¿Tiramos el ancla o seguimos navegando?

Desde que levamos ancla, en 1998, cuando Chávez derrotó a la derecha jugando el juego por ella puesto, con sus propias cartas y al que conocía en sus más recónditos secretos, donde aquello del “acta mata voto”, era apenas un arma muy rudimentaria, el mar comenzó a picarse y las olas, de aquí mismo de la orilla, volvieron a reventar con violencia.

Haberle arrebatado a la “meritocracia” que más que a ella fue a los gringos, el negocio petrolero, partiendo de PDVSA, provocó una secuencia de tsunamis que siguen sin parar.

La cosa se puso más agitada, con olas más altas, de caída colosal, cuando al presidente se le ocurrió, cual un mago de un sombrero de copa, sacar la propuesta de “vayamos al socialismo” y, en Venezuela la idea prendió en los jóvenes, llenó de entusiasmo a los mayores que por aquello habían luchado y estaban como decepcionados por las tantas derrotas, creo esperanzas en los humildes, llenó de júbilo a los trabajadores y se ganó el respaldo casi unánime de las fuerzas militares. Corrió por Suramérica y despertó el grito “alerta que camina la espada de Bolívar por América Latina” y, en Copenhague, un evento más destinado al fracaso para hablar sobre el deterioro del planeta, una consigna maravillosa, nacida en la calle, “no cambiemos el clima, cambiemos el planeta”, contribuyó a hacerle eco a aquel replanteo del presidente Chávez y justificó al evento mismo.

Se hizo una constitución, a la cual luego enmendamos, gracias a las previsiones de ella misma, que hizo posible establecer normas legales para hacer el cambio de la sociedad al socialismo. En el nivel internacional las cosas hacían el cuadro favorable con los triunfos electorales de Lula, Evo Morales, Ernesto Kirchner, Rafael Correa y el ascenso al poder de la izquierda Uruguaya, primero con Tabaré Vásquez y luego Pepe Mujica. El proceso de ascenso de las luchas por el socialismo continuó con la derrota de los TLC y el ALCA y tomó más ritmo de navegación al nacer CELAC y las derrotas al imperialismo hasta en su propio ministerio de colonias, la OEA.

Fueron los momentos gloriosos del accionar político de Chávez y la unidad férrea de las fuerzas originalmente disímiles que arrastraba tras de sí. El barco navegaba sereno y su tripulación vigilante, pese a lo encrespado de las aguas, la violencia de las olas y el rugido de los vientos. Hasta allí habíamos como construido un bajel titánico, portentoso, cuya quilla partía las olas más desafiantes en dos y se abría paso raudo. Parecía llegado el momento como para comenzar en grande otras tareas trascendentes de largo alcance e imperecederas.

La construcción del socialismo encontró ayuda, como ya dijimos en la nueva constitución y las rápidas enmiendas que permitieron crear espacios y fundamentos para empezar con rapidez a crear las mases materiales del nuevo sistema, distintas relaciones de producción y nueva cultura.

Pero parece que el tener que enfrentar con demasiada frecuencia tareas electorales, satisfacer a un electorado que a medida que asciende se vuelve más exigente y quizás, haber entrado el país en mecanismos de intercambio internacional interfieren con sus cosas propias, han derivado en óbices para enfrentar tareas de cuidadosa naturaleza, muy exigentes y que retan la paciencia, creatividad y capacidad del hombre para cambiar. Sobre toda ha costado mucho comenzar a hacer realidad la idea que el socialismo se fundamenta en el trabajo, la organización, la máxima productividad, sin explotación y repartición equitativa del producto colectivo.

La línea de menor resistencia, la satisfacción de necesidades en lo inmediato, lo que demanda grandes capitales que falta bastante hacen, suelen ser más atractivos que una oferta a largo plazo; mejor un mendrugo ahora que un manjar para quién sabe cuándo, aunque éste tenga rasgos de permanencia, para quienes tienen la fuerza del voto. Como si mejor y más convincente es lo hecho o lo que está hecho, aunque poco duradero y sin cimientos sólidos que el tener que construir aunque sea para el siempre. El trabajo ideológico y el cambio de actitud que, muchos heroicos románticos demandan, son necesarios e indispensables, pero lo fuerza de la cultura, el hacer, pensar de milenios, lo de todos los días, en las multitudes, pesan tanto que su sobreponen aquel esfuerzo y más si las condiciones materiales y las relaciones de producción e intercambio no ayudan.

Eso bien lo saben las fuerzas sociales, políticas y económicas que manejan y administran el capitalismo. Pero además de saberlo, tienen en sus manos, los mecanismos para generar insatisfacción, rabia en una población que ha vivido y pensado por años de la menara que el sistema impone.

Los propietarios de bienes y servicios, en suma de las mercancías y de medios para modelar la cultura y el comportamiento multitudinario, no se cansan de hacer su tarea. Además de agudizar la escasez haciendo trampas, aparte de los elementos atribuibles a los rasgos del modelo y la conducta oficial, generan mediante diferentes mecanismos hasta sutiles, para convertir al pueblo en cómplice de la escasez, estimulando sus miedos y hasta pequeños egoísmos. Lo pequeño, insustancial y nada imprescindible los hacen sentir y desear de manera contraria.

Pareciera que la revolución en alta mar debiese llamar al zafarrancho, donde cada marinero asuma su tarea, con conciencia plena del rumbo y el ritmo, para lo cual debe oír a quienes hablan pero también decir lo que tiene por dentro y aspira. Como no escuchamos la voz de Chávez, paremos la oreja para escuchar la voz de todos, la del pueblo, que es la misma de aquél. La unidad pasa porque cada quien se sienta representado, interpretado y hasta presente en cada acto o decisión como cuando por un acto de magia, en la vida de Chávez, todos sentíamos que él era la multitud o que nuestros deseos pasaban por su cabeza y se convertían en ideas y luego en acciones concretas.

Las tareas del socialismo parecieran paralizadas – tomemos en cuenta que con la intención no basta, menos con palabras pronunciadas sin medida y demasiado histrionismo -, pero eso no importaría si estuviésemos en la etapa de consolidación para preparar un nuevo arranque, introducir un cambio sustancial.

Por eso, hay que llamar a zafarrancho; poner al pueblo todo en tensión y disposición de hacer para cambiarlo todo y cambiar todos. Nada de cantar como sirenas y menos dejarse tentar por esos cantos.

Nada de tirar el ancla y quedarnos varados en donde nos trajo este agitado mar y dura brega. ¡Sigamos navegando que el rumbo está en el trazado en “El Programa de la Patria!”.


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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

 damas.eligio@gmail.com

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