Triste historia de una bachaquera fondillú

            Alguien, no interesa nombrarle, fue al proctólogo. Se hizo examinar porque, según su memoria, tenía unos quince días sin defecar y “allí” le ardía. El galeno le hizo las preguntas rituales del caso, como:

           -“¿Siente gases?”

            -“No”.

            -“¿Dolores abdominales?”

            - “Tampoco”.

           -¿Qué siente entonces?”

           -“Nada de eso. Pero sí un ardor y vacío absoluto. Una soledad como de “cien años” que me arde. Y una vejez prematura en el fondo y a la retaguardia”.

           La dama, se trata de una dama, estaba preocupada porque, sabe bien no darle completa rienda al cuerpo es un problema y síntoma peligroso. Pero no era abstinencia forzada, voluntaria por falta de papel higiénico; pues tenía recabados durante su ir y venir a cuanto abasto ha podido y sus estratégicas e íntimas relaciones, unos cuantos bultos en su casa y hasta quiere seguir acumulando. ¡Se le ha vuelto un  placer!

          -“¿Entonces”, preguntó el médico intrigado, “por qué vino usted a mi y no a otro especialista?

         -“Mire doctor, supe que su especialidad tiene que ver con el recto y con las rectas y esta soledad, envejecimiento, atrofia adelantada, las percibo y las siento justamente en donde usted manda y se las sabe todas”.   

         La casa de la dama está convertida, por su paranoia que confunde o mezcla con su interés en colaborar con la línea de la MUD, en un depósito enorme de productos de consumo básico y masivo. Sus cuadros de pintores costosos, espejos importados, muebles y artefactos todos lujosos que antes adornaban sus paredes, su casa toda, están arrumados a los lados, apretujados en rincones, ahora como cosas que estorban, para dar lugar a pacas de harina de maíz, cajas de latas de sardina, leche de larga duración, envases de cloro, limpiador de poceta, lavaplatos, detergente líquido y en polvo, café, azúcar, arroz, harina y cuánto cosa a diario y por montones compra, particularmente de Mercal, Pdval y Bicentenario; parece más bien la de una de aquellas contrabandistas de antes. Sus descomunales congeladores, porque cuando Maduro mandó a revisar los precios de las ventas de artefactos eléctricos, compró varios, de los más grandes, aprovechando la “golilla”, repletos están de pollo, carne de res, queso, embutidos y hasta pescado.

         Ella no revende, porque aunque haciéndolo podría ganar una buena cantidad de dinero, cree que en todo caso pondría esos productos en la calle y al alcance de la gente, justamente lo que quiere no ocurra. Además le aterra le  confundan con una bachaquera de esas que rumbean a Colombia.

         Todos los días, hace un inventario de cuanto tiene, sólo por el placer de sentir ¡cuánto ha colaborado, por patriotismo puro, para tumbar a Maduro! Se siente una Manuelita Saenz, Eulalalia Buroz o Juana La Avnadora. Siempre concluye lo mismo, que lo que más ha acumulado es papel higiénico y todavía para ese rubro necesita espacio. Le parece más placentero mirar aquellos rollos que los cuadros que antes exhibió con tanto orgullo. Para ella, que no haya de ese papel en la calle, es el mayor símbolo de barbarie que puede difundir en pro de la causa; y afuera, empezando por Miami, lo sabrán y repetirán hasta el cansancio. ¡Nos mata el comunismo! Su twitter revienta enviando información sobre el bachaqueo y sus efectos.

         Esta aspiración recurrente – su diaria meditación- coincidió con un momento, un fugaz recuerdo que tenía días sin ir al baño a defecar y sintió sensación de soledad, como si se hubiese quedado allí sin nada. Un espacio sin bultos ni barullo, ni sensación de escape.

        El proctólogo le hizo otras preguntas; le tomó la tensión que la midió muy alta y le percibió algo angustiada o excitada. La mandó a acostarse en la camilla y le palpó el vientre. En verdad no tenía gases, pero si una dureza extraña, no un tumor, sino como una fuerza en contrario que rechaza todo intento de palparla.

       -”Tiene razón señora, usted pareciera estar vacía. ¡Muy vacía! Eso me preocupa porque no es bueno estar así. Crea infelicidad y malos pensamientos”. “La gente vacía suele ocuparse de cosas nada constructivas”. “Pero su vacío gaseoso, sin salidas ni entradas, como si se hubiese trancado le amenaza quedarse vacía para siempre”.

            Sí observó que estaba flaca, muy flaca y macilenta. Tanto que la piel casi se le adhería a los huesos, los ojos enterrados en las cuencas y pese al cuidadoso maquillaje no podía ocultar la descomposición de su rostro; los pómulos en exceso pronunciados; como tampoco su estado de exaltación y hasta predisposición a estallar.

            Claro, el galeno no sabía que la vaciedad que percibió en la dama al hablarle y palparle, estaba en relación opuesta con lo repleto que tenía la casa. Quizás, de no ser proctólogo sino psicólogo o psiquiatra, hubiese encontrado alguna relación y producido un diagnóstico. En lugar de quedarse en el recto o en las rectas, hubiese lanzado curvas hasta llagar al entorno social y personal de la dama. Pero era un proctólogo, solo de rectos se ocupa.

            Le pidió, no sin recato, “por favor, dese la vuelta”. La señora, desenfadada, atendió la solicitud del médico con asombrosa agilidad.

            El proctólogo hizo la maniobra correspondiente y le observó el espacio corporal donde impone su ley. Quedó asombrado que allí había un denso moño de telaraña; tanta que denunciaba el largo tiempo que por allí nada pasaba. Ni siquiera el roce sutil del papel.

           -“Señora, vuelva a voltearse y póngase de pie”, dijo el profesional extrañado y preocupado. 

          -¿Usted no come? ¿Está sometida a una dieta de adelgazamiento tan rígida que no ayuda a los intestinos y todo el aparato digestivo a hacer su trabajo para que sintió donde yo mando y acerca de lo que sé haya qué hacer?

         -“Pasa doctor”, comenzó a hablar la dama, temiendo que el médico fuese un chavista, “que de tanto ver comida arrumada en mi casa, las ganas de comer se me quitaron, me he vuelto anoréxica y además, adoro tanto tener papel higiénico escondido que no me gustaría darle un uso tan vil”. “Ese papel, estando ausente o escondido, es el propio que tumbará al gobierno”. “Es para mi como una insignia, una bandera a la que guardo respeto”. “Si ellos tienen patria, yo tengo papel higiénico”.

        -“Todo doctor, por la democracia y la libertad. El comunismo es una mala vaina que el papel higiénico, más que los periódicos embarrados de tinta, derrotará algún día”, terminó de hablar la señora, mientras el proctólogo, oyéndola, apretaba el culo.



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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

 damas.eligio@gmail.com

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