Revolución / lógica burguesa = Capitalismo

El refresco más caro, me lo tomé en los años 70 en la mina de diamante de la Salvación; cuando el precio de venta era de un "medio" (0,25 céntimos o un cuarto de bolívar) a mi me costo 3 bolívares, once veces el precio real; sabia del difícil trabajo de llevar selva adentro todos esos productos pero realmente había una gran especulación que no se vislumbraba, que nadie criticaba porque todos estaban tan ocupados hoyando, surucando, buscando en el gris material, el brillo de la piedra que les cambiara la suerte. Y es que en la obsesión por esa búsqueda el minero no aprecia lo que encuentra, y en la borrachera de sábado y domingo entrega el éxito de su trabajo como ofrenda a la suerte que tal vez nunca llegará; porque en definitiva el milagro está en la capacidad de trabajar y no en el azar.

Ese episodio de mis días en las minas de La Salvación, Guaniamo, El Milagro, La Bicicleta, es igual a lo visto en la otra mina, en la gran mina petrolera, donde nací y crecí rodeado de taladros, balancines, y de otras cosas con nombres que ni aparecen en La Real Academia Española ni en el idioma ingles; rodeado de historias y hazañas de dinero ganado y derrochado, de conocer rara especie de pobres que una vez fueron ricos, todos ellos ligados directamente a la mina.

También conocí en mi pueblo y en la zona de los diamantes, a laboriosos y casi invisibles personajes que su única relación con la mina era lo que estaba en las carteras de los mineros, muchos de ellos venidos de otros continentes; el zapatero remendón, el reparador de cocinas, de neveras de kerosene, la vendedora de tela y su consabida frase, "corte barato baisana", los barberos ambulantes, el sastre, el panadero y pare de contar.

Hoy en mi pueblo las historias mas contadas no son las de los trabajadores pioneros en la actividad petrolera, de cómo se inflaron y desinflaron sus bolsillos, de cómo la suerte los acompañó y luego los abandonó, ni siquiera se recuerda que la imagen del santo patrono la regaló un trabajador en sus días de gloria; hoy las historias mas contadas son las de don tal, o don fulano, todos de apellidos árabes, canarios, o italianos; hoy los héroes son los invisibles de otras épocas.

Lo vivido en mi pueblo y en la zona diamantífera lo veo actualmente en todo mi país, seguimos siendo una gran mina, seguimos apostando a un empleito, a aun reporte de unos tres meses, a "no me des, pero ponme en donde haya", a negocios espectaculares que en unos meses nos transformen de mendigos a millonarios; seguimos apostando a una buena racha, o un golpe de suerte que tal vez nos de la riqueza que buscamos; y nos vemos como en una gran mesa de juego cual truhanes, practicando las más variadas trampas que nos permitan dejar sin monedas a nuestros otros hermanos y si algunos de nosotros el decoro nos impide cometer esa barbarie, entonces nos dedicamos a soñar debajo un árbol, esperando que la riqueza nos caiga del cielo, sin darle importancia a los mangos goteados y podridos en suelo.

Mientras eso ocurre, nuevos invisibles venidos de Asia, sin intensión de un reporte petrolero, ni preocupándose por la cotización del dólar; ni abatidos por la inseguridad, siguen abriendo la oportunidades que clausuramos, subiendo las santamaría que bajamos; siguen encontrando la riqueza que desechamos.

Si hiciéramos un registro fotográfico permanente de nuestras calles y avenidas que gran museo de nuestros efímeros sueños se construiría; en una sola esquina por ejemplo en poco tiempo ha funcionado una venta de repuesto, una panadería, una venta de pollo asado, y últimamente una venta de lotería. ¿Que si somos audaces? Quien lo puede negar, ¿Arriesgados? Claro que lo somos, ¿Inteligentes? También; pero inconstantes, impacientes, indisciplinados y tal vez signados por esa enseñanza minera de encontrar de repente el diamante que nos cambie la suerte.

