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Venezuela, las viejas heridas de la socialdemocracia

La batalla cultural no es una originalidad de la política europea, escandinava y británica. Todas las potencias y sus principales bloques regionales, destinan grandes cantidades de dinero en dólares, euros o libras esterlinas para apuntalar sus cadenas informativas e industrias culturales autónomas, que ahora le llaman promotores o marketing editoriales.

La unión Europea, Inglaterra y Estados Unidos de Norteamérica pretenden influir sobre Ucrania y contextos territoriales aledaños para cercar a Rusia a través de la OTAN y horadar la economía del gobierno de Vladimir Putin. CNN y las grandes empresas de la comunicación, someten a presión a Latinoamérica para tratar de homogenizar sus políticas públicas, dadas a conocer por Radio y Televisión.

Las estrategias de penetración ideológica son creadas por ONG y sus conocidos vínculos con la CIA. Su único alegato es propagar la violencia e instigar a la guerra, como en el caso de los paramilitares, en un juego acertado los desmovilizaron en Colombia en tiempos de Álvaro Uribe y fueron trasladados a Venezuela para destabilizarla mediante guarimbas y golpes suaves.

Dilma Rousseff, en su segundo mandato y, ante la ausencia del Comandante Chávez Frías, se viene caracterizando por un giro conservador y neoliberal, como a un plano discursivo del año 90. Es un plano bastante delicado, porque, el presidente Lula Da Silva lo pitaron recientemente por la caída de los niveles productivos y una aceleración de la inflación.

Dada las actuales condiciones, Estados Unidos de Norteamérica viene tentando a Brasil y otros países latinos a una dirección equivocada y presionarlos con un Tratado de Libre Comercio, mediante las Corporaciones ya establecidas como Procter Gamble, Caterpillar, Colgate- Palmolive, Burger King, Mc Donald, Nestlé, incluyendo a Industrias Polar con sus filiales en el exterior fomentados con dólares venezolanos.

La actitud de hacer leña del árbol caído, viejo y repulsivo vicio del etnicismo formal, sea de izquierda o de derecha. No creo que Tsipras sea un traidor ni mucho menos, como parecen insinuar ciertos análisis livianos. Tampoco lo cree el pueblo griego, que lo sigue apoyando. Él entendió que su país no podía romper con ese engendro distócico de la Eurozona, que suena a película pos apocalíptico con sus troicas, tiranías bancarias, campos de concentración para migrantes y crueldad tecno- burocrática..

Estoy leyendo una novela policial del autor griego Petrus Márkaris titulada Con el agua al cuello. Los venezolanos, sabemos lo que pasa cuando el mundo te arroja por la borda. No es una epopeya heroica donde nos ayudamos entre todos para mantenernos a flote. Más que abrazarnos, nos agarramos unos a otros como náufragos desesperados, a veces hundiéndonos más. Cuanto peor, peor. En nuestra Patria hubo solidaridad, cuando se respetaba El Legado. Fue la tabla que nos mantuvo a flote. Pero fue caótica e improvisada, sin carriles institucionales ni organizativos, cuando nombraron a un funcionario empresarial como enlace. El default lento deja heridas indelebles en un cuerpo social que había perdido todas sus defensas orgánicas en la IV república. Luego, la llegada del Comandante. Fueron heridas de un parto doloroso, donde pujando por su dignidad nuestro debilitado pueblo alumbró un ciclo histórico, contradictorio pero definitivamente mejor que su predecesora neoliberal.

Fue una gran lección. La militancia no tiene que abonar un masoquismo social, donde el dolor lo ponen los pobres. Sin renunciar jamás a la transformación revolucionaria de este sistema que ayuda al necesitado, la tarea, hoy, es romper los techos viejos para dejarle un piso más alto a nuestros compañeros, a las nuevas generaciones, a las organizaciones sociales. Cuanto mejor, mejor.

Como a los griegos, nos hicieron adictos a un sistema que penetraba todos los estratos sociales, sustituyendo las redes comunitarias de solidaridad y sus terminales –la familia, el barrio, las organizaciones, la cultura popular– por redes privatizadas del mercado cuyos dispositivos –tarjetas de crédito, supermercados, empresas extranjeras, multimedios y ONG– que resolvían todo enchufados al flujo financiero global. El capitalismo es como el narcotráfico: tiene capos y soldados, pero se sostiene fundamentalmente en base a la dependencia psicofísica de una clientela sin defensas. Eso no se cura con discursos ni a las patadas. Como demuestra Vientos de Libertad, la comunidad terapéutica asociada a la CTEP, una adicción no se supera con terapia de shock, sino construyendo comunitaria y pacientemente, ladrillo por ladrillo, un proyecto de vida alternativo cimentado en valores contraculturales como la solidaridad, la austeridad y el respeto mutuo.

De una vez, acabemos con los bachaqueros y seamos disciplinados.



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Emiro Vera Suárez


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