¿Cómo te convenzo?

Hay unas contradicciones muy complejas. El juego no está fácil. Se trata de hacer creer, en medio de todo este caos adverso, que el proyecto bolivariano sigue siendo el proyecto de la vida. No está fácil. No lo está, y menos cuando los mecanismos que utilizamos para hacer creer tal cosa no son los más adecuados,  los más convincentes, los más contundentes.

Ayer recurríamos a la historia. Hoy lo seguimos haciendo. Es verdad, todos estamos claros que al pasado no se puede regresar, está lleno de pasajes deplorables, inhumanos, sádicos. Pero la sustentación del hoy a partir del análisis comparativo con el ayer no se puede soportar por mucho tiempo.  El argumento, a la larga, es débil. Podemos mencionar la tragedia que acaeció a nuestra sociedad el tiempo de Gómez, Pérez Jiménez, Betancourt y todos los demás rapaces que se regocijaban a partir del espectáculo de la persecución y el aniquilamiento. Claro que lo podemos mencionar, pero no es suficiente, insisto.

Podemos recurrir, también, a la promesa sana. Podemos exigir a la creatividad y a las luces del conocimiento que nos dibujen el futuro, que lo desdoble y nos los  acerque. Es válido, nos hará caminar, como dice Galeano.  Pero el futuro, ese animal tras puertas que siempre está un paso adelante, tiene también su depredador salvaje: la imposibilidad de realización inmediata. Mientras nos distanciamos del pasado, este se nos hace mítico, él mismo se exacerba en sus límites borrosos. No pasa lo mismo con el futuro. Mientras que el futuro se nos aleja, se hace, en relación contraria al pasado, pesado, desdeñable, prescindible.

También se puede recurrir, como mucho se ha hecho, al subsidio y al discurso. Ambos, conjugados, crean un coctel de ensoñación. Son un manjar que solo se come ávidamente en grandes cantidades, y por grandes números de comensales reunidos. Es un aperitivo que las multitudes, no se detienen a examinar. Solo nutre en la gula y la entrega infinita, pero cuando merma, el estrago mata. Es este el convencimiento del sueño, cuyo despertar siempre está cerca y seguro.

No sé con qué se irá a convencer. Será con un poco de todas las anteriores, y también con un poco de locura. Locura y astucia, como decía El Chapulin. Locura para decir lo que todos sabemos y compartimos; locura para asumir los errores cometidos y darle paso a otros; locura para decir que lo que decimos no corresponde a la realidad y que por eso estamos locos; locura para no continuar reciclando lo malo ni a los malos; locura para incluir a cual loco sueñe despierto y no permanecer en la paranoia persecutoria que surge del poder.

Una locura que nos permita decir cosas que la razón (y menos la “razón política”) no nos tiene preparados para escuchar, y que le permita pensar a la gente que no estamos tan locos como se piensa. 

 



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Francisco Ojeda


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