Cuando pobreza y desempleo eran delitos. ¿Quieres que eso vuelva?

-"¡Ciudadano, ponga las manos contra la pared!"

Así, la "autoridad uniformada", de la IV República, increpaba al primer pobre y además joven que se le pusiese por delante. "La autoridad" seleccionaba estrictamente; no bastaba fuese joven el abordado, ese no era para el único indicio para sus tristes fines, tenía acompañarse con signos de pobreza y hasta hambre pintadas ambas en su cuerpo todo, vestimenta y rostro.

-"¡Ahora voltéese lentamente y no intente nada extraño porque le quemo!"

Todo aquello siempre se expresaba en ese tono agresivo, regañón, amenazante y por demás humillante, como quien dando por hecho que aquel carajito había cometido el delito que estaba persiguiendo. Parecían aquellos "agentes del orden" y dotados de la autoridad suprema, formados en la escuela lombrosiana, por lo que detenían a aquellos humildes muchachos poniendo énfasis en sus rasgos externos no ajenos a la pobreza.

El asustado jovencito, sabiendo bien del habitual proceder de aquellos "agentes del orden", quienes no se andaban con recatos para violar eso que ahora todo el mundo defiende, sobre todo quienes respaldaron y formaron a los agentes de esta historia, y llaman Derechos Humanos, o lo que es lo mismo, no exigían mucho para golpear con peinilla, culata de fusil, cacha de revolver, patear y hasta tirotear a cualquiera que protestase o diese la menor muestra de rebeldía, daba el frente con humildad, las manos levantadas y hasta la cabeza baja.

-"¡Muéstreme su cédula!", volvía ordenar con rudeza el "agente del orden", "la autoridad" a aquel joven rendido y dispuesto a soportar todo lo que sobre él cayese, pues ya de por sí la sociedad le estaba abatiendo.

Pero le pedía un documento, la cédula de identidad, que por incompetencia del gobierno, pocas personas, entre estas muy pocas de la pobreza, tenían la fortuna de poseer. Si acaso, los más sortarios o cuidadosos, pudieran portar lo que llamaban "un comprobante". Un documento con los datos necesarios del portador, un número de registro ciudadano, sello y una nota que parecía escalofriante; "Válido por 180 días"

El afortunado que aquel documento portaba no se salvaba de la saña policial; pues quedaba en manos del gendarme, "agente del orden", aceptar aquel documento como válido; si decidía no aceptarlo ya iba preso, se le atropellaba como todos aquellos, siempre en mayoría que no lo portaban. Y era así, porque el documento laminado que debía entregar el gobierno al solicitante muy pocos lo poseían. Aun quien ponía supremo empeño en obtener ese documento de identidad, la cédula laminada, podía pasar hasta años sin ella pues cada 180 días, cuando acudía a retirarla, llevando su comprobante, solían citarle de nuevo para 180 días más por distintas razones. "No hay plástico". "Las fotografías anteriores salieron mal". "La impresión de las huellas son defectuosos" y paremos de contar.

Si el agente del orden, sin "la vena atravesada", optaba por aceptarle al infeliz muchacho aquel comprobante sucio y hasta con demasiados dobleces, y le mandaba a una fila especial junto a otros "sortarios" como él, todavía estaba sujeto a una segunda prueba.

- "¡Ahora enséñeme su constancia de trabajo!". Este requerimiento era hecho en el mismo tono que se usó para el anterior.

En aquella época las cifras de desempleo en Venezuela eran atosigantes. Más eran, dentro de la población económicamente activa, quienes estaban desocupados que los que trabajaban. El célebre cupo universitario, que dejaba cada año más del cincuenta por ciento de los bachilleres por fuera e iba acumulando una cifra gigantesca en la cola, hacía más enorme la cifra de desempleados. Por eso, no era nada extraño que entre la multitud de jóvenes que circulaban por las calles, no solo predominaban, sino en demasía, los pobres y desempleados, sino que eran muchos los que no tenían cédula y menos constancia de trabajo. ¡Y cómo le temían los gobiernos de la IV República a un bachiller sin cupo y para más desempleado! Esa circunstancia, según la curiosa y represiva actitud de aquellos gobernantes era "un delito por partida doble".

Aquellos dos delitos y hasta tres, atribuibles a los gobiernos de la IV, que buena parte de la población no portase documento de identidad, no gozase de empleo y para más vainas fuese bachiller sin cupo y a empresarios parásitos que no invertían y tampoco contribuían con absorber mano de obra como exigían las circunstancias, se les endilgaban a las víctimas. Entonces a las víctimas las volvían victimarios. Según la muy humanística percepción de quienes piden "cambio ya", que no es otra cosa que volver al pasado, pobres y desempleados y hasta con título de bachiller sin cupo, eran simplemente potenciales delincuentes y enemigos de aquella mal llamada por ellos democracia.

Entonces, en la IV República, el desempleo o estar desempleado, sin cupo universitario, eran delitos, no productos de la injusticia, el neoliberalismo e incompetencia de gobernantes y clases dominantes, componentes de esta misma derecha que quiere regresar al poder. También era delito no portar cédula, porque el gobierno no prestaba el servicio con la misma rigurosidad que "la autoridad" exigía el documento en la calle.

Entonces los cuarteles policiales y todo espacio disponible lo llenaban de presos; no para poner orden alguno sino cobrarle al pobre su pobreza y hacer sentir al desempleado no una víctima del sistema sino un potencial o real delincuente que debía sentirse culpable de lo que en lo habían convertido. Pero también para advertirles a bachilleres sin cupo lo que les esperaba si se les ocurría alebrestarse.

Pero incompetencia, ánimo de reprimir y asustar a la población joven eran tales que, después de tener aquella multitud por dos o tres días detenida, se veían obligados a liberarla para, casi de inmediato, salir de nuevo a la calle a repetir aquella pantomima represiva y amedrentadora. ¿Siendo aquel el comportamiento gubernamental y oficial cómo pensar a salir a protestar contra el desempleo y la pobreza si ese gesto sería como la confesión de doble crimen?

Así fue en el pasado, por eso no creo que los venezolanos estén interesados que aquello regrese. Poner al frente del gobierno gente que haga culpable de sus delitos al pueblo. Y, como todos sabemos, esta crónica, referida a una cosa "pequeña" es parte de una larga lista de atrocidades que ellos cometieron y sin duda volverían hacerlo.

Esta crónica fue escrita dos días antes de los resultados electorales argentinos que dieron la victoria al señor Macri, quien si algo bueno tuvo es haber sido sincero y dicho en plena campaña lo que haría, que es lo mismo que hizo la derecha antes de Néstor Kirchner; de donde allá podrían repetir cosas como las que aquí hemos recordado.

Para votar el 6D, debe meditar sobre eso que aquí cuento y constatar, refrescando su memoria, averiguando con la gente o jurungando viejos papeles; porque la derecha no ha cambiado. Es la misma gente.



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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

 damas.eligio@gmail.com

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