El Che, el arte y la cultura reproductora

En este artículo hacemos referencia al tratamiento extraordinario que hace el Che Guevara sobre el tema de la cultura y arte en el capitalismo y su papel en el aparato reproductor de la mentalidad capitalista. Normalmente se cree que el espacio y tiempo fuera del trabajo son expresión de plena libertad, pero la cultura y el tiempo libre en el capitalismo forman parte del engranaje, de la súper estructura que legitima el modo de ser de la sociedad de consumo. El Che Guevara estaba conciente del papel de la cultura, que no hay revolución sin cambio radical en la cultura capitalista, en la construcción del nuevo hombre.

Por ello traemos a colación sus opiniones expresadas en su obra El socialismo en Cuba (1965) donde expone con agudeza su interpretación del arte en la formación del socialismo y el Hombre Nuevo.

En el campo de las ideas que conducen a actividades no productivas, es más fácil ver la división entre la necesidad material y espiritual. Desde hace mucho tiempo el hombre trata de liberarse de la enajenación mediante la cultura y el arte. Muere diariamente las ocho y más horas en que actúa como mercancía para resucitar en su creación espiritual. Pero este remedio porta los gérmenes de la misma enfermedad.: es un ser solitario el que busca comunión con la naturaleza.

El artista muchas veces creyéndose libre en realidad responde a un tipo de comportamiento, a una demanda de la sociedad de mercado. Su obra se convierte en mercancía, pierde su carácter creador, de mecanismo de liberación, por el contrario se convierte en mecanismo dócil de dominación. El artista es un asalariado y su producto una mercancía mas en el mercado. Para el Che, el artista pretende con su alejamiento individualista alejarse de las cadenas de reproducción del capital, pero:
Se trata sólo de un intento de fuga. La ley del valor no es ya un mero reflejo de las relaciones de producción; los capitalistas monopolistas la rodean de un complicado andamiaje que la convierte en una sierva dócil, aún cuando los métodos que emplean sean puramente empíricos. La superestructura impone un tipo de arte en el cual hay que educar a los artistas. Los rebeldes son dominados por la maquinaria y sólo los talentos excepcionales podrán crear su propia obra. Los restantes devienen asalariados vergonzantes o son triturados.

La cultura se convierte en el divertimiento del demandante consumista. Nada pasa si no logra entenderse el papel del arte en las redes que producen al hombre alienado. Por lo tanto tiene que generarse un arte y una cultura que rescate su carácter subversivo, su visión nada metafísica, salirse de la estructura de la cultura masiva o comercial, sin rostro, sin origen, sino de una cultura que responde a una sociedad de clases.

Se inventa la investigación artística a la que se da como definitoria de la libertad, pero esta «investigación» tiene sus límites imperceptibles hasta el momento de chocar con ellos, vale decir, de plantearse los reales problemas del hombre y su enajenación. La angustia sin sentido o el pasatiempo vulgar constituyen válvulas cómodas a la inquietud humana; se combate la idea de hacer del arte un arma de denuncia.

Si se respetan las leyes del juego se consiguen todos los honores; los que podría tener un mono al inventar piruetas. La condición es no tratar de escapar de la jaula invisible.
El Che esta conciente de que la libertad artística no puede confundirse con la libertad burguesa, que al final asumen la misma posición de los dueños de los medios económicos de producción, es decir la libertad de mercado que privilegia solo a los que tienen el control del poder.

Cuando la Revolución tomó el poder se produjo el éxodo de los domesticados totales; los demás, revolucionarios o no, vieron un camino nuevo. La investigación artística cobró nuevo impulso. Sin embargo, las rutas estaban más o menos trazadas y el sentido del concepto fuga se escondió tras la palabra libertad. En los propios revolucionarios se mantuvo muchas veces esta actitud, reflejo del idealismo burgués en la conciencia.

Pero en su claridad y amplitud de conceptos, el Che rechaza por igual al dogmatismo ideológico que fue aplicado en las experiencias rusas, pero sobretodo con la retrograda Revolución Cultural China. En países que pasaron por un proceso similar se pretendió combatir estas tendencias con un dogmatismo exagerado.

La cultura general escultural convirtió casi en un tabú y se proclamó el summum de la aspiración cultural, una representación formalmente exacta de la naturaleza, convirtiéndose ésta, luego, en una representación mecánica de la realidad social que se quería hacer ver; la sociedad ideal, casi sin conflictos ni contradicciones, que se buscaba crear. Se busca entonces la simplificación, lo que entiende todo el mundo, que es lo que entienden los funcionarios. Se anula la auténtica investigación artística y se reduce al problema de la cultura general a una apropiación del presente socialista y del pasado muerto (por tanto, no peligroso). Así nace el realismo socialista sobre las bases del arte del siglo pasado.

El estado socialista debe evitar convertir al arte y al artista en su simple promotor ideológico, en un subvencionado del estado cuya dependencia lo hace un ser acrítico, acomodaticio, nada más alejado a la naturaleza creadora y cuestionadora de la actividad cultural: Falta el desarrollo de un mecanismo ideológico cultural que permita la investigación y desbroce la mala hierba, tan fácilmente multiplicable en el terreno abonado de la subvención estatal
El arte como toda creación humana no es neutra. A igual que la ciencia forma parte de ese apartado ideológico de las clases sociales y de las relaciones de poder. Por ello ningún artista revolucionario puede erigirse como aséptico, como si su arte fuera para todo el mundo, sin distingo de clase, su arte es un arte comprometida, sin que por ello, como se dijo anteriormente, el artista se convierta en un “publicista de la revolución “, ni se persiga al que no lo haga, sólo se trata de formarse intelectualmente y tomar la necesaria posición frente al contexto.

Los revolucionarios carecemos, muchas veces, de los conocimientos y la audacia intelectual necesarias para encarar la tarea del desarrollo de un hombre nuevo por métodos distintos a los convencionales y los métodos convencionales sufren de la influencia de la sociedad que los creó. (Otra vez se plantea el tema de la relación entre forma y contenido.) La desorientación es grande y los problemas de la construcción material nos absorben. No hay artistas de gran autoridad que, a su vez, tengan gran autoridad revolucionaria. Los hombres del Partido deben tomar esa tarea entre las manos y buscar el logro del objetivo principal: educar al pueblo.

El arte y la cultura revolucionaria no pueden convertirse en otro mecanismo de dominación ideológica, debe ser libre realmente, pero comprometido. Pero esta libertad no es una decisión unilateral e individual del artista o cultor y sólo se alcanza cuando toda la sociedad es liberada de la explotación y la alineación capitalista.

Pero el arte realista del siglo XIX, también es de clase, más puramente capitalista, quizás, que este arte decadente del siglo XX, donde se transparenta la angustia del hombre enajenado. El capitalismo en cultura ha dado todo de sí y no queda de él sino el anuncio de un cadáver maloliente en arte, su decadencia de hoy. Pero, ¿por qué pretender buscar en las formas congeladas del realismo socialista la única receta válida? No se puede oponer al realismo socialista «la libertad», porque ésta no existe todavía, no existirá hasta el completo desarrollo de la sociedad nueva; pero no se pretenda condenar a todas la formas de arte posteriores a la primer mitad del siglo XIX desde el trono pontificio del realismo a ultranza, pues se caería en un error proudhoniano de retorno al pasado, poniéndole camisa de fuerza a la expresión artística del hombre que nace y se construye hoy.

pedrorodriguezrojas@gmail.com


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Pedro Rodríguez Rojas


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