Ahora esa inconsistencia, esa falta de planificación y de una orientación estratégica viene de un perverso modelaje mostrado por un empresariado chulo, timador, improductivo, parasitario, vividor de las prebendas políticas y de las rentas petroleras por más de cien años. Empresariado sin sentido de pertenencia nacional, buhoneros de alta alcurnia o en otros casos simples franquiciados de empresas internacionales. Salvo honrosas excepciones esa ha sido la escuela, y esa es la lógica dominante hasta nuestros días. Así como podemos construir un museo de tantos fracasados sueños, de ilusorias empresas de nuestro pueblo llano, así podemos hacer un registro de tantos cambalaches y parapetos inventados por nuestro "liderazgo empresarial" para hacerse fácilmente de los recursos del estado, preguntémonos; ¿Cuántos bancos han creado y han fracasado? ¿Cuántas fabricas abandonadas? ¿Cuántas empresas que cambian de nombre para eludir impuestos? Hoy cuando vemos parte de nuestro pueblo negociando con la necesidad de su hermano de clase, bachaqueando con los productos de la cesta básica, no pensemos que es una práctica nueva, sencillamente el pueblo esta haciendo lo que históricamente ha hecho nuestra burguesía: bachaquear.

La cultura minera o rentista ha ido mas allá del plano meramente económico; ha trasversalizado nuestro accionar como ciudadanos y en cualquier expresión o manifestación social la vemos reflejada. Por ejemplo hace poco nos reunimos unos treinta camaradas que compartimos preocupaciones por la situación del país y hablábamos de cómo aportar, de como darle un reimpuso a la revolución, pero note que muchos hacían análisis y lazaban propuestas desde sus posiciones de "generales"; proponían hacer todo un trabajo de lobby, acuerdos y alianzas con otras fuerzas para lograr alcanzar a corto plazo los objetivos revolucionarios. Nadie hablaba del trabajo invisible, nadie hablaba de la construcción desde y con el poder popular, todos hablaban del poder popular de una forma utilitaria como un trampolín para un deseo particular. Escuchando los discursos de esos expertos en el arte de la "política", me di cuenta que son los mismos mineros soñadores, los mismos truhanes, los mismos inventores de empresas instantáneas, buscando el golpe de suerte, esperando como raídos papagayos que una nueva brisa los vuelva a colocar en las alturas; en ese momento me percaté que así como nuestras calles están llenas de letreros y avisos de empresas fugaces así está nuestra historia llena de empresas políticas; solamente en lo que respecta al campo del pensamiento político en el que milito; ¿Cuántos partidos hemos creados? ¿Cuantos movimientos? ¿Cuántos foros de participación? Y cuantas veces hemos sido simple escaleras para que unos vividores disfruten de unos cinco años de diputados, o alcaldes, o de otra posición dentro del poder constituido, a expensa de nuestra entrega sincera.

¿Qué hacer?

Cada día me convenzo que hacer revolución en mi patria primero es enfrentar la cultura minera o rentista y mas que socializar estatutariamente la propiedad sobre los medios de producción es ir avanzando a una producción manufacturera, de transformación, que agregue valor real y que germine nuevamente sobre la base de un trabajo integrador, que una y no fragmente y eso solo es posible desde lo micro, de aplicar la máxima vietnamita de "guerra de todo el pueblo" a la producción de todo el pueblo, eso solo es posible renunciando al gigantismo de las megas plantas e industrias; decía nuestro comandante eterno: "no debemos perder de vista, compañeros y compañeras, la parte medular de este proyecto: no debemos seguir inaugurando fábricas que sean como una isla, rodeadas del mar del capitalismo, porque se lo traga el mar."

Debemos renunciar precisamente al sueño minero de convertirnos en rico de la noche a la mañana, de hacernos potencia sin potenciar las simples células de nuestro cuerpo social; eso pasa por tener más confianza en la constancia y disciplina que en la audacia y la impaciencia. Es ir en contra corriente a la lógica dominante, es practicar y construir en sentido distinto lo que es poder y por consiguiente enmarcado en una praxis política que refleje, que evidencie una ética congruente con el pensamiento que exponemos. Es decir, haciendo.

Trabajar; no para el protagonismo sino para la construcción. Quien trabaja para el protagonismo y la figuración tiene una concepción mediocre del poder y no pasará de ser un caudillo disfrutando de su media hora de buena suerte, pero no aportará nada para la construcción de un espacio de poder que vaya más allá de su tiempo vital.

