Los artesanos prestan servicios, no así lo asalariados

La verdadera fuente de la riqueza nacional

François Quesnay y Adam Smith no pudieron entender que los artesanos eran realmente quienes prestaban servicios a su comunidad conocida como clientela. El primero, porque depositó toda la creatividad productora del trabajador en labores agrícolas[1], y, contradictoriamente, consideró productivo a este trabajador sólo porque la Naturaleza devolvía con creces las semillas cultivadas. Fue incapaz de preguntarse para qué servía el artesano, si la misma Naturaleza le ofrecía materias primas inutilizadas ya para su reproducción y cultivo.

Esa misma ceguera clasista para atribuir creatividad al trabajador artesanal la trasladó Adam Smith al asalariado a quien, si bien le reconocía un mezquino poder creativo, terminó valorándolo sólo cuando lo hacía trabajar en equipo, por aquello de la "división del trabajo".

Ocurre que se ha estado dejando en manos patronales la evaluación del trabajo y del trabajador, a latifundistas y fabricantes en condición de compradores de fuerza de trabajo, a comerciantes a quienes vulgar e interesadamente son llamados empleadores. Eso estuvo vigente hasta la llegada de Karl Marx quien, no sólo hizo del trabajo creativo una exclusividad del trabajador asalariado, artesano o campesino, sino que logró descubrir el verdadero origen de la riqueza acumulable, pero, no para los tiempos de las vacas flacas, sino para llenar ilimitadamente las arcas de dichos "empleadores" con los excedentes de mercancías con valor superior al valor de la paga salarial.

Con la compraventa de fuerza de trabajo, su comprador la usa para poner en movimiento los medios de producción de su propiedad, con lo cual el trabajo realizado pasa a ser propiedad exclusiva de ese comprador quien, como tal, se arroga la prestación de servicios productivos u oferta de mercancías a la clientela correspondiente.

20/09/2015 05:30:26 p.m.


 

[1] F. Quesnay fue un importante terrateniente e investigador empírico de asuntos económicos. Le debemos su famosa Tabla Macroeconómica.



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Manuel C. Martínez


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