Sobre el cuerpo y otras angustias (una crítica desde el globalismo etnofágico)


En la cultura que defino como tránsito, una interrogante invade a no pocas consciencias en medio del tsunami de la “nueva” estética tanatológica que recorre las calles de la metrópoli global: ¿Somos el cuerpo que nos lleva o más bien llevamos el cuerpo que nos define? Pensamiento que adquirió más fuerza por un valiente tema expuesto por Susana, Leilany y Miguel, en una de mis clases en la Universidad Central de Venezuela, sobre si se podía reconocer a los venezolanos tan sólo por sus gestos, allí me pregunté: ¿Existe un “entorno” simbólico o somos más bien lo simbólico que se realiza en la comunión que representa la cultura? Casi comparable a la pregunta sobre si una ciudad e incluso un país es más o menos “peligroso”: ningún país de por sí lo es, el “peligro” está ya presente en la condición de extranjero de quien la formula y en la negación de las posibilidades de comunalidad con otras realidades.

En el caso del símbolo y del cuerpo (humano)como tal, la cultura se presenta como constante realización: apertura infinita de posibilidades. Sin embargo, cuando el desorden del capital “global” lo determina como fetiche, cierra su infinitud y como la imagen de un país en quien aun no lo ha vivido, quien se corporiza sin reconocerse se extranjeriza de sí. Es entonces cuando el cuerpo se torna también peligroso: la personalidad que se lleva reivindica su etimología: es tan sólo una máscara en el entramado ficcional de las complejas ceremonias del poder mercantil ajeno a cualquier responsabilidad emancipatoria.

¿Qué pasa con el cuerpo-fetiche y las diversas cirugías al estilo Hollywood a las que se someten las “personalidades” de Nuestra América Latina distantes de la valoración real de sus ya de por sí hermosas anatomías? Lo que sucede con la geopolítica del mercado: ha arrasado con los conceptos de belleza surgidos de los respectivos contextos culturales desde donde diversas concepciones del cuerpo femenino y masculino tenían lugar, allí donde lo simbólico no se suscribiría a determinada hegemonía mundial sino más bien a hegemonías localizadas en el devenir propio de las diversas simbologías que diferencian socialmente a un género de otro y a una cultura de otra, más allá del indispensable reconocimiento jurídico en tanto existentes en este mundo desigual.

Así, no es “elgesto” quien de por sí nos diferencia, incluso cuando los cuerpos han sido modelados por el bisturí etnofágico, es decir, por la estrategia que recorta y empaqueta lo exótico para el fortalecimiento de la hegemonía (que en sí misma es ya homogénea), sino el gesto anclado en un acontecimiento que indica la contingencia de su propia realización. Allí entonces el cuerpo que nos mira cayendo en la fosa que cava el mercenario cuando la posibilidad de mirar-nos se distancia condicionada por la rentabilidad de lo efímero de una cirugía no reconstructiva, y también del tiempo que en la tradición (siempre inventada) es desplazado por el onirismo crematístico de la industria cultural global.

 



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