestión no sea igualitario para los que se esfuerzan cargando sacos de arroz en un mercado, y los que se sientan con las piernas estiradas en una oficina con aire acondicionado a enviar animaladas en Twitter.



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Fex López Álvarez


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