¡Qué revolución! Raspacupos y bachaqueros la misma vaina son. No dejaron ni jeringas

"Volver leña", como bien sabemos, en el lenguaje coloquial venezolano, significa reducir algo a su más mínima expresión. Es desforestar un bosque de manera total; destruir de manera casi absoluta. Hacer, de lo que antes existió, otra cosa, no solo distinta sino depreciada. Dejar lo que fue un árbol en pedazos para encender candela. Estamos como si por aquí hubiese pasado Atila, aquel llamado "rey de los hunos", quien según decía "donde pise mi caballo no crecerá la hierba".

El petróleo bajó drásticamente después de haber llegado a un límite casi de locura. Los administradores del país, al parecer, se ajustaron a aquellos niveles de ingresos y comenzaron a gastar sin recato ni medida. Pero no es esta última caída la primera, aunque quizás la más drástica, no por el bajo nivel al que descendió ahora, sino el más alto que alcanzó unos años atrás. Chávez al llegar a Miraflores encontró un precio de siete dólares y mientras maniobró para llegar a que subiese, el país funcionó con dificultades, recortes y apremios, pero marchó.

Es decir, después de haber disfrutado unos ingresos inesperados por unos pocos años, al producirse la caída, que los pronosticadores, técnicos, especialistas, expertos en vaticinios, brujos o maleantes, debieron prever, nos agarró con el arco desguarnecido, las defensas por detrás de la ofensiva y en la más absoluta carraplana. Mientras esto sucedía la clase adinerada, empresarial, participaba en el festín, no ofrecía ni ejecutaba nada distinto, pues parasitaria es. Y además, no se conformó que el gobierno le permitiese acumular como nunca antes y sacar como con incontinencia dólares al exterior, sino que se empeñó que hasta les entregase el mando. Ahora cuando el petróleo poco vale, empresarios y Estado exprimen a la gente toda. Los primeros especulan sin medida y acumulan ansiosamente con sus importaciones y lo demás. El segundo, al haber perdido, es cierto, una fuente cuantiosa de ingresos, optó por reciclar el dinero que va a las manos de la gente para regresar a él a través de las cuentas del IVA. ¡Cómo celebra el gobierno lo captado por la vía impositiva! Obvia de donde parte esta.

Nos pasó como al borracho, quien después de haber cobrado la quincena, que fue abundante, se metió una farra sin medida y al día siguiente amaneció, no de bala, como el poema del Chino Valera Mora, sino en la más espantosa limpieza. Se gastó en una sola noche de juerga lo que debía servirle para mantenerse quince días y hasta ahorrar para los imprevistos y el futuro.

Por supuesto, de esos excesivos gastos, hasta ostentosos e injustificados, tratando que el venezolano alcanzase no el socialismo sino la forma de vida consumista que idealizan los partidarios del capital, justamente para inflarlo, viene parte de esta situación espantosa que vivimos. Revisemos la conducta del venezolano de pocos años atrás. Recordemos las denuncias acerca de los niveles que alcanzamos en materia de importación de cosas no vitales, sino innecesarias. En la casa del venezolano de ahora, de la clase media, tomando esta como referencia porque no tiene dolientes en el proceso revolucionaria y es fácil culparla, sin que nadie se sienta obligado a defenderla atropellándole a uno, hay por lo menos un televisor, computadora, nevera y hasta congeladora, por persona, cuatro vehículos costosos donde sólo viven dos personas. El capital internacional de la gran industria, y en ello están gringos y chinos, por sólo mencionar esos dos, en ese período de locura nos saturaron de sus cosas. Le dimos un valor al dólar como para atragantarnos una noche. El socialismo se asoció al consumismo y el regreso de aquella cuarta republicana frase, "ta´ barato, dame dos". Al venezolano le generaron la idea que socialismo era que todo el mundo no sólo tenía derecho, le estaba abierta la posibilidad y hasta el deber de viajar al exterior y comprar más de lo mismo que aquí compraba a una tasa de cambio de locura. Así nació aquella aberrante idea de los dólares preferenciales que tuvo a los bancos repletos de gente con sus respectivas carpetas para que cada quien reclamase y disfrutase "mis dólares preferenciales". Entonces el número de solicitudes de pasaportes se equiparó y quizás hasta superó al de cédulas. Los pasajes de avión se vendieron como arroz. Todo el mundo quiso viajar para aprovechar "mis dólares" que el Estado "regalaba", pues la tasa preferencial estaba muy por debajo del valor real de la divisa gringa. Así apareció aquella especie de adelanto de lo que ahora llaman bachaqueros, los conocidos raspacupos. Pero para completar o hacer más esplendoroso el festín, inventamos aquello de la compra electrónica; con esta incorporamos a quienes no podían viajar o no querían "por miedo a los aviones".

A aquella locura, de la cual disfrutó todo el mundo, sobre todo los que siempre han tenido ojo zahorí para los negocios, compradores de dólares compulsivos quienes les colocaron en cuentas fuera del país, se unieron los corruptos nuevos, de dentro y fuera de la administración pública, que aprendieron rápido el arte de enriquecerse en medio de aquel festín, donde la mayoría no actuó como tonta, inocente, sino borracho que se traga la quincena en una noche. Mientras los pendejos, los borrachines empinaban el codo y se embriagaban creyendo estar "bien equipados", los sobrios malandrines, entre ellos consejeros de dentro y de fuera, se llevaron cubiertos, manteles, vajilla toda y hasta la bebida, de la cual como se acostumbra en Venezuela, y como televisores y computadores, la fiesta estaba abastecida en un per cápita calculado en exceso.

De aquel festín no sólo nos quedó la resaca. El dolor de cabeza, náuseas y mareos; la inapetencia, falta de equilibrio y desgano o depresión, sino más que eso. De repente, aunque en verdad de manera muy cruel, poco a poco, con la misma parsimonia y masoquismo de las películas de terror, se nos ha venido una pobreza inimaginable y desconocida hasta para las generaciones de la tercera edad.

Un pollo asado, en cualquier local comercial, cuesta el 33 por ciento del salario mínimo. Es decir, con este, apenas se podrían comprar tres de esas aves y vaciamos la tarjeta de débito que debería alcanzar para un mes. Recibimos apenas cerca de doce dólares mensuales por pensión o salario mínimo, si dejamos de caernos a embustes y calculamos tal como lo hacen quienes nos venden las vainas, y no de acuerdo a precios subsidiados ni dólares preferenciales, que solamente alcanzan a un pequeño número de mercancía y que además uno, el pendejo, nunca encuentra, porque "los números se acabaron". Pero no es de esto lo que queremos hablar; como tampoco del costo de la comida, ausencia de medicinas de todo tipo sino por haber llegado al nivel del desamparo.

Desde hace dos días busco, para una de mis nietas que es bailarina clásica, en eso tengo dos, ambas excelentes y perdonen la pedantería, que sufrió un pequeño percance en sus ensayos, tres medicinas indicadas por los especialistas; de ellas apenas hemos conseguido dos, moviendo a unas cuantas personas. En esa búsqueda, me he enterado, porque está dentro del mismo interés y propósito, que hallar jeringas o inyectadoras, como decimos nosotros, es una tarea muy complicada por no decir difícil y tampoco imposible.

Cuando llegamos a esto, lo creado por la derecha política y sus aliados, las clases que manejan el asunto de la comercialización incluyendo medicinas, que según Eduardo Samán sacan por el Zulia (¿Para dónde se las llevan?) y quienes tienen la responsabilidad que eso no suceda, la gente del gobierno, es necesario pensar lo que vamos hacer. ¿A los venezolanos honestos, quienes no robamos, especulamos, ponemos sobreprecio, no nos resarcimos en cada operación cambiaria, no acumulamos dólares de los preferenciales o comprados a precio de mercado esperando y deseando no "que te pongas más barata" sino al contrario, que subas de precio, que futuro nos ofrecen?

¿Qué pensar, esperar de una gente, tanto en el gobierno como en la oposición y sobre todo quienes manejan el capital, que las actuales circunstancias, cuando todavía formalmente no han estallado las granadas, tronados los cañones, aviones no han dejado caer su carga genocida y la infantería no ha lanzado su grito de "a la carga", en el país, porque el precio del petróleo ande "apenas un poco por encima de 30 dólares", no se consiga, además de tantas cosas, las imprescindibles jeringas? ¿Cómo reaccionar si alguien muere porque sus dolientes no hallan una de ellas?

Hasta en el frente de batalla, el grupo de primero auxilios lleva de aquellas en número apreciable. Si no, ¿pa´ que carajo están allí? Es tan elemental como portar algo con que hacer un torniquete.

 



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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

 damas.eligio@gmail.com

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