Capítulo 10

Acatalepsia. Una novela por entregas

El Guamo no resultaba inolvidable. Parecía no ser capaz de criar recuerdos en alguien que buscara admitir recuerdos. Quizás porque permitía que lo desbarataran, como queriendo que, de él o parte de él, no quedara memoria. ¿Era acaso un gozo; un pasatiempo; o su extraña particularidad? Eso horrorizaba, porque la destrucción podía darle sentido a su vida, siendo incluso fiel a su propia historia. Quizás porque fue un lugar de paso hacia otros territorios, habiéndose percibido, previamente, el infortunio de su provisionalidad por la simplicidad arquitectural que prohijaba, pero sin llegar a la nada. En el Guamo nada se concluía. Todo quedaba como a medio ganchete.
 
Por eso los guamoanos soñaban con un Guamo que se pareciera a ellos mismos. Desde la alta colina se divisaba, en tiempos de la niñez de Constancio Mercerón, un zigzag de tejados arrugados y mohosos que iba descendiendo hasta el rio. Las casas parecían hallarse en una posición constreñida y perturbada, no siendo así, porque entre el quicio de las casas y el gavión existía un gran espacio ocupado por lujosos sembradíos, donde los mangos y limoneros dintinguíanse tanto como los cafetos. Por la parte interior del gigantesco cilindro, había un camino formado por medianos cuadrados de guijarros desgastados por los aguaceros y, barandado con pequeños brazos de chamizos, en cuyos  intersticios crecía la materia prima de venenosos bebedizos y narcóticos y, en algunas épocas, las variadas puticas y otros hierbajos que se extendían por el gavión adornándolo como con una constelación de flores pequeñas.
 
Lucía natural entonces que los guamoanos, valiéndose de aquellas corrientes de cambio, insistieran con cabeza testaruda en organizar los instrumentos sociales para controlar la transparencia del gasto a todos los niveles. Y que, si en algo debían radicalizarse todos, era justamente en contra de la podredura; si querían, entre otras cosas, la estabilidad. Los ojedeanos los incentivaban mucho; no quizás, némine discrepante, pero sí abrumadoramente. Los idigoristas también, pero mostrando los inocultables síntomas de la dolencia que sufría su preceptor: la enfermedad de la simulación. Uno de ellos, Chuchi Rabao lo hacía, pero como un elemental proficiente: sólo con el vil propósito de penetrar ciertos estratos y no para radicalizarse contra la corrupción, así como lo hacían contra ciertas otras cosas. Porque parecía verdad que ellos lo único que buscaban era como adornarse –y burlescamente– con las prendas del pueblo.
 
Asoapostadero era un ejemplo. Sus dirigentes (todos idigoristas) denunciaban una vez el haber estado esperando durante mucho años de un servicio de cloacas, lo que les resultó humillantemente inaudito. Y mucho más cuando comenzando un tercer milenio tuvieran que hacer pipí y pupú en pozos sépticos, lo que hacía explicable su burguesa frustración. Pero una cosa era que algo complejo pretendiera hacerse fácil de comprender, y otra que algo fácil de comprender pretendiera hacerse ver como complejo. Y no resultaba complejo entender que en aquel Guamo tan desigual el pozo séptico igualaba… Lo que no resultaba por tanto un mal punto de partida hacia la igualdad, y lo que no dejaba incluso de hacer también, la cloaca, si a ver íbamos. Uno de aquellos días, se encontraron en la esquina del Tuerto Raycón Beló e Ivan Palomino, quien, como que no venía pasándola nada bien, luego de haberse quedado delictivamente con la apuesta Pierina Cachado; mientras que Raycón sí parecía estarla pasando  con  Carlicia, y de pinga, dado que aún la apreciaba como su apetitoso amor de golpe y porrazo. ¡Ay, Dios mío, cómo la amo! le expresaba a Palomino con fidedigna embriaguez y cuya mirada era despalomada. Se justificaba.
 
Comenzarían a conversar acerca de las diligencias que decían realizar los asoaposteadores, y por las que nadie les paraba. Acerca de los malos olores que parecían proceder de una tubería de impulsión que pasaba cerca y que resultaban insoportables, y por los que sentíanse sanguinariamente agredidos. Así como de otras calamidades de las que decían no estar exentos, como la ausencia de aceras y brocales, de asfaltado y, de la postergada aspiración de que se les construyera un centro cultural, cuando ellos, positivamente, demonizaban la cultura. Claro, le comentaba Raycón Beló.
 
Tampoco se trata de una chocante utilización de la fetidez conspirativa contra nadie. Y mucho menos en la vía a un complejo turístico muy importante. Salvo que se considerara –y nada de raro tenía–, que semejante hedentina fuera uno de sus más delicados encantos. Sin duda, le respondió Iván Palomino con la mirada aún triste. Perdóname un segundo, Iván, le dice Raycón desenfundando el celular y comenzando a escribir de inmediato el siguiente mensajito dirigido a su inmortal Carlicia: Mi temblorcito de enero: este mensajito delicado y musical expresa la vaga y postrada soledad que ahora mismo siento, manteniendo en lo adelante el teléfono en la mano. Sí, dime Palomino continúa. Bueno, ¿y qué de las vías que se empalman con otras, a las que se les ve más huecos que a un sofisticado queso? Que había que ponerles atención antes de que fuera tarde. ¿Y de las huelgas en el sector educativo? insiste Palomino.
 
Si acaso pudiera hablarse allí de huelga, dado que si fuera por la calidad que se le nota a esa educación, pareciera sin lugar a dudas proceder ella de una huelga eterna, de una huelga, sobre todo de los conocimientos, donde estos parecieran brillar porque huelgan; donde más bien pudiéramos hablar de una educación holgada porque huelgan; donde los bien dados maestros parecieran (en tal orden de ideas) estar más pendientes de su huelga, de su ocio holgado, pudiéramos decir,  que de hacer holgar los conocimientos en las mentes de sus alumnos. Y que los únicos que no hacen huelgas, son los alumnos, porque con los maestros ya de suyo están.
 
Y que deberían rebelarse y hacer una huelga que rompa su huelga, para que los maestros rompan la suya y cesen las huelgas que ya huelgan. Perdón, dice Raycón al recibir un mensajito de texto de Carlicia, que decía: ¡Papi, qué bello tu mensaje! Yo no me siento sola porque estoy con mi mami… Sí, Palomino, continúa, dice Raycón con el rostro también inexpresivo, luego de leer el mensajito. En fin, todo un capítulo aparte, los resultados estos del sistema educativo en la historia dramática nuestra, dice volteando hacia Raycón que se mostraba ido. Y ante los titulares desplegados sobre lo irreversible de otra huelga por parte de sectores afectos a Idígoras Moreno, el Guamo habría de privarse y perderse de una visita muy importante y quizás definitiva para su impulso. Venía a celebrar su cumpleaños así como también para ofrecer su particular y esclarecedora visión sobre la crisis.
 
Sólo esperaban los guamoanos que esa visión esclarecedora de semejante idigorista no estuviera matizada de aquellas mismas genialidades de las que hiciera gala aquel día tétrico que cambiara, tan negativamente al Guamo, sino de otras que resultaran aún más geniales… Por aquellos mismos días, otro octogenario como él sería condenado a treinta años de presidio (creo que en el edén nórdico) por haberle ordenado a un mafioso distinguido, Gaetano Singopuko, que diera cuenta de un reportero que habíase osado divulgar sobre unos probables cobros ilegales de los que había tenido conocimiento por documentos que le facilitara un camarada del occiso y que, dos años antes, había sido objeto de occisión. Pero la donosa gracia de un famoso cantante oriundo, creo, del edén nórdico, pujaba por opacar lo anterior con su acción de florilegio. Resulta que emocionado por los vítores de sus fanes enamoradas, se le ocurrió homenajearlas  con  la sórdida ceremonia de sacar a su pequeño fuera del balcón y exponerlo al vacío desde la altura de un sexto piso, tomado de forma insegura, claro está. Pero lo peor sería que a las fanes enamoradas les pareció genial el gesto de semejante ídolo.
 
En todo aquello parecía haber algo inercial pues su mente se iría transformando como el color de su piel. Ya va, Palomino, permíteme, dijo Raycón disponiéndose enviar este mensajito a su Carlicia: Mi melocotoncito: un íngrimo pensamiento está invadiendo mi cabeza en este instante… ¿Y a ti cómo te ha ido Ivan con Pierina Cachado? Me imagino que de locura al poder ver tu realidad al través de ese cristal de formas tan alucinantes. Además de la fortuna que les dejara Mamagorda y que, también debes estar disfrutando tanto, como los polvos. ¿Acaso lo crees de verdad, cuando sabes que tuve que matarlo para poder salvar el cutis? Bueno, para saborear algo que valga la pena, Palomino, hay que asustarse.
 
Al menos es lo que se piensa hoy en el Guamo que anda suelto, pareciera, de su cuenta y sin vérsele siquiera ni un solo valor trascendente destellando en su sombría actitud. Pero yo no era ni soy así, Raycón. Yo era amigo de Mamagorda y, en razón de su propio ruego para que disfrutara de sus formas, puso a Pierina ante mis ojos que mantuve siempre neutrales y por tanto desdeñosos. Con lo que ella no estuvo de acuerdo, resolviendo, con tan pronto deseo de venganza (cosa que por cierto disfruta burda el cerebro humano) llamarme a su lado íntimo de una manera tan poco grácil. Intimidad que lejos de disfrutar, padezco, porque en cada clímax viene de inmediato a mi mente organizada el rostro insospechado de mi mejor amigo: Rebén Mamagorda. ¿Y no lo puedes borrar? No lo puedo borrar y ese es mi interminable castigo. Vas a tener que aprender a dominar la mente. Aprendiendo no temerás cometer crímenes. Eso al menos es la moda hoy en el círculo de Idígoras Moreno.
 
Dicen incluso con soberbia que es válido cometerlos sólo por quienes se arrogan el derecho moral de cometerlos. Todo lo que esté respaldado, por su incuestionable moral, es válido y legítimo, reza su último lema aporético… Y en el Salón Mundial de la Innovación y Nuevas Tecnologías (el Nº 69) que concluyera en Brócolis aquella  semana, los guamoanos presentes allí llevaron como inventos suyos un teléfono para sordos, un arpa a rayos lasser, aparte de  una estación meteorológica portátil y un maletín de trabajo para niños, y todos, con bastante éxito, no dejando de resultar reconfortante saber que los guamoanos no sólo eran inventores de sofisticadas técnicas para conjurar. Mientras en el edén nórdico un condenado a muerte agonizó treinta minutos más de lo previsto, debido al uso de midazolam como sustituto de un fármaco más costoso, por disponer de fondos irrealizables.
 
En el Guamo circulaba la queja no somos camellos y se entregaban documentos. Había tuberías obsoletas y hasta ateromatosas. Se celebraban cuatricentenarios  con discursos de orden y cédulas reales bajo protección de santos abogados en puntos de proyecto linaje, mientras que, aquel próximo diciembre, se comenzaría a cobrar el aseo urbano mensualmente con recibos emitidos por un filósofo. Los expedientes que guardaban relación con la podredura estaban siendo movilizados, procesalmente, evitando su prescripción, para lo que había un fiscal especial. Buenas nuevas que contribuían al achique del cántaro además de que todas las bibliotecas funcionaban.
 
¡Ay papi, no sé, pero creo que una revolución viene como resultado de un pensamiento abundante y sabio y, me imagino que, acompañada también, de cotillones entrañables. Quizás no haya beligerancia sin pasión! ¡Ay, no sé! Bandidita suelta y mía: cuando estoy contigo me desvalijo de mi característica recelosa y displicente. ¿Cómo, papi? ¿Te parece agradable que deba ir ahora a la cama sólo conmemorando la última mirada de tus ojos? ¿Una mirada de fastidiada indiferencia además del suplicio de tu voz la otra noche?  Chao, Palomino. Nos vemos.

 



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Raúl Betancourt López


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