Los pacíficos borderline

El opositor promedio no está de acuerdo con un golpe de Estado, un magnicidio o una intervención extranjera, pero si alguien lo convence de que cualquiera de esas opciones está a la vuelta de la esquina, el opositor promedio se encoge de hombros y dice "¡entonces, déle que son pasteles!".

Esta es la hipótesis que ha venido puliendo mi politóloga favorita, Prodigio Pérez, aguzando sus capacidades de observación a través de incursiones furtivas en Guarimbalandia y en ciudades controladas por el paramilitarismo bachaquero, y también mediante el análisis anatomopatológico de ese sumidero de bajas pasiones que son las redes electrónicas, mal llamadas sociales.

Según Prodigio, experta en investigaciones demoscópicas, este estado de ánimo rayano en lo borderline no aparece correctamente reflejado en los sondeos de opinión por una de dos razones:

1) las encuestadoras no están haciendo las preguntas precisas; o 2) sí las están haciendo, pero se están reservando los resultados para sus clientes exclusivos.

Explica Pérez que si se hace una pregunta gruesa, algo como "¿Está usted de acuerdo con que maten al Presidente?", es natural que nadie diga que sí (a menos, claro, que el entrevistador tenga la puntería de dar con alguien como Ricardo Koesling, ¡vade retro!).

Pero inferir que esa respuesta negativa significa que el encuestado es una blanca paloma, resulta de una ingenuidad peligrosísima. La politóloga señala que es allí donde los expertos deben afilar el lápiz y hacer preguntas secundarias, capaces de determinar qué tan sólidas son las convicciones pacíficas del público.

Según la hipótesis prodigiosa, la vocación por la paz, la democracia y la constitucionalidad del opositor promedio no pasa de unos dedos de profundidad. "Dicho coloquialmente, esa gente no aguanta dos pedidas de un émulo de Pinochet... y mucho menos aguanta un 'te quiero' en inglés", ilustra Prodigio.

A falta de una encuestadora propia, Prodigio sigue con sus pequeñas investigaciones de opinión pública, conversando con taxistas, peluqueras y tomadores de conlechitos. También se faja a rastrillar en los estercoleros digitales.

Con base en esas auscultaciones de calle y de ciberespacio, ha consolidado su certidumbre de que el antichavista común, principalmente el de la clase media, proclama a menudo que rechaza la violencia, pero está dispuesto a apoyarla e, incluso, a sumarse a ella si trae consigo el resultado rápido con el que lleva años soñando despierto. "Tú no tienes que ir demasiado lejos a investigar - me dice Prodigio. Con leer cada semana los comentarios que formulan algunos de tus pacíficos, democráticos y muy beatos lectores, ya puedes sacar un cálculo". (Por si acaso: ¡va de retro!).


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Clodovaldo Hernández


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