Trabajar para la construcción, para la transformación, para el éxito y no para el cálculo y las probabilidades del envite y azar. Accionar a la inversa de la política o la cultura de dominación. Como decía Albert Einstein "No esperes resultados diferentes si siempre haces lo mismo"

En nuestra historia podemos encontrar referentes; liderazgos que interpretaron realidades, descodificaron la lógica domínate, diseñaron políticas para transformar esa realidad; establecieron objetivos y trabajaron; léase; trabajaron como simples soldados para obtener la victoria; Miranda, Simón Rodríguez, Bolívar, Sucre fueron unos carajos que tenían un proyecto estratégico y en contra del pensamiento reinante trabajaron sin descanso por sus ideas y la muestra está que a 200 años sus planteamientos tienen vigencia, así podemos decir de Zamora, de Cipriano Castro que nos fueron unos improvisados como lo contaba la vieja historia oficial, fueron soldados que se prepararon y trabajaron en procura de los objetivos trazados. Mas recientemente en nuestra historia y según mi modesta percepción en lo que respecta al campo revolucionario pudiera señalar dos personajes que marcaron estrategias y trabajaron para alcanzarlas con el optimismo propio de quien cree en el éxito de sus acciones sin regatear principios, ni acudir a subterfugios que desechen la ética del trabajo por la posibilidad de una jugada que cambie favorablemente la suerte; me refiero a Alfredo Maneiro y Hugo Rafael Chávez Frías, los dos en distintos tiempo visualizaron objetivos, diseñaron estrategias y sin charreteras y mucha humildad fueron soldados, obreros, artesanos, que trabajaron por alcanzarlos. Y vaya que fueron exitosos en el tiempo que Dios les dio vida. ¿Cuantos desiertos no pasó nuestro comandante? ¿Cuántas reuniones se dieron con una o dos personas? No se desanimó por la adversidad pero tampoco se dejó encandilar cuando al salir de la cárcel le ofrecieron cargos públicos que más que miel era mierda para embarrarlo y trabajó casi en silencio construyendo en contra de la praxis política cotidiana. Igual podemos decir de Maneiro, después de la gran división del PCV que dio origen al MAS, con gran sentido de la realidad entendió que su grado de comandante no era tal en las nuevas circunstancias, que solo era residuo de una división, que el poder real, el poder transformador es el de los trabajadores y visualizó una estrategia, trazó líneas y como simple constructor se fue en busca de la Venezuela que trabaja y lucha para impulsar la organización de esa fuerza revolucionaria.

Ni Maneiro ni Chávez se conformaron a la rutina pragmática y reformista de una izquierda que más que aspiración de poder actuaba por instinto de sobrevivencia tras una diputación, alcaldía, gobernación o hasta donde se lo permitiera el techo puntofijista.

Esos grandes referentes históricos en contraposición a la lógica dominante entendieron un nuevo significado del poder, el poder para la liberación que son espacio de control del sujeto colectivo muy contrario al poder coercitivo y autoritario de la representación burócrata, es el poder constituido bajo la subordinación del poder constituyente, es el pueblo mandando y el gobierno obedeciendo, es el poder del control popular sobre el poder institucional.

Aun con el legado teórico que nos dejaron y parafraseando al comandante Chávez con toda la arquitectura legal, jurídica, empezando por la Constitución; aun estamos entrabados en la praxis políticas heredada de Juan Vicente Gómez; sobreviviendo a expensas del poder político central o del estado rentista; todavía el poder sigue siendo el cargo, todavía el prefecto es una autoridad. Desde una definición matemática pudiéramos decir: Revolución sobre lógica burguesa es igual a capitalismo. Si no actuamos sobre la base de nuestra creación teórica revolucionaria este proceso no pasará de ser un esfuerzo bien intencionado, pero revolución nunca.

Concluyo esta reflexión con lo que pertinentemente expresa la profesora Elizabeth Alves en su libro "Dialéctica del saber emancipador": "La política exige un pensamiento estratégico y una acción creativa y planificada; aspectos abandonados o desconocidos hoy, casi en su totalidad, por los sectores que aspiran a la transformación social. Es imposible imaginar la actuación en política por inercia o dejarse llevar por lo tradicional e instituido, cuando de lo que se pretende es enfrentarlo. La complejidad de la realidad social no puede ser una limitación para su comprensión, sino más bien, la revelación de la necesidad de asumir un método apropiado que sea capaz de permitirnos su aprehensión. De otra forma no podremos incidir en la transformación social deseada.

Hasta ahora, los sectores revolucionarios han tendido a utilizar, conscientes o no de sus consecuencias, el mismo método y los mismos instrumentos que emplea el capitalismo para su reproducción, con la pretensión de transformar al propio capitalismo. Es hora de asumir la complejidad, la diversidad, la dinámica y la multidimensionalidad de la realidad, con un método que nos permita superar, como diría Marx; "la visión de los filósofos que se han limitado a interpretar al mundo de distintos modos; cuando de lo que se trata es de transformarlo"



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José Ovalles